Puntuación: 7.5
Lo más positivo:
– Un complejo escenario histórico poco frecuentado en el género: la Crisis Iconoclasta que tuvo lugar en el Imperio Bizantino.
– Unos personajes convincentes, coherentes e integrados en la historia.
Lo menos positivo:
– La historia se desarrolla de manera sosegada y extraordinariamente detallista al inicio del libro, pero los acontecimientos del final avanzan extraordinariamente veloces.
– Algunos términos en cursiva hubiesen requerido de alguna nota al pie o una nota final.
En el Imperio bizantino, entre los siglos VIII y IX, tuvo lugar un episodio histórico tan trascendental como poco conocido: la llamada Crisis Iconoclasta. El emperador León III prohibió la creación y la veneración de imágenes sagradas, una medida que, con distintas intensidades, se mantuvo hasta el Segundo Concilio de Nicea. A lo largo de ese tiempo, la controversia atravesó dos grandes etapas de especial virulencia, separadas por un breve período de relativa tolerancia.
Aquella prohibición dividió a la sociedad bizantina entre iconoclastas, partidarios de destruir las imágenes religiosas, e iconódulos, defensores de su veneración. La decisión, que en un principio respondió más a una reacción política y supersticiosa del emperador que a una auténtica convicción teológica, terminó generando un intenso debate doctrinal. Para los iconoclastas, representar a Cristo suponía una idolatría, pues consideraban imposible separar su naturaleza humana de la divina, y solo la primera podía plasmarse en una imagen. Los iconódulos, por el contrario, sostenían que la Encarnación legitimaba esa representación: si Dios se había hecho hombre, también podía ser pintado. La supervivencia de los iconos dependió entonces de una discreta red de monasterios cuyos monjes continuaron pintándolos y distribuyéndolos en secreto, aun a riesgo de sufrir prisión, destierro o muerte, además de la confiscación de los bienes del monasterio o incluso su destrucción.
Es en ese contexto de tensión religiosa donde se sitúa la novela. Durante el reinado del emperador Teófilo, nieto de León III, el enfrentamiento entre iconoclastas e iconódulos coincidía además con la guerra que el Imperio bizantino mantenía contra el califato abasí de Bagdad por el control del Mediterráneo oriental. Ese complejo y la vez exótico escenario histórico, poco frecuentado por la novela histórica, constituye uno de los principales atractivos de la obra.
Los protagonistas de la novela son dos hermanos huérfanos acogidos en el monasterio de San Anastario de Constantinopla: Alexios y Bartolomé. Desde muy joven, Alexios siente que la vida monacal no está hecha para él y sueña con una existencia de aventuras, alimentada por los relatos de un viejo soldado borrachín al que escucha cada vez que consigue salir –o escaparse– del monasterio. Bartolomé, en cambio, encuentra su lugar entre los libros y descubre una inesperada vocación artística, aprendiendo en secreto el oficio de pintar iconos junto a un anciano monje que, de manera subrepticia, sigue manteniendo la tradición pictórica del monasterio. Uno anhela conquistar el mundo, el otro parece destinado a una vida de clausura.
Alexios abandonará el monasterio convencido de que alcanzará la gloria militar, aunque pronto comprobará que los sueños son más fáciles de imaginar que de realizar. Bartolomé, por su parte, verá cómo una travesura infantil acaba alterando por completo el rumbo de su vida.
La complejidad religiosa, social y política de este período histórico puede provocar un ligero desconcierto al lector en las primeras páginas, hasta que se sitúa y se habitúa a términos y a personajes históricos (en mi caso) poco conocidos, aunque el interés que despiertan los personajes y el mundo que habitan permite superar ese momento inicial. También hay combates y batallas en la novela, pero no son objeto de una atención narrativa especial. El verdadero centro de la historia reside en la evolución de sus protagonistas y en la forma en que los acontecimientos históricos y sus propias decisiones moldean sus vidas.
El autor consigue en algunos pasajes una prosa de notable fuerza evocadora y un tono casi poético que contribuye a recrear la espiritualidad y la belleza del universo bizantino. Solo en el tramo final la narración parece acelerarse en exceso: acontecimientos que habrían agradecido un desarrollo más pausado se suceden con una rapidez que contrasta con el ritmo sereno y detallista predominante en el inicio.
La combinación de rigor histórico, personajes bien construidos y un escenario insólito convierte la lectura en una propuesta atractiva para quienes buscan algo diferente dentro de la novela histórica, y para amantes de la historia de Bizancio.
Esta novela fue una de las cuatro novelas finalistas de la XIV edición del Premio de Novela Histórica «Ciudad de Úbeda», en 2025.
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Joaquín Alonso, El pintor de iconos. Madrid, Ediciones Pàmies, 2026, 400 páginas.