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El pequeño Pataxú, Tristan Derème

Zirisia (Capitulo 4)

 
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Adrianhk



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MensajePublicado: Vie Jun 04, 2021 6:16 pm    Tí­tulo del mensaje: Zirisia (Capitulo 4) Responder citando

Muy buenas. Soy un escritor con experiencia en prensa de videojuegos y recientemente inicié una novela de fantasía épica.

Si alguien está interesado en leer mi historia, los capítulos están disponibles abajo de la imagen y en Wattpad a través de este enlace. ¡Estoy abierto a comentarios!



Prólogo


Las civilizaciones del mundo arden en un caos continuo tras la muerte de sus líderes en la guerra. Algunos sobrevivientes renunciaron a sus espadas ante el terror de la batalla, pero ejércitos más poderosos se preparan para un decisivo combate por el dominio de los reinos desgobernados.

«Será la guerra más devastadora de nuestros tiempos», pronostican los sabios desde las tribunas de las plazas, pero las familias asustadas se esconden en sus hogares implorando a los cielos por su protección divina o la aparición de un valiente guerrero que proteja a los débiles. Algunos menos optimistas prefirieron partir a peregrinar en busca de las tierras sagradas donde la paz es absoluta. Mientras tanto, los delincuentes y soldados deshonestos aprovechan la anarquía para extorsionar, robar y asesinar a quienes les apetece.

Pero dentro de un fuerte oculto en lo profundo de un desierto remoto, las huestes de Zeo esperan pacientemente el momento de la batalla cuando advierten las siluetas de un grupo de jinetes en el horizonte.

Casi cien soldados habían partido un año antes bajo las órdenes del rey Bastes a saquear las ciudades asoladas por la guerra, pero ni fueron bien recibidos por los habitantes, ni la suerte los acompañó en el camino de vuelta. Ahora que el rey ha muerto, solo unos pocos exploradores regresan, heridos y exhaustos, a dar parte del viaje a su hermano y heredero, el general Zeo.

Capítulo 1: Audiencia con el soberano


Las cadenas zigzagueaban en la arena como una serpiente acechando a su presa. El esclavo corría descalzo detrás de la nube de polvo que levantaban los caballos, mientras el radiante sol sacaba destellos de sus grilletes. El intenso calor evaporaba el sudor de los jinetes y el aire denso les impedía discernir la forma exacta de la muralla a la distancia.

Un centinela fue el primero en avistar sus siluetas desde la punta de un monolito. Se apresuró a sonar un enorme cuerno que se repitió dentro del fuerte, alertando a guardias y habitantes por igual. Los guerreros en el interior comenzaron a moverse de un lado a otro levantando armas y colocándose las armaduras, mientras los niños y adultos incompetentes en el combate ayudaban a llevar los suministros. En un instante la caballería pasó galopando a toda velocidad por mitad de la plaza hacia la entrada; las puertas se abrieron frente a ellos y se cerraron en cuanto el último caballo las atravesó.

—¡Son cuatro exploradores heridos a caballo, y dos prisioneros, capitán! —reportó a gritos el centinela. La caballería estuvo a punto de salir a interceptarlos, cuando el vigiliante se pronunció de nuevo—. ¡Parece el escuadrón de Aldre!

El capitán endureció el gesto y dio a sus seguidores la orden de bajar las armas y esperar a los jinetes en la entrada, aunque esa no era la costumbre. Pero en cuanto los vieron detenerse frente a ellos, supieron que los viajeros no representaban ningún peligro: eran un desastre. El capitán no falló en mencionarlo al hacer contacto.

—¿Qué demonios pasó, Aldre? —le espetó.

Aldre tenía varias heridas en el hombro y el abdomen, pero no era nada en comparación al resto de la escuadra: sus armaduras estaban incompletas, sucias y abolladas; tenían marcas de quemadura en las túnicas; e incluso los caballos que los transportaban comenzaban a verse famélicos. Los dos soldados de la izquierda tenían heridas punzantes en el cuerpo. A la derecha había una mujer con un carcaj en la espalda y ojos pequeños, que parecía estar a punto de desmayarse por el calor.

Pero nadie en el grupo lucía peor que el prisionero que llegó corriendo a pie un momento después. Al capitán le pareció increíble que pudiera moverse a ese ritmo, considerando que tenía la complexión de un indigente y el cuerpo vendado del cuello para abajo.

—No sé por dónde empezar —respondió Aldre con la vista cansada bajo su turbante. Su yegua era la que mejor apariencia tenía entre los corceles, y también transportaba a una muchacha inconsciente atada a la montura—. Los kretnia nos persiguieron hasta el cruce. Los perdimos, pero no tardarán en seguirnos el rastro. Debemos prepararnos.

—Esas puertas no se abrirán hasta que alguien me explique dónde está el resto —declaró el capitán echando un vistazo a los otros viajeros, por si alguno quería hablar.

—Creo que ya lo sabes, Olver —continuó Aldre después de un suspiro—. Solo yo sobreviví; a estos los contraté en el camino para que me ayudaran a regresar.

—¿Qué hay de Nervala? —cuestionó de inmediato el capitán.

—Los bandidos nos emboscaron varias veces, tienen trampas en todo el camino. Nervala nos salvó una noche haciendo de distracción. Lo siento, pero... tuvimos que huir sin ella.

El capitán bajó la mirada hacia la cresta de su caballo y guardó silencio por un momento. Entonces alzó su brillante lanza y apuntó a Aldre con sus ojos enardecidos tras la visera del casco.

—Eres y siempre has sido basura —profirió con los dientes muy juntos—. ¡Dame una razón para no matarte aquí mismo!

—¡Olver, por favor cálmate! —le rogó Aldre levantando las manos—. A-así no vas a resolver nada. Escucha, tra-traigo información importante. —Los dedos le temblaban al intentar explicarse—. Necesito hablar con Zeo de inmediato, o no...

El estruendoso sonido del cuerno estalló de nuevo alertando a los caballeros.

—¡Más corceles por el norte, capitán! —informó el centinela—. ¡Doce lanceros con múltiples cautivos!

Los guardias desenvainaron sus espadas y los arqueros en las torres templaron sus flechas. El capitán apretó las riendas con fuerza al ver las siluetas apareciendo detrás de las colinas. Entonces condujo su corcel hacia un lado.

—Esto no ha terminado —advirtió a Aldre—. Zeo te matará en cuanto le des tu mensaje por no traer las armas que te pidió. Y si no lo hace él, lo haré yo más tarde. Ahora... ¡Solven! —Uno de sus soldados se aproximó—. Tú los guiarás hasta el templo, no les quites el ojo de encima. ¡Centinela, que abran las puertas, nosotros intentaremos negociar mientras el resto protege los muros! —ordenó antes de partir al galope junto a su caballería.

Las puertas no tardaron en abrirse y algunos arqueros salieron a tomar posiciones estratégicas. Solven le indicó a los viajeros que lo siguieran: Aldre puso a su yegua a andar y los guardias en la entrada se hicieron a un lado para permitirles el paso.

En el fuerte había un único sendero que conectaba la entrada con el otro extremo al borde de un risco, y por cada lado del camino estaban instaladas montones de jaimas raídas y estructuras en ruinas. Los inquietos herreros, mercaderes y otros familiares de los soldados que estaban a la expectativa, los vieron entrar con curiosidad y murmuraban entre sí al verlos pasar. Algunos se horrorizaron con las heridas de los viajeros, pero la mayoría estaba más interesada en el botín de su viaje, aunque parecía un cargamento muy reducido.

Se fijaron también en el desdichado prisionero, que caminaba tranquilamente a pesar de los pesados grilletes y cadenas que apresaban sus miembros. Su cabello tenía un bonito degradado marrón y su rostro seguro habría sido atractivo en otros tiempos, pero ahora tenía los huesos marcados de un mendigo, la barba descuidada de un náufrago, y los ojos resignados de un moribundo. En contraste, la hermosa muchacha de rizos plateados lucía tan bien cuidada, que en poco tiempo se rumoreaba que se trataba de alguna noble o una princesa.

—Si no paramos pronto, voy a perder los planos —advirtió la mujer en voz baja para que Solven no escuchara—. Quieren desbordarse, puedo sentirlo.

A Aldre le corrió un escalofrío por el espinazo, como le sucedía cada vez que aquella siniestra mujer le hablaba. Guardó silencio observando de un lado a otro sin decir nada, y entonces asintió.

—¿Crees que podamos detenernos un momento a beber agua? —preguntó al oficial que los escoltaba. A Solven le parecía oportuno, pero le preocupaba que los heridos no sobrevivieran. Aldre lo tranquilizó enseguida—. Si aguantaron el viaje, aguantarán un poco más. Y sin agua, terminaremos cayendo todos, ¿no crees?

Solven se dejó convencer y les ordenó detenerse más adelante junto a un rudimentario pozo vigilado por un par de sujetos extraños: un anciano tuerto medio dormido sobre un montículo de hojas de palma, y un jayán muy concentrado en amolar su maza.

—¡Chafi! Veo que las guerras no tienen efecto sobre ti —bromeó Aldre descabalgando.

El anciano abrió su ojo y vio al grupo desatando sus botijas del cargamento, mientras Aldre se acercaba sonriendo.

—¡Pero si es Aldre el cobarde! Te daba por muerto —exclamó jubiloso—. Aun estás a tiempo de huir, Zeo no está muy contento últimamente. Parece más amargado con cada victoria. —Se detuvo entornando los ojos y colocando una mano sobre ellos como una sombrilla—. ¡Qué sorpresa! ¡Hace tiempo que no veía caras nuevas! ¿Son amigos tuyos?

—Así es. Ellos son Grand, Marti y Hezia, me ayudaron en el viaje —confirmó Aldre acercándole el manojo de botijas sin dar más detalles—. Llénalas todas, te las pago al salir. Voy a reunirme con Zeo —el tuerto arrugó la cara—. No tengo opción. Ah, y necesito ropa nueva. Préstame alguna y te la pagaré mañana —le propuso encaminándose a una tienda cercana.

—Ni lo sueñes. No veo que traigas el arsenal que Zeo te encargó, te arrojará a los leones —vociferó Chafi sobre su hombro mientras sacaba agua del pozo con un cucharón—. ¡Una moneda por prenda! ¡Dáselas a Paac cuando termines, y ni se te ocurra...!

—¡Ya sé, ya sé! —lo cortó Aldre desde la tienda, y el grandulón entró justo detrás.

Chafi masculló algo no muy amable. Observó con su único ojo que los otros viajeros se susurraban cosas mientras revisaban sus heridas. Uno de ellos era un chico mancebo de rasgos suaves y cabello rojizo, mientras que el otro era mayor y tenía una quemadura en su rostro endurecido. La mujer junto a ellos tenía símbolos circulares el rostro y un aura sombría que desviaba las miradas. También vio a la hermosa prisionera que dormía plácidamente y llegó a la misma conclusión que todos: habían raptado a una princesa.

De repente un caballo relinchó pidiendo agua, y solo en ese momento Chafi notó al esclavo junto a los corceles. El tuerto tuvo la impresión de que aquel joven había muerto de pie, pues sus ojos parecían perdidos en el horizonte, pero entonces el muchacho hizo contacto visual con él y abrió la boca muy despacio. Sus labios se movieron lentamente sin emitir sonido alguno, pero el anciano entendió perfectamente lo que dijo: «a-gu-a». Viendo su enjuto cuerpo vendado, pensó que la sed sería el menor de sus problemas; seguro las heridas o el hambre lo matarían primero. Aun así, no pudo evitar compadecerse de su desventurado destino, así que llenó el cucharón de agua y dio unos pasos hacia él.

—¡No te muevas, anciano! —le gritó la mujer metiendo una flecha en su ballesta. Solven desmontó de inmediato—. ¡Dale siquiera una gota de agua y te clavo una flecha en la nuca! —Solven desmontó y desenvainó su espada, pero los otros viajeros se atravesaron con dagas en mano.

—¡Ea ea, no hay necesidad de amenazar! —exclamó Chafi con el ceño fruncido—. No pensaba cobrarles eso, pero me detendré si me lo pides —prometió regresando a la fuente para retomar sus deberes.

El esclavo parecía haber regresado a su estado de trance. La mujer bajó la ballesta y los demás, incluyendo el guardia, la siguieron guardando sus armas aunque viéndose con recelo. Mientras servía el agua para los caballos, Chafi se recordó que a estas alturas no valía la pena apiadarse de un esclavo que de todas formas tenía los días contados.

—Solo guardas basura aquí—le reprochó Aldre al salir de la tienda más tarde con algunos trapos en la mano.

—Aun así tienes que pagarla —gruñó el anciano llevando la vista hacia Paac. El grandulón asintió y volvió a ocuparse de su maza—. Me debes tres monedas por el agua. Paga y lárgate de aquí, que el pozo se estresa con tu olor a muerte.

Aldre pagó tres monedas para recuperar sus vasijas cargadas de agua. Antes de despedirse aprovechó para echar un rápido vistazo al fuerte: se escuchaba conmoción en la entrada, los niños empujaban cajas de suministros y los soldados desplegaban mapas sobre las cajas. Solven los observaba con recelo desde el camino. Aldre se cubrió del sol con la mano para contemplar el cielo despejado mientras bebía un poco de agua; era un día muy caluroso. Finalmente, comunicó que estaba listo y todos retomaron la marcha por el sendero. El sediento esclavo caminó detrás de ellos sin protestar.

El templo era la última estructura del fuerte y allí los esperaba un joven sentado en las escaleras. Tenía el cabello castaño amarrado en una coleta con varios mechones a la altura de los ojos, vestía elegantes prendas de seda y de su cinturón colgaba una delgada espada. Al verlos llegar sonrió de oreja a oreja, se puso de pie y colocó una mano en la empuñadura.

—¡Bienvenidos, amigos! Todos abajo y tiren sus armas —les ordenó en un tono amistoso. Aldre se apresuró a obedecer e instó a sus compañeros a hacer lo mismo. Unos guardias se acercaron a retirarles el carcaj con flechas, la ballesta, varios modelos de dagas, frascos con veneno, un escudo, un par de espadas y las piezas de armadura sueltas. Cuando estuvieron satisfechos, el joven hizo una reverencia y los exhortó a entrar al templo—. Mi nombre es Gerby Echanseki, seré su escolta.

—Nunca te había visto tan obediente —le comentó Grand a Aldre cuando iban por el pasillo del templo. Tuvo que colocarse hombro con hombro y susurrar para que no los escucharan los guardias que llevaban a la chica cargada—. ¿Quién era el de la cara de angel?

—Lo llaman Echanseki de las mareas, no esperaba verlo aquí —respondió Aldre bajando su voz al nivel de un respiro—. Es el campeón de Terio, va a ser un problema. No creo que podamos ac...

—Es muy tarde para arrepentirse —interrumpió Grand con su gesto inexpresivo. Su voz era grave incluso al susurrar—. Hay cinco guardias afuera, siete contando a los escoltas, más los que hayan adentro. ¿Puedes encargarte tú del campeón?

—¡No, claro que no! —contestó Aldre agitado—. Ese chico es igual de monstruo que ustedes. Dicen que se presentó a los juegos de Carsi —se acercó un poco más a la oreja de Grand—. ¡En las cuatro islas al mismo tiempo! —Aldre temió que sus palabras sonaran más alto de lo que pretendía. Al girarse, Echanseki lo observaba con una sonrisa amistosa y unos unos raros ojos redondos como un calamar.

—Ey, baja la voz—le espetó Marti, el más joven del grupo, cuando los guardias los hicieron detenerse al final del pasillo—. No hablemos más entre nosotros, es hora.

Entonces las puertas se abrieron y el resplandor dorado los encandiló. Al recuperar la visión vieron una sala inmensa con un amplio agujero en el techo, por donde los rayos del sol entraban directamente calentando el lugar. A cada lado había una serie de pilares destrozados que no sostenían nada, y junto a estos habían mesas ocupadas por decenas de hombres y mujeres con ropa muy holgada. Estaban tan entretenidos almorzando, conversando y bebiendo, que ya no prestaban atención ni a las puertas ni a lo que ocurría fuera de ellas. Una alfombra verde se extendía por el centro de la sala hasta un altar donde un hombre grande con aires de emperador alimentaba a un par de leones con carne de su propio plato.

Un heraldo bajito habló con los guardias a pesar del bullicio. Entonces adoptó una postura firme, inhaló profundamente, e hizo sonar un pequeño clarín que llevaba colgado de la espalda. El sonido agudo silenció de golpe toda la sala.

—General Zeo, poseedor de horizontes —empezó el heraldo. Los soldados brindaron felizmente—. El explorador Aldre ha regresado de su viaje e implora su atención.

El general frunció el ceño con un gesto severo. Era un veterano enorme e imponente, de barba larga y ojos pequeños, parcialmente oculto donde la luz que entraba por el orificio en el techo no lo alcanzaba por completo, y su reluciente armadura de oro contrastaba con su cabello oscuro. Un momento después los invitó a acercarse con los dedos llenos de anillos: los guardias los escoltaron por en medio de las miradas de desprecio de los soldados; Aldre calculó que habrían por lo menos cien guerreros más de los que mencionó Grand, quizá doscientos.

Se detuvieron frente a un altar elevado a ocho escalones por encima de ellos, desde donde el general Zeo los observaba detenidamente con las piernas muy separadas. El alboroto regresó a la sala cuando los soldados retomaron sus almuerzos, y todos en el grupo de Aldre, a excepción del esclavo, hincaron una rodilla en el suelo. Pero antes de que pudieran hablar, un hombre apareció detrás de Zeo para decirle algo al oído.

A Aldre se le erizó la piel al reconocer su rostro. Se giró para comprobar que Echanseki seguía detrás de ellos, y este le devolvió una sonrisa satisfecha: era él, observándolo cínicamente desde atrás, mientras dialogaba con Zeo en el trono al mismo tiempo y con otra vestimenta. Notó el desconcierto en la cara de sus compañeros; incluso Grand parecía preocupado. Aldre sabía que no podían dejarse llevar por la apariencia inocente del campeón: por dentro era un monstruo abominable y tenían muy poco tiempo para descifrar cómo lidiar con él.

—Encárgate tú de defender el este —le ordenó el general tras meditar un poco. Echanseki asintió desde arriba, pero para desgracia de Aldre, el guerrero se quedó de pie a un lado del trono—. Nos atacan de todas partes —explicó Zeo en un tono aborrecido—. Sospecho que buscan la gloria y no el oro, la fama por encima de la paz, por eso siempre serán inferiores. Como sea. Me alegra verte con vida, Aldre.

—Es un placer volver a estar en su presencia, señor —afirmó Aldre. Siempre fue muy versado con las palabras—. Y traigo... buenas noticias de mi misión.

—¿Oah, buenas dices? —Zeo no parecía muy convencido—. Me entristece entonces lo mentirosa que es la gente. No creerías los inventos que ya se dicen de ti. Dicen que perdiste a mis setenta guardias a manos de unos bandidos —Aldre intentó excusarse, pero el general lo cortó alzando la voz—. Y que en lugar de ir a Pricia como te pedí, fuiste a invadir unos manglares, y fracasaste. Ni siquiera saqueaste el mausoleo de Otorio ni su arsenal. Sin embargo, comentan que trajiste a un par de esclavos: un moribundo demasiado débil para trabajar, y la hija de un rey muerto al que no le podemos pedir un rescate. Contéstame ahora: ¿son solo inventos de las malas lenguas?

Los soldados se fueron silenciando unos a otros dándose golpecitos con el codo en un costado. Aldre sintió el peso de las torvas miradas en sus hombros y escuchó que los guardias sacaban lentamente sus espadas, pero no permitió que la presión apresurara su respuesta. Sabía que estaban esperando la orden para atacar, y tenía la impresión de que Zeo estaba deseoso por darla, así que debía elegir sus palabras con cuidado. Finalmente, decidió que en lugar de explicar todo lo ocurrido, era más seguro ir directo a lo que quería escuchar.

—Traigo la mayor arma que pude encontrar —el general alzó la mano y sus guardias bajaron las armas; Aldre supo de inmediato que había captado su atención—. He capturado a la bestia de los caminos, Meriito, así como a la princesa Deliquia, hija del difunto rey Otorio.

—¿Me dices que tú, un explorador, capturaste a Meriito? —Zeo parecía furioso y ofendido—. Debes creer que soy un tonto. ¿Qué haremos con ellos? —preguntó dando un grito que resonó por la sala, y en un instante el lugar se llenó de voces exaltadas proponiendo malignas ideas.

A Aldre se le aceleró el corazón cuando vio que no solo los guardias habían desenvainado sus espadas, sino que los soldados se levantaban de sus mesas con los cuchillos y navajas en mano para participar en la ejecución en cuanto Zeo diera la orden. Una mano lo tomó por el brazo y al girarse vio a Echanseki que sacaba un látigo al ritmo de los clamores borrachos que demandaban sus vidas. Su respiración se empezaba a cortar y sus miembros temblaban, pero consiguió tranquilizarse para dirigirse a Zeo una vez más.

—¡Puedo probarlo! —gritó con convicción, pero ya nadie lo escuchaba—. Por favor, solo necesito un momento —entonces el general levantó la mano una vez más, y los pendencieros guerreros hicieron un esfuerzo por detenerse.

—Tienes diez segundos para explicarte, disfrútalos —sentenció Zeo. Aldre no perdió tiempo hablando, solo se descolgó la botija del cinturón y se la acercó al prisionero para que bebiera.

—No le hemos dado agua en todo el viaje. Él lo explicará todo. —El muchacho tomó la botija con sus manos encadenadas y bebió largo y tendido. El agua bajó por su garganta durante una eternidad hasta que finalmente retiró el contenedor, se secó los labios con el antebrazo y dirigió una mirada cómplice a Aldre. Este dio un paso hacia atrás, asintió y añadió—: Intenta controlarte.

De repente un frío gélido se apoderó del templo, aun con los rayos del sol cayendo en medio de la sala. Las mesas vibraron y comenzaron a quebrarse. Los soldados que no se habían levantado de sus asientos llamaron a gritos a sus compañeros pidiéndoles retroceder, pero estos estaban tan ansiosos por atacar que ignoraron toda advertencia. El general presenció todo sin dar la orden, solo prestó atención con los ojos bien entornados. De repente se oyó un grito, unas risas, el tumulto comenzó a empujarse, y al momento siguiente se abalanzaron sobre el esclavo sedientos de sangre. Pero en cuestión de un instante, el chico dejó caer la botija, y junto a ella cayeron sus grilletes y cadenas. Esquivó los cuchillos dando un salto hacia adelante, se giró y estiró la mano para agarrar algo invisible en el aire. Cuando cerró el puño, fue como si un zumbido intolerable aturdiera a los soldados, haciéndoles gemir y apretar los dientes. Entonces regresó el puño hacia atrás, y los brazos de los soldados frente a él perdieron el vigor, sus músculos desaparecieron y las armas resbalaron de sus dedos envejecidos.

La aglomeración se retiró espantada a patadas y empujones. El muchacho dejó de parecer un esqueleto: ya ni se le marcaban las costillas pues su cuerpo entero se había vuelto corpulento. Se movió hacia el sujeto que tenía cargada a la princesa y otros dos guardias se interpusieron con lanzas en mano. Notaron que el prisionero estaba perdiendo contextura velozmente, pero al repetir el movimiento de mano, los guardias cayeron de bruces contra el suelo y el joven se fortaleció de nuevo. Corrió a tomar a la princesa en sus brazos, pero al tocarla retiró las manos de inmediato como si se hubiera quemado; ella cayó al suelo y soltó un gemido de dolor. Echanseki se acercó con el gesto ardiente de emoción y agitando su látigo puso de rodillas al esclavo dando un bramido. Con un segundo latigazo le sujetó el brazo limitando su movimiento, y entonces corrió sorriendo hacia él mientras sacaba la espada.

—¡Alto, Gerby! —exclamó el general poniéndose de pie y se impuso el silencio en la sala. Echanseki se detuvo, aunque claramente insatisfecho—. Así que este es el famoso Meriito que escapó del vacío de Almena y arrasó con la corte otoriana. Pero los rumores no mencionan que fueras tan joven, no tendrás más de veinticinco años. —Acarició su barba mientras estudiaba al chico que gimoteaba de rodillas—. Sin duda eres alguien de su nivel. Si es así dime, ¿qué haces aquí? Porque claramente no eres su prisionero.

El ambiente parecía un sepelio en el que solo se escuchaban rápidos jadeos. Los soldados heridos comenzaban a recuperar su musculatura, mientras que Meriito volvía a parecer una momia muy delgada. Pasó un momento, pero el chico ignoró la pregunta del rey con la mirada fija en la muchacha.

—Hicimos un trato, mi señor —intervino Aldre, aun nervioso tras la confrontación—. Es la chica, está enferma y necesita con urgencia la atención de Reviere. Él no puede tocarla por alguna razón, así que nos pidió ayuda. Dijo que haría cualquier cosa por nosotros si la salvamos.

—¿Es cierto eso? —preguntó Zeo con júbilo. El muchacho se estregó los ojos con la muñeca y asintió lentamente. Zeo soltó una sonora carcajada—. Justo cuando empezaba a aburrirme. ¡Buen trabajo, Aldre, siempre has sido un visionario! Me parece bien: mandaré a traer a Reviere, pero no serás mi soldado. Ya tengo a los mejores guerreros de mi parte y no confío en enviarte con ellos. La verdad es que me he estado preparando para un movimiento final que termine con tanto conflicto, pero para ello hace falta más que poder y fuerza bruta, hace falta información; y tú eres el indicado para dármela. Quiero conocer la verdad oculta detrás de tu leyenda, que me cuentes con detalle lo que es cierto sobre el mito, entre todo lo que ha llegado a mis oídos. Quiero saber cada detalle.

—Es una larga historia... —advirtió Meriito. No era la primera que alguien se interesaba por sus secretos.

—Comenzaremos a movernos en un mes, tienes todo ese tiempo para contarnos tu historia mientras sanan a la princesa.

—Si eso es lo que quieres... —aun le costaba hablar, pero su voz sonaba suave y peligrosa al mismo tiempo—. Pero con una condición: Deliquia debe estar siempre aquí, frente a mis ojos, y no le harán daño. —Entonces se puso de pie resistiendo el látigo enrollado en su brazo—. Nadie más debe pagar por mis pecados.

—¿Asesinaste a su familia y ahora pretendes protegerla? —A Zeo le pareció gracioso—. Muy bien —accedió—. Puedes soltarlo, Echanseki. Mis guardias instalarán una tienda para la chica aquí adentro, así la podrás vigilar mientras nos cuentas tu historia. Pero dejemos claro algo, muchacho: aún no confío en ti. Si descubro que algo de lo que dices es mentira, que nos guardas información o que no eres quien dices ser, no tendré piedad con ninguno, empezando por ella. —El Echanseki a su lado se inclinó para susurrarle algo al oído, pero Zeo le restó importancia con un gesto de la mano. Caminó de espaldas hasta su trono, llenó una copa con vino y se sentó con una amplia sonrisa—. La famosa «bestia de los caminos», estoy intrigado. Vamos, cuéntanos cómo te convertiste en engendro.

—Voy a necesitar más agua, mucha más —advirtió el muchacho palpando la marca del látigo en su muñeca.

—¡Traigan agua y comida! —demandó Zeo acariciando a un león—. ¡Y algo para sentarse! —Los guardias de inmediato le acercaron un banco, una vasija con agua, un cuenco de plata vacío y varios platos con carne y verduras. El muchacho se sentó y bebió un poco más de agua. Observó cómo Aldre recostaba cuidadosamente a Deliquia en un muro a su izquierda donde los soldados hacían espacio para armar la carpa, y sus ojos se llenaron de angustia. Entonces observó al nuevo rey que se rascaba la barba con ansiedad.

—¿Y te sentarás a escuchar una historia mientras tu pueblo combate?

Zeo levantó una ceja.

—¿Muchacho, sabes cuál es la diferencia entre mi hermano y yo? —preguntó a punto de perder la paciencia—. Él fue un rey temerario, siempre acompañaba a su ejército en el campo, y ya sabes cómo terminó. Yo, por otra parte, entiendo que hay muchas maneras de hacer la guerra. Ahora preocúpate por contarme tu historia, desde el principio. Quiero saber qué clase de abominación eres, si de verdad eres quien dices ser —concluyó entornando los ojos.

El muchacho simplemente exhaló un suspiro; el calor volvía a invadir la sala.

—De acuerdo. Entonces, empecemos.

Capítulo 2: Entre piedras y garabatos


Primero quisiera aclarar que Meriito no es mi verdadero nombre, sino un título que me gané en uno de mis largos viajes; sí, esos viajes de los que tanto se habla últimamente. Pero antes de la fama, existió un joven humilde, inocente y dispuesto a cualquier cosa por ayudar a otros. Una verdadera lástima, porque ese altruismo que antes nos liberó, mañana nos traerá la ruina, ya que cargué con nuestra causa en mis manos, y al condenarme, nos condené a todos.

Solo pido a los presentes que no me escuchen codiciando mis secretos; mi historia no es una guía para obtener poder, sino una oportuna advertencia, de que siempre se debe escuchar al corazón, y de jamás jugar con fuerzas desconocidas.

Respecto a mi verdadero nombre, seguro que mis padres me habrán dado uno muy bonito; jamás lo sabremos con certeza. Fui abandonado cuando era un bebé y solo puedo evocar unas cuantas escenas de mi infancia temprana. Todo lo que sé sobre esa época es lo que otros me han contado, así que tendrán que creer en mis palabras como yo tuve que confiar en las de ellos. De modo que, si todo es cierto, mi historia inició una agitada noche oscura:

Una mujer llamada Preya escapaba de una tormenta cuando escuchó un desesperado lloriqueo cerca de un río. Intrigada, se dejó caer por la cuesta pedregosa del cauce, pero le costó ubicar el origen del llanto con la lluvia picando sus ojos y oídos. Una violenta ventisca la sacudió de un lado a otro hasta la orilla, y de repente pudo escuchar mis quejidos con claridad. Movió unas cuantas rocas y allí me encontró, llorando a moco tendido en la espalda de una tortuga, a la que estaba amarrado con múltiples sogas.

Se apresuró a intentar desatarme, pero el agua había complicado los nudos y el río seguía creciendo a su lado. Recogió una piedra y la frotó con ímpetu contra una de las cuerdas hasta que los hilos se soltaron; pero aún quedaban muchas otras y el estrépito de la corriente le decía que no había mucho tiempo. Preya movió la cabeza buscando ayuda, pero no hubo señales de otra persona alrededor; debía hacer algo rápido. Entonces se amarró el cabello, flexionó las rodillas y, enterrando con firmeza sus dedos bajo las ataduras, alzó con todas sus fuerzas a la tortuga en su espalda, aun conmigo afianzado al caparazón.

Juntos pesábamos tanto, que a Preya le flaquearon las piernas de inmediato. Su intención era alejarnos de la orilla, pero no contaba con que los feroces vientos le impidieran moverse con libertad. Peor aún, estábamos atrapados entre las dos paredes del lecho, y ella no tenía otra opción más que seguir recto por el sendero de grava hasta hallar un camino por el que subir a la planicie. Pero solo había avanzado un poco cuando oyó un chasquido, una capa húmeda cubrió sus tobillos, y al girarse vio cómo el voraginoso río se nos vino encima. Fuimos tragados en sus aguas oscuras y revolcados sin piedad en una turbulencia que finalmente silenció mi llanto. Preya se sujetó a la tortuga y como pudo metió un brazo bajo las cuerdas, echó un vistazo a mi pálido rostro, y mis ojos serenos fueron lo último que vio antes de desmayarse.

Despertó escupiendo el agua que había tragado hasta que pudo volver a respirar. Se encontraba tendida en una superficie blanda, aunque el aire alrededor era denso y húmedo. Fuertes tronidos sacudieron la tierra, pero ella no llegó a ver los rayos. Tampoco pudo percibir la luna. De hecho, lo único que alcanzaba a vislumbrar era una tenue luz azul a la distancia, desde donde se escuchaba una corriente fluyendo como una cascada. Entonces entendió que el torrente la había arrastrado hasta una gruta con una pequeña isla rodeada por el agua que discurría del río. También dedujo por el estruendo que la tormenta seguía arreciando afuera, y no había mucho que pudiera hacer al respecto. El cuerpo le pesaba una tonelada, así que cerró los ojos y un momento después ya había caído en un profundo sueño.

Quién sabe cuánto pasó hasta que espabiló de nuevo. Se incorporó ahogada, mareada y con un intenso dolor de cabeza. De fondo se escuchaba un lloriqueo constante que le recordó de inmediato al responsable de su padecimiento. Se levantó tambaleando y dio unos pasos siguiendo mis lamentos desesperados hasta que me halló, aún atado al enorme reptil. Buscó a tientas una estalagmita con la que finalmente pudo cortar las ligaduras una por una. Tanteó mi cuerpo en busca de heridas y no encontró más que las marcas que las sogas dejaron en mi piel. Me tomó en sus brazos y me meció suavemente intentando calmarme, pero un rato después ya estaba segura de que mi llanto, al igual que la tormenta, no iba a detenerse pronto.

Por mucho tiempo ignoré de dónde sacó el calor o el alimento para mantenernos con vida durante los seis días que duró la tempestad, pero lo más importante es que en honor a esa catástrofe en la que nos conocimos, Preya me dio mi primer y más preciado nombre: Torva, que significa remolino de lluvia. También le debo a la tormenta haber descubierto aquella cálida gruta, que aunque no era el sitio ideal para un niño sin padres, terminó por convertirse en mi hogar.

En cuanto la lluvia cesó, Preya usó los restos de cuerda para amarrar mi tobillo a una roca y se marchó. Regresó al día siguiente con algunas bayas verdes que trituró hasta convertirlas en pulpa, y con eso me alimentó por un tiempo hasta que aprendí a comer otros tipos de fruta. Crecí siendo un niño sano y vistiendo las prendas que Preya me obsequiaba. En ocasiones la vi llegar al refugio con una talega llena de carne, que ella misma asaba en la fogata mientras me hablaba del mundo como las madres le hablan a sus hijos; sin embargo, todas las tardes sin falta, se despedía y me dejaba a mi suerte en la oscura caverna.

Decenas de veces me aseguró que no había peligro alguno en la zona, pero ni eso evitó las muchas noches que pasé acurrucado a mi manta, temblando de miedo y llorando en silencio hasta quedarme dormido. A menudo tenía que resistir el impulso de ir a buscarla, pues creía saber a dónde iba. Más allá de la cuesta del cauce, había una montaña alta cubierta de un negruzco bosque muerto; sus árboles viejos apenas tenían hojas y se ocultaban detrás de una espesa neblina, pero justo en la cima había una zona pequeña con frondosos árboles forrados de hermosas hojas verdes. Era el único lugar donde podía crecer la fruta.

Preya siempre evitó el tema, aunque cada vez que podía me advertía sobre las trampas y animales feroces que protegían la sublime cumbre de los visitantes inesperados. Tuve muchas pesadillas con esos peligros desconocidos, hasta que me resigné a las noches solitarias. Cuando me sentía intranquilo, me consolaba pensar en que Preya regresaría al refugio el siguiente día, y entonces todo estaría bien. En ocasiones la vi llegar muy temprano para llevarme a cortar leña; ella talaba y yo la ayudaba a llevar los pedazos. Mientras la carne se asaba, solía leerme historias a la luz del fuego o aprovechábamos para zambullirnos en el agua; dentro de la gruta, claro, ya que solo entraba al río cuando necesitaba cruzarlo.

Una tarde, Preya me sugirió pausar nuestra lección de escritura para comer: la cazuela humeaba sobre la lumbre y ella meneaba el caldo gentilmente con un punzón. Había encendido el fuego con unos trozos de piedra rojiza que encontró en la gruta. Le tuve que insistir mucho para que me prestara alguno para garabatear las paredes, ya que sus misteriosos trazos brillaban en la oscuridad. Ella accedió porque le pareció que ya me tocaba aprender a escribir, y porque era una buena oportunidad de enseñarme a encender la fogata, de manera que nunca pasara frío en las noches.

Justo estaba practicando mis letras cuando ella me llamó. Dejé la piedra en el suelo y crucé el pozo nadando. Salí empapado a quitarme el calzón, vestí mi túnica seca y me senté en la arena a observarla servir el almuerzo: recuerdo que me pareció muy alta, su piel morena destellaba junto a las llamas, y sus ojos redondos como un búho lo veían todo con ternura. Entonces, se me ocurrió preguntarle algo que me llevaba inquietando mucho tiempo.

—Ey... Preya... ¿Por qué tus brazos son transparentes? —inquirí con inocencia. El tazón se le resbaló de las manos y se estrelló bruscamente contra suelo. Ella por reflejo escondió los brazos en la espalda—. Es que... los míos no son así, no puedo ver a través de ellos.

—Mis brazos... emmm... n-no hay razón, Torva. Siempre han sido así. Los cielos sabrán por qué nos hacen como nos hacen. —Me miró nerviosa por unos segundos—. ¿Te incomodan?

—No, para nada. Solo tenía curiosidad. Antes creía que eran de agua, o de viento. Pero eso no puede ser porque siempre estás levantando cosas.

—Vaya, eres muy listo —me dijo con media sonrisa después de un suspiro, y comenzó a sacar los brazos con timidez—. Es algo diferente al agua. Fluye y es transparente, pero al mismo tiempo duro como los huesos. Y está lleno de vida... —Su voz se suavizó de repente—. Se parece más al fuego, en muchos sentidos.

Me quedé un momento apreciando uno de sus brazos. Los bordes parecían densos, pero el interior era traslúcido y contenía otro líquido más oscuro que iba buceando de un extremo a otro, dejando un rastro de partículas.

—Ya veo —comenté fascinado—. ¿Y cómo se llama? ¿Puedo tocarlo?

—Emm... mejor no. No me veas así —Se acercó y enterró sus dedos diáfanos en mi cabello—. Me hace feliz que seas tan curioso, pero me preocupa que un día te topes con alguien... menos tolerante, y eso te traiga problemas. Es mejor que no sepas tanto del tema, ¿de acuerdo? —Me sonrió cuando asentí. Entonces sacudió su albornoz y levantó el tazón del suelo—. Ahora comamos para que practiques tu lectura. Si aprendes rápido te traeré algunas historias para que leas cuando estés solo.

Aquella vez accedí de buen grado y comencé a practicar en cuanto terminé de comer, principalmente porque sus brazos parecían ser un tema sensible para ella y no quería molestarla. Pero ahora tenía más dudas que antes.

Aprendí a leer poco después. No había mucho que hacer en mi tiempo a solas, así que cuando no estaba arrojando peñones al río, estaba leyendo en la cueva, sin importar que no entendiera la mitad de cada historia. Muchas trataban temas de política, religiones o amoríos que un huérfano como yo no podía entender, pero de vez en cuando encontraba relatos sobre héroes antiguos que habían recorrido el mundo por motivos más trascendentes que el oro; batallaban por honor o en defensa de sus seres queridos. Me gustaba jugar a que era uno de ellos, que tenía una espada de viento y la usaba para cortar a través del campo de batalla ficticio al borde del río. Eran solo fantasías tontas, ya lo sé, pero es posible que esas tardes de combates imaginarios fueran las que cultivaron mi espíritu valeroso, y me animaron a ser más atrevido y audaz.

Los años transcurrieron tranquilamente, pero creo que tenía once esa mañana en que las cosas comenzaron a cambiar. Preya no había regresado por un par de días, aunque me dejó con un montículo de frutas que tardarían varios días en deteriorarse. Con mis lecturas agotadas, resolví salir a buscar otras superficies en las que escribir, pues mis letras ya ocupaban las paredes de la guarida por dentro y por fuera. En vano visité el bosque (los árboles estaban tan viejos y deteriorados que se quebraban sin siquiera tocarlos), así que me armé de valor para probar mi suerte río abajo.

El paisaje era hermoso: la corriente se ceñía al sendero de gravas hasta el horizonte. A mi derecha se extendía una enorme vertiente pedregosa que no dejaba ver más allá, y al otro lado del río había otra vertiente sobre la cual se veía mucho más del bosque muerto. Me sorprendí al notar que el área verdosa en la cima se había extendido un poco más, como si la montaña estuviera cobrando vida desde su punto más alto.

Me pregunté si Preya estaría ahí. Seguro había un refugio más grande con alimentos por doquier, y un lago donde los niños podían bañarse con tranquilidad. ¿Se habría olvidado de mí? ¿O tal vez le había pasado algo? Tuve que secar las lágrimas que me empezaron a caer por el rostro mientras caminaba.

—Cuidado te tropiezas, compañero —me advirtió una voz áspera pero alegre. A unas piedras por delante me observaba un hombre con sombrero de paja, una sonrisa de oreja a oreja y los ojos muy abiertos. A su lado había una cesta y en sus manos una caña de pescar con el hilo sumergido en el río.

La impresión me dejó tiezo, haciéndome olvidar mis preocupaciones. Era la primera vez que veía a otra persona además de Preya, y no se parecía a ella en lo absoluto. Tenía el cabello largo y maltratado, una barba enmarañada y el cuerpo tan delgado como arrugado. Al ver que no respondía, el anciano bajó la caña, metió la mano en la canasta y sacó una trucha pálida.

—¿Por qué esa cara triste, cuando la vida es tan generosa? —me preguntó sonriendo; le faltaban casi todos los dientes. Me timbré cuando dio unos pasos hacia adelante agitando el pescado en su mano. Él se detuvo al notarlo, dejó la trucha sobre una roca y retrocedió—. No te contengas pequeño, ¡que esto no es todos los días!

—¿Qué es eso? —le pregunté indeciso; tampoco había visto un pescado en mi vida. Él soltó una carcajada.

—Eso que ves es una buena trucha —me explicó levantando las cejas—. Tuvieron que aparecer recientemente, ya que estuve por aquí hace tres rotaciones y el río estaba desolado. ¡Pero hace unos días me dio por revisar y mira! ¡¿Se puede tener más suerte?! ¡Tú también aprovecha muchacho, antes de que esto se vuelva un infierno de pescadores!

El júbilo en su voz era contagioso y al mismo tiempo intimidante. Sin quitarle un ojo de encima, me acerqué lentamente y levanté el pescado por la cola con dos dedos como pinzas.

—¿De verdad se come? —cuestioné arrugando la cara. Olía bastante mal.

—Hijo, hay quienes no comen otra cosa. Primero debes asarlo, claro. ¿Sabes hacer una fogata?

Asentí.

—¡Bien! —celebró recogiendo su caña—. Tú solo ponlo al fuego y disfruta. ¡Ah, y cuidado con las espinas!

Observé al sujeto regocijándose en su pesca por un momento, luego al inexpresivo pez muerto, y una vez más al anciano.

—Gracias —le dije. Él volvió su atención hacia la espumosa agua, y dejó escapar una risita que me pareció más dirigida a sí mismo que a mí.

Me di la vuelta lentamente y arranqué a correr dando saltos con el pescado en la mano. Irrumpí espantado al refugio, atravesé una gran roca en medio, y prácticamente me lancé bajo mi manta a vigilar la entrada fijamente. Mi cruel imaginación me hizo ver al pescador aparecer varias veces con un cuchillo en mano y dando gritos con su voz gastada, pero cayó la noche sin que sucediera realmente nada.

Sin embargo mi estómago rugía más que el río. No había comido nada desde la mañana y el marcado olor del pescado me recordaba las palabras del anciano, así que decidí darle una oportunidad. Preparé la yesca y la encendí chocando mi piedra roja contra una pirita. Perforé el pescado con un hilo como hacíamos con la carne y lo colgué sobre la candela. Mientras esperaba a que se cocinara le di un mordisco a una manzana; empezaba a tener un ligero sabor amargo. Más tarde esa noche, quitando la sorpresa de las espinas, me fui a dormir alegre de haber probado el pescado.

Preya no regresó los días siguientes y las frutas se agotaron antes de estropearase. El hambre me impulsó a salir de la cueva, así que probé a asomarme al río: podía ver la silueta de los peces nadando a toda velocidad en lo profundo, pero por alguna razón no me atrevía a meter la mano. Mi estómago gruñía cada vez con más frecuencia, hasta que al mediodía decidí descender una vez más por el sendero de grava. Encontré al anciano en el mismo lugar con su canasta rebosada de pescados. Sin embargo, esta vez tenía las cejas muy juntas y el gesto desanimado. Hice algo de ruido al llegar para llamar su atención.

—Así que regresaste —notó sin una pisca de entusiasmo—. ¿Qué te pareció la trucha?

—Es cierto, se come —respondí. Él asintió con amargura. No parecía la misma persona con los ojos decaídos y los labios tristes—. ¿Sucede algo?

—Siempre, siempre sucede algo —se lamentó con un sonoro suspiro—. Esos brutos lo quieren todo sin mover un dedo... ¡Ojalá no vuelvan de la guerra!

—¿Guerra? ¿Hay una guerra? —pregunté por seguir la conversación, aunque en realidad estaba interesado en la pesca. Creí tenerlo resuelto: Todo consistía en enganchar a los peces. Justo en ese lugar había una piedra grande que dividía la corriente y sacaba espuma en la superficie. No se podía ver el fondo, pero el agua parecía más calmada.

El pescador me observó con los ojos casi cerrados, como intentando descifrar si no le estaba prestando atención, o si le estaba jugando alguna broma. Entonces frunció el ceño.

—¿Acaso vives bajo una roca? —Cabeceó de un lado a otro—. No importa. El hecho es que esos soldados salvajes están requisando lo que les da la gana. ¡Que me puede pasar un accidente si no les llevo pescados, dicen! ¡Son unas bestias! ¡Unos bárbaros! ¡Unos... unos... —exhaló un suspiro—. Como sea. ¿Quieres otro pescado, verdad?

—Quisiera unos cuantos, no tengo más comida. —lo dije con buena intención, pero en mi inocencia, desconocía lo mal que podían caerle esas palabras.

—¿No escuchaste lo que dije, muchacho? ¡Me están robando mi mercancía! Apenas me queda para vender. No, solo te puedo dar uno. Tómalo rápido y lárgate, que si los soldados te encuentran seguro te llevarán a la guerra.

Asentí rápidamente y me acerqué a recoger una trucha, pero antes de irme metí una mano en mi túnica y saqué mi piedra roja. La sopesé en mi mano buscando alrededor la roca más grande e hice dos rayas largas en ella; así podía regresar luego. Me giré listo para marcharme cuando un grito me hizo detenerme.

—¡Espera! —Al voltearme noté que el anciano tenía los ojos encendidos, y el júbilo había vuelto a su rostro—. ¿De dónde sacaste esa piedra que tienes en la mano?

—Yo... la encontré —Sentí un aura siniestra en el anciano, pero no podía decirle dónde estaba el refugio. Comencé a retroceder unos pasos, pero él se agachó, recogió un frasco lleno de carnada y me lo arrojó a la pierna.

Gemí de dolor al caer sentado sobre las rocas. Una sonrisa aterradora apareció en el rostro arrugado del pescador mientras se acercaba con pasos lentos pero vehementes, cuidando de no regresar. Le apunté a la cara con la piedra; confiaba en mi puntería, aunque no sabía si sería suficiente. Pero él se detuvo angustiado, y entonces entendí lo mucho que quería mi piedra. Giré sobre mí y apunté al río.

—¡No te muevas o la lanzo! —le espeté, y funcionó. El anciano levantó las manos y comenzó sudar.

—¡Alto, para, para! ¡Está bien, dime qué quieres! ¿Tenías hambre verdad? Puedo darte más pescados, emm... cinco pescados. ¿Qué te parece?

Mientras pensaba, el anciano aprovechó de dar un paso, así que me erguí y me moví más hacia el río; me sentí poderoso al verlo retroceder.

— Los quiero todos —le exigí esperando que me rechazara y se diera por vencido, pero su respuesta fue inmediata.

—¡Son tuyos! Todos tuyos, si me entregas esa pequeña joyita.

Me había quedado sin opciones. Si arrojaba la piedra, el pescador seguro me arrojaría detrás de ella; pero si aceptaba el intercambio, podía sobrevivir lo suficiente para aprender a pescar yo mismo. Después de todo, ya había marcado la zona y podía regresar cuando él no estuviera.

—De acuerdo —accedí—. Pero aléjate, más, eso es, no te muevas de ahí.

El anciano siguió obedientemente mis indicaciones sin quitarme los ojos de encima. Yo me acerqué, levanté la cesta y arrojé la piedra detrás de él. Saltó sobre ella como un lobo hambriento, cayó de rodillas y soltó una victoriosa carcajada al palpar la gema entre sus dedos. Yo, queriendo alejarme tan rápido como fuera posible, proveché su regocijo para darme la vuelta y escapar.

—¡Vuelve si tienes más de estas, te daré lo que quieras! —escuché a la distancia, pero no me giré. Crucé el río en cuanto vi una zona estrecha y seguí corriendo por ese camino para despistar al anciano, en caso de que me estuviera siguiendo.

Me temblaba el cuerpo cuando avisté el refugio al otro lado del río a la luz del ocaso. Por un momento me sentí aliviado, pero entonces un rumor de voces y pasos llamó mi atención. Di un salto hacia la vertiente para esconderme detrás su sombra y dejé la canasta en el suelo; no vi a nadie alrededor, ni por donde vine, ni más adelante. Me di cuenta entonces que las voces venían de arriba, y entre ellas estaba la de una mujer.

«Preya», pensé escalando la vertiente, y entonces los vi. Cinco criaturas plateadas discutían entre sí al pie del bosque muerto. Una mujer se separó de ellos con los brazos cruzados y se detuvo tras dar unos pasos. Giró la cabeza, los estudió un instante con sus fríos ojos azules, y entonces les espetó:

—¡¿Qué esperan para entrar?!


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ositron



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MensajePublicado: Mie Jun 16, 2021 10:51 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Interesante. Suerte.
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Leer nos hace humanos, ningún animal lo hace.
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Adrianhk



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MensajePublicado: Jue Jun 17, 2021 11:46 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

¡Ya está disponible el capítulo 2!

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Adrianhk



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MensajePublicado: Jue Jun 17, 2021 11:47 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

ositron escribió:
Interesante. Suerte.


¡Muchas gracias! Estoy recibiendo feedback muy positivo y críticas constructivas que me ayudan a mejorar.
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Adrianhk



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MensajePublicado: Jue Jul 01, 2021 2:26 pm    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Nuevo capítulo disponible:

Capítulo 3: La voz de la montaña


Tres antorchas arrojaban una débil aura de luz sobre las corpulentas criaturas con cuernos que entraron al bosque cargando hachas más largas que yo; nunca había visto un monstruo, pero debían lucir así. Un hombre canoso de vestimenta elegante se quedó junto a la mujer sosteniendo una antorcha en una mano, y un carcaj de flechas en la otra.

Ella tenía la piel nívea, los rasgos finos y el cabello negro embutido dentro del cuello de su ancho abrigo. Siguió a los guerreros con la mirada hasta que se perdieron en la niebla, y entonces exhaló un suspiro, tomó un relicario que llevaba colgado del cuello y susurró unas palabras que no alcancé a descifrar. Un largo aullido estalló dentro de la espesa neblina seguido de múltiples golpes secos. Frunció el ceño, levantó la quijada dirigiendo la vista al cielo sin nubes, presionó los labios por un momento, y miró de reojo hacia mi dirección; me asusté, pero el área a mi alrededor estaba muy oscura, no debía poder verme. Sin embargo, divisé un halo celeste que comenzaba a surgir alrededor de su ojo y me recorrió un escalofrío, pero justo en ese momento un estruendo metálico retumbó detrás de ella.

—¡Ayuda! ¡Necesitamos ayuda! —clamó una voz dentro del bosque. La mujer se giró alarmada y chasqueó la lengua. Entonces se llevó el colgante a los labios y volvió a susurrar algo.

No me quedé a averiguar si pudo verme. Descendí la vertiente deslizando mis pies para no hacer ruido, cuando me sobresaltó otro lúgubre aullido. Sin perder tiempo, abracé la canasta y corrí a zambullirme en el río; todo quedó en silencio mientras me hundía aferrándome a la canasta, aunque en el proceso dejé caer un par de pescados en las mismas aguas que antes recorrieron con vida. Braceé hasta la otra orilla con un solo brazo y me extrañó notar que la corriente fluía con suavidad, más tranquila y fría que nunca.

Salí empapado y temblando, pero me alegré al comprobar que no había ni una antorcha a la vista, ni ningún ruido extraño proveniente del bosque, así que levanté la canasta y fui directo al refugio deteniéndome solo para atravesar la roca en la entrada. Vadeé el pozo de la caverna hasta la pequeña isla, dejé caer la cesta en la tierra y abracé mis hombros tiritando mientras buscaba con la vista mis piedras carmesí; sonreí al ver que aún quedaban cuatro. Usé una para encender la fogata con mis dedos temblorosos, y disfruté el calor reconfortante del fuego sobre el que colgué un par de pescados.

Estaba tan hambriento que casi me trago las espinas, y no comí más porque sabía que debía administrar las truchas con cuidado hasta que aprendiera a pescar; pero ese era una tarea para otro día. Esa noche me tiré satisfecho en la arena, sintiéndome muy satisfecho por haberme librado del peligro como un campeón, sin siquiera un rasguño. Me arropé con mi manta sonriendo y, tras un lapso de temblores y estornudos, me dormí en paz a la luz de la lumbre. Es curioso que solo en los días más agitados descansaba profundamente, pero más extraño aún fue el sueño que tuve, porque en él presencié cosas que hasta entonces desconocía.

De repente era un niño de nuevo sobre los hombros de una mujer muy fuerte y risueña que me llevaba por la plaza de un pequeño pueblo; los tablones de las casas tenían preciosos ornamentos de madera y tela de colores muy vivos. La mujer se detuvo ante una fuente, me sentó en un peldaño y besó mi frente con cariño, justo antes de comenzar a transfigurarse delante de mí: su mitad derecha se volvió traslúcida y se recubrió de telas color crema; del lado izquierdo se desplegó un vestido escarlata sobre una piel blanca como las nubes. A la derecha los ojos amarillos acompañaron una amable sonrisa, a la izquierdo los gélidos ojos azules centelleaban como los colmillos que se desprendían de su boca maliciosa. Le crecieron brazos, alas, una cresta y otras partes de animales que jamás había visto. Entonces me tomó del cuello con sus garras y abrió las fauces, pero no me tragó, sino que emitió un sonido exótico, una rara mezcla entre el crepitar del fuego y el silbido de la brisa, que de inmediato confundió mis sentidos. El deiforme ser sonrió con ojos llenos de avaricia, el ruido se hizo más y más fuerte, tan insoportable que me estremecía cada hueso, un ave plateada se posó en mi hombro y las pirañas planearon desde las nubes.

—¡Preya! —grité exaltado al despertar, y mi voz resonó dentro de la caverna vacía. Traté de recuperar el aliento cuando me llegó un intenso olor a madera chamuscada y pescado. Fui a lavarme en el pozo, aunque interrumpido de vez en cuando por algún estornudo. El resfriado me recordó que debía buscar más madera si pretendía sobrevivir otra noche igual de fría; además de que necesitaría el fuego para cocinar. Llené la canasta de agua y puse a remojar las truchas con la esperanza de que eso las mantuviera frescas; no sabía casi nada sobre alimentos, pero me hacía ilusión que se conservaran hasta el regreso de Preya para compartirlas con ella.

¿Pero cómo se suponía que buscara la leña? Estaba seguro de que no necesitaba un hacha en aquel decadente bosque, ya que los árboles estaban tan podridos que habían perdido sus hojas y sus ancianos troncos se quebraban como galletas. El problema era más simple: tenía miedo, mucho miedo. Me aterrorizaba la idea de abandonar la gruta con esas espantosas criaturas sueltas; la noche anterior me sentía un campeón, pero el efecto me pasó mientras dormía y al despertar solo recordaba imágenes del pescador psicópata y la horrenda criatura de mis pesadillas. Preferí no arriesgarme; allí estaba a salvo, podía comer las truchas crudas, e incluso estaba la posibilidad de que Preya regresara en cualquier momento. Pero terminé vomitando el pescado crudo y, por desgracia, Preya tampoco se mostró ese día. Más tarde el hambre y el resfriado se turnaron para hacer de mi noche un infierno, por lo que cuando por fin pude alcanzar el sueño, había tomado la decisión de escabullirme al bosque por la mañana.

Era muy temprano cuando llegué al pie de la montaña; admiré temerosamente su inmensa ladera sobrevolada por enormes nubes de bruma, y un escalofrío me recordó no adentrarme demasiado. Miré intranquilo en todas direcciones para asegurarme de que estaba solo, y de inmediato me puse manos a la obra:

Comencé dando golpecitos en los árboles buscando algún tronco que sonara hueco. Encontré varios, pero elegí el que me pareció más alto y delgado; me sorprendió lo fácil que atravesé su corteza de una patada y lo rápido que se ensanchó el hoyo al sacar el pie. Fue tan divertido que por un rato me creí algunos de los guerreros famosos de mis lecturas, como Tomero Iglu o el veloz Espéncer, y jugando a ser ellos lancé una furia de golpes y patadas que pronto hicieron que el árbol se viniera abajo estrellándose contra el suelo.

Sonreí sobando mis nudillos; Preya nunca me dijo lo entretenida que era esta parte, pero la próxima vez tendría que dejarme hacerlo. Comencé a cargar los pedazos; eran ligeros pero no podía llevarlos todos a la vez, así que tuve que hacer varios viajes al refugio. Me dolían los pies al regresar por cuarta vez para cargar los últimos trozos, cuando escuché unos pasos que venían desde arriba, y unas enormes siluetas se marcaron en la cortina de niebla. Hice un amague de recoger la madera pero me detuve porque no me iba a dar tiempo, así que la dejé allí y me recosté en la sombra de un árbol. Un traqueteo metálico retumbó detrás de mí, acompañado de algunos quejidos y bostezos.

—¡Ni uno solo, te lo juro! ¡No siento mis pies! —exclamó una voz muy aguda, gritando como a quien no le preocupa ser escuchado—. ¿Tú dormiste algo?

—Emmm, quizá... —respondió otro. Su voz era grave y estiraba las palabras—. No lo... recuerdo.

—Bueno, yo alcancé a dormir un poco —confesó el de la voz chillona pasando a mi derecha, y su enorme compañero bostezó a mi izquierda. Me congelé en el acto aguantando la respiración, pero eso solo despertó mi resfriado.

—¡Achú!

—Friba —le deseó el de la voz chillona sin detenerse.

—Gracias —respondió su amigo sin darle importancia mientras pisaba los pedazos de madera en el suelo.

Desde atrás pude verlos mejor: corazas plateadas, hachas, cascos con cuernos, una coleta roja y botas de cuero; no eran monstruos sino caballeros, y por alguna razón, eso me pareció más emocionante.

—De todas maneras, ya estoy harto de esto —se quejó el de la coleta con su voz aguda—. ¡No lo soporto, ya no! ¡Juro que me volveré loco si paso otra noche sin dormir!

—«A jé, a jé» —lo apaciguó su amigo a mitad de un bostezo—. Mira, yo también estoy harto y... no es que me agrade la comida de aquí. Pero mira el lado bueno: no iremos a la guerra.

—¡Eso no me importa, Orbin! —le espetó el compañero—. Jir Vaedlla me va a escuchar, tiene que parar esta locura. Y si no le apetece, puede traer su sagrado trasero a la montaña a ver qué le parece. ¡Yo no pienso regresar a este infierno!

Eso fue lo último que escuché antes de que salieran del bosque. Mi cuerpo estaba congelado en el lugar y al mismo tiempo sentía un intenso deseo de seguirlos, pero un pensamiento me hizo espabilar para regresar con urgencia al refugio. Escapé tan rápido que olvidé el resto de la leña, y aunque tuve que taparme la nariz al entrar en la caverna porque cada vez olía más a pescado, no dejé que eso me distrajera y fui directo a buscar mi libro de Mafvir el Torcedor.

Mafvir era un héroe atrevido y musculoso que se dio a conocer por doblar el hocico de una familia de caimanes que se merendaron sus ovejas. Su hazaña se hizo tan famosa que el mismo rey solicitó su ayuda para deshacerse de un peligroso leviatán que se estaba zampando los barcos de suministros. Mafvir fue llevado hasta la recámara del líder por unos imponentes caballeros de «armaduras plateadas con formas de toro y otros animales». Sonreí intrigado, pero también angustiado. Más adelante en la historia Mafvir descubre que el leviatán no existe y en realidad eran los soldados del rey quienes interceptaban los cargamentos en el mar y escondían los barcos. Pero antes de poder informar al respecto, Mafvir fue traicionado por los caballeros y enviado muy lejos a trabajar como esclavo.

Pasé el día pensando en los diferentes tipos de caballeros. Estos parecían un grupo pequeño y, viéndolos de cerca, no lucían peligrosos... ¿Pero qué querían en la montaña? ¿Habían venido persiguiendo a algún fugitivo, o quizá buscaban las frutas de la verdosa cumbre? Y aquella mujer de mirada gélida... ¿Qué relación tenía con ellos? También pensé mucho en Preya, en dónde estaría y lo que seguro me diría: «no quiero que salgas». Esa solía ser su respuesta para todo, pero por alguna razón ya no estaba para cuidarme.

La pregunta más importante era «¿Qué harán si me encuentran?». El demente pescador había mencionado que los guardias me llevarían con ellos, lo que no sonaba nada mal pues me gustaba la idea de convertirme en caballero, pero primero debía asegurarme de que no fueran como aquellos que traicionaron a Mafvir; y si lo que intentaban era llegar a la cima, incluso podían ayudarme a localizar a Preya. Esa noche mientras masticaba un trozo de pescado decidí empezar por hacer un poco de espionaje.

A la luz del alba me armé de valor para visitar el bosque una vez más, eché un rápido vistazo a los alrededores y me puse a trabajar nervioso pero sin detenerme. Con una rama destruí la parte superior de un árbol hueco y escondí los trozos de madera que se desprendieron. Entonces moví una roca, me subí en ella, salté dentro del tronco con mucho cuidado de no romperlo, y presioné el dedo contra la corteza para abrir un hoyo de cada lado; quedé encorvado y muy apretado a pesar de ser muy delgado, pero había conseguido infiltrarme.

Aguardé en silencio, encorvado, cada vez más nervioso de que me descubrieran, y la respiración casi se me cortó cuando escuché los pasos acercándose.

—¡Silencio! —El de la coleta volvía a estar de mal humor—. ¡Tu voz me molesta, tus botas apestan, tu cara es muy fea!

—Ya, ya... —lo quiso calmar su compañero con los ojos casi cerrados—. Solo aguanta un poco más y dormiremos un poco.

—Esta vez sí, esta vez sí, Vaedlla tendrá que escucharme o no regreso.

—De nuevo con eso, Ferrión... Creo que tendrías más suerte hablando con el rey.

—¡Que te calles, gordo irritante! —explotó de nuevo con su tono chillón—. ¡Va a cancelar este sinsentido, ya verás! ¡No voy a dejarle otra opción!

Casi sentí lástima por el tal Ferrión. Pero fuera lo que fuera que quería lograr, no parecía haber tenido suerte, porque regresaba cada día prometiendo que sería el último y quejándose de todo lo que cruzaba su mente: el mundo, los otros guardias, su ropa, aparentemente todo lo volvía loco.

Esos días me hice una rutina: por la mañana escuchaba sus quejas, por la tarde intentaba capturar un pez en el río —que había recuperado su turbulencia—, y por las noches analizaba sus conversaciones mientras cenaba. Desafortunadamente la mayoría eran detalles inútiles como los nombres de sus familiares, los platillos que se les antojaban o múltiples quejas sobre un reino lejano. Pero entre tanto parloteo algo estaba claro: Más de veinte guardias estaban siendo obligados a pasar la noche en diferentes áreas de la montaña sin poder pegar un ojo. También extraje un nombre que se repetía constantemente en sus desahogos: Jir Vaedlla.

Pero tras varias jornadas, aún no tenía claro si eran peligrosos; el grande lucía temible y el de la coleta tenía un carácter fuerte, pero estaban siempre tan exhaustos que seguro me confundían con uno de ellos si me los topaba de frente. Pensé en Preya y exhalé un largo suspiro; mi reserva de truchas estaba por agotarse sin haber averiguado un solo indicio de lo que sucedía en la montaña, eso sin mencionar mi fracaso en el arte de la pesca. Entonces recordé mi encuentro con el anciano en el que mencionó algo sobre los guardias: ¡Quizá él podía saber algo! Pero antes se había puesto un poco agresivo, así que debía idear una manera segura de aproximarme.

Al día siguiente cuando llegó con su caña en la mano, yo lo estaba esperando de pie en medio del área de grava; su ropa estaba reluciente, tenía una caña de pescar nueva y un sombrero muy elegante. Venía acompañado de dos personas: un señor delgado de cuello largo, camisa blanca y pantalón abombado; y una chica de cabellera castaña, de mi edad o un poco más joven, que cargaba un palo largo y puntiagudo en la mano. El anciano intentó adelantarse al grupo en cuanto me reconoció.

—¡Alto! —grité con la mano levantada y todos se detuvieron, probablemente por curiosidad—. Antes... dijiste que viniera si tenía otra piedra.

—¡¿Tienes otra?! —El anciano casi dio un brinco de felicidad. Su acompañante lo observó con una ceja alzada, y de repente sus ojos se ensancharon como platos.

—¡Ebraél, viejo embustero, dijiste que se la sacaste a un pez gordo! ¡Este pez tiene piernas! —reclamó el sujeto asiendo al anciano por el cordel de su jubón. La chica no dejaba de observarme con preocupación.

—Cálmate, Cebreo —pidió el viejo alejando el cuello y levantando las palmas—. Tenía mucho estrés ese día y pensé que había imaginado todo el asunto del niño, sabes que sería incapaz de ocultarte nada. ¡Estoy tan sorprendido como tú! —aseguró estregándose los ojos. El hombre frunció el ceño.

—Emmm... ¿sí quieres la piedra, verdad? —intervine.

—¡Claro! —respondieron ambos, y el sujeto se volvió hacia el anciano—. Iremos a medias, Ebraél, si no quieres que los guardias se enteren de esto.

—De acuerdo, de acuerdo —accedió el Ebraél librándose de su agarre—. Aquí tengo otra canasta de pescado, muchacho —Cebrero lo miró con la boca abierta y las cejas levantadas—, acabamos de salarlos para que se conserven más. ¡Ahora muéstranos la piedra!

—La escondí en el río —dije—. Pero solo les diré dónde está si...

—Si te damos todo lo que tenemos y confiamos en que no escaparás corriendo, ¿verdad? —Un eufórico Ebraél comenzó a acercarse lentamente—. Por tu contextura sé que no te estás alimentando muy bien, y no puedes almorzar piedras, ¿verdad? Será mejor que nos lleves al lugar donde tienes las joyas o yo mismo te ahogaré en el río.

—Yo... yo... —Comencé a dar pasos atrás. El anciano se iba a arrojar sobre mí, me sentí débil y airado de que me amenazara de nuevo. Entonces se me ocurrió algo—. Conocí a los guardias. —De inmediato noté un cambio en el gesto del anciano, así que continué—. Bueno, a un par. Orbin y Ferrión, ¿los conoces? Me han estado hablando de su familia en Monte Perno y lo mala que es la comida de aquí. Creo que... podría comentarles de ti.

—E-espera —me rogó de repente el viejo Ebraél—. ¿Cómo es que... Bueno, está bien, de acuerdo. Confío en que tienes más piedras de esas... Pero nosotros no tenemos mucho, ¿qué otra cosa quieres? —preguntó arrojando la canasta cerca de mí.

—Eso. —Señalé a la chica y ella se alarmó—. Lo que tienes en la mano. ¿Es una lanza, verdad?

—Eh... Esto es u-un arpón —respondió sobándose el antebrazo—. Lo uso para pe-pescar, no es un...

—Lo quiero —dije de inmediato. La chica miró a su padre y este asintió, así que arrojó el arpón a mis pies con el rostro afligido—. Y... quiero una cosa más. ¿Qué saben sobre Jir Vaedlla?

El anciano se timbró, me observó receloso y botó el aire por la nariz. No dijo una palabra, pero Cebreo dio un paso al frente.

—¿Te refieres a los de Vaedlla de Pristina, no? Son una familia de nobles muy respetada. Hace poco el tal Jir se casó con la princesa, creo que ahora comanda un ejército del rey. Dicen que es alguien tímido pero muy apuesto... —entonces frunció ligeramente el ceño—. Pero no son cosas que le atañan a un niño. ¿Cuál es tu interés en...

—No importa —lo interrumpí levantando el arpón y la canasta sin quitar los ojos del anciano, que tenía los brazos cruzados como un niño regañado—. La piedra está detrás de esta roca a mi derecha, no me sigan —añadí empezando a correr.

Pero ellos se aventaron en mi dirección como unas gacelas hambrientas; Ebraél quiso seguirme, pero su compañero lo detuvo.

—¡Déjalo Ebraél, aquí está! ¡Tengo la esgamita! —escuché detrás de mí, pero no me detuve a mirar atrás.

Más tarde en la caverna me dejé caer sobre la tierra blanda con la respiración acelerada, el corazón agitado y un curioso ataque de risa. La verdad es que me sentía muy vivo, poderoso incluso, como los aventureros de las leyendas. Una vez más conseguí alimento por mi cuenta, sin contar el arpón y toda la información recolectada. Era un estado en el que lo bueno parecía diez veces mejor y lo malo diez veces peor, así que aunque me sentí capaz de cualquier cosa, me golpeó una preocupación tremenda: Preya. Sentí que no podía esperar más, era momento de encarar a los guardias. Hubiera preferido hacerlo en la mañana cuando estaban más débiles, pero tenía que aprovechar el ímpetu que me recorría el cuerpo en ese momento, así que llené mis pulmones, me puse de pie de un salto y fui directo a esconderme en el tronco de siempre.

Sin embargo, mi plan se arruinó al verlos llegar en una cuadrilla de quince soldados que me intimidaron de intimidado. Múltiples antorchas se detuvieron cerca de la entrada del bosque y un momento después comenzaron a desplegarse en varios grupos por diferentes direcciones; entre ellos vi pasar a Ferrión, el de la coleta. Abajo solo quedaron el hombre canoso de las flechas y la escalofriante dama a su lado.

—Solo dos... —lamentó la mujer, claramente exasperada—. ¿Por qué no pueden traerme solo dos, Cergal?

—La brecha es demasiado grande, mi señora. Si retrocediéramos un poco a esperar por...

—¡Calla! —ordenó ella con voz severa, colocando el relicario junto a su oreja. Asintió ligeramente un par de veces antes de volver a hablar—. No quise decirte esto con ellos presentes, pero necesito usar a un par de tus soldados. Estoy preparando algo interesante, pero no puedo mover los cántaros.

¡Necesitaban ayuda! Sentí que ese era el momento ideal para presentarme ofreciendo una mano, pero la conversación continuó un poco más:

—¿Usar? Mi señora... no se estará refiriendo a...

—Shhh... Siempre quieres hablar de más Cergal, como si tus palabras tuvieran valor. Olvídalo, te avisaré cuando requiera a tus hombres, ahora necesito otra cosa de ti —se inclinó hacia el arquero y le susurró algo al oído. Él alzó las cejas en un gesto de angustia.

—Pero... mi distinguida Vaedlla —Me sorprendí al escuchar el apellido, pero me entretuvo la expresión ansiosa del arquero—, no podemos rebajarnos a eso. ¿Qué diría su padre de...

— ¡Haz lo que te ordeno, Cergal! —insistió ella crujiendo los dientes. El sujeto miró nervioso hacia la montaña, después hacia atrás por encima de su hombro, y entonces con el rostro pálido me miró directamente a mí.

Mi primera reacción fue apartarme del pequeño agujero y contener el aliento. Levanté el mentón temiendo que alguno se asomara desde arriba, cuando justo por encima de mi nariz pasó volando una flecha, atravesando la corteza de un lado a otro. Mi corazón dio un vuelco, las palabras se me atascaron en la garganta; escuché de nuevo la vibración de la cuerda y una segunda flecha atravesó el tronco clavándose en mi pierna izquierda, justo por encima del tobillo. El impacto me hizo bramar un largo y tétrico aullido de dolor.
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Adrianhk



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MensajePublicado: Sab Jul 24, 2021 11:17 am    Tí­tulo del mensaje: Responder citando

Capítulo 4: Una vida más tranquila


Apoyé la espalda con todas mis fuerzas contra la corteza del tronco hasta que se quebró enviándome rodando hacia atrás, cuando otra flecha me rozó como un relámpago. Me levanté en un pie y escapé cojeando por el bosque intentando despistarlos entre los árboles; no podía ver mucho, pero me conduje con destreza por un largo tramo hasta que ya no se escucharon pasos. Aproveché para ocultarme detrás de un árbol grueso, recuperar el aliento y revisar mi herida. Pero entonces percibí otro agudo silbido, un crujido seco, y la madera vibró en mi espalda. La flecha penetró el tronco por ambos costados y me perforó el hombro izquierdo, haciéndome caer de rodillas dando un penoso alarido. Mis lágrimas caían solas mientras tosía sangre en el suelo por el dolor agudo que me carcomía la carne. Empezaba a marearme cuando unos pasos metálicos resonaron desde más arriba; mis gritos seguro alertaron a los guardias de la montaña, debía soportar el dolor para bajar cuanto antes.

Salí del bosque viendo en todas direcciones con la túnica ensangrentada y el corazón acelerado. Quise descender el risco rápido pero al apoyar el pie sobre una roca, una insoportable punzada me atravesó la pierna y caí de cabeza por la pendiente dando un fuerte bramido. Abrí un ojo consciente aunque adolorido, mi pierna no me respondió y sentí un hormigueo en el hombro al mismo tiempo que las pisadas se incrementaban.

Supe que no podría alcanzar el refugio pero de todas formas me levanté, respiré hondo y, haciendo un último esfuerzo, me arrojé al caudaloso río con una rápido embestida; en cuestión de segundos una feroz turbulencia me alejó de los guardias, pero apenas saqué la cabeza para tomar aire advertí que me aproximaba velozmente a una hilera de piedras picudas. Muchos creerán que miento y no los culpo, pero tuve la impresión de que unos instantes antes de recibir el golpe fatal, el río se apiadó de mí y apaciguó la corriente para suavizar el impacto.

—¡No lo pinches más! Creo que está abriendo un ojo.

Con la visión aún borrosa discerní frente a mí a una mujer robusta como un tronco, pero de rasgos finos y piel muy tersa; tenía el brazo cubierto de pulseras y una trucha inmensa en la mano. Un retortijón en el hombro me hizo soltar un quejido.

—¡Por Almena! —exclamó aterrada—. ¿Qué hacemos, Valdo? ¿Llamamos a un guardia?

—Tendríamos que explicar por qué estábamos aquí —replicó una voz rasgada. Al mirar de reojo vi a un hombre moreno ligeramente canoso, con bigote de brocha, ropa holgada y un ojo morado—. Mejor dejémoslo aquí, Briseida. Además de las flechas tiene la cabeza rota, quién sabe cuánta sangre ha perdido. No creo que le quede mucho.

—Pobre criatura —se lamentó la mujer viéndome revolcarme en el suelo—. Pero Valdo... ¿Y si es una prueba de Almena? —el hombre volteó a verla intrigado—. No podemos dejar morir a un niño y esperar que luego escuche nuestras plegarias.

Él la observó por un momento rascándose un pómulo, después a mí y de nuevo a ella. Entonces entornó los ojos mientras asentía.

—Entonces... hagámoslo en nombre de Almena, ¿te parece? —ella asintió convencida—. De acuerdo. Muchacho, ella es Briseida, yo soy Valdo Krenis. Necesitamos que guardes silencio.

Uno de los mayores desafíos de mi vida fue suprimir mis gritos de dolor mientras viajé en la espalda de Valdo a través de una serie de colinas pedregosas, una ruta que los Krenis eligieron para evitar el camino principal hacia un pueblito. Al llegar pude apreciar múltiples hileras de casas de leño de aspecto decadente: tejados despedazados, cortinas desgarradas, paredes torcidas y exteriores descoloridos. Unos soldados caminaron por la calle del pueblo levantando sus antorchas, pero antes de que nos vieran, Valdo se metió de un salto por el patio de una casa y nos movimos entre las sombras hasta alcanzar un cercado de alambre y tablas añejas.

Atravesamos un jardín marchito y entramos por la puerta trasera a una habitación oscura donde solo pude distinguir una fila de túnicas colgadas frente a una enorme ventana. De repente sonó un potente golpeteo del otro lado de la casa que sobresaltó a los Krenis.

—¿Quién puede ser tan temprano? —se cuestionó Briseida mirando a su marido.

—Solo la guardia tocaría así —La voz sosegada de Valdo contrastaba con su ritmo acelerado al avanzar por el pasillo. Entonces volvieron a batir la puerta—. ¡Rápido, intenta distraerlos mientras escondo al muchacho, no sea que nos culpen a nosotros!

Briseida asintió y se dirigió a la sala, mientras que Valdo me introdujo en una habitación casi vacía a excepción de un par de muebles desgastados, algunas alfombras polvorientas y una torre de cajas de madera; la luz del sol comenzaba a atravesar las hendiduras del tejado. Me sentó en el suelo sin descansar, metió la mano debajo de una vitrina y sacó una palanqueta de hierro bastante deteriorada; enseguida la enterró sobre la pared, justo entre la solera del techo y una viga, y palanqueó hasta desprender un largo tablón.

—¡Cariño, el alcaide Felgard quiere verte! —gritó Briseida desde la sala.

Valdo de inmediato metió sus brazos bajo los míos y me arrastró por el boquete de la pared murmurando algunos improperios. Me recostó sobre el suelo rústico y frío del armario secreto y se limpió la sangre de un trapo viejo.

—¡Cariño, es urgente! —insistió su mujer—. ¡El alcaide quiere hacerte unas preguntas!

Valdo chasqueó la lengua, selló la abertura de nuevo y me dejó en el sitio oscuro con olor a cebada y óxido. Mis heridas ardían y se me helaron los huesos, pero estaba tan agotado de resistir el dolor que mis párpados cayeron solos, a pesar de los gritos que oí a la distancia.

Soñé que era un bebé sentado sobre un montículo de hojas verdes. De fondo una mano gigante y rugosa arrancaba de raíz los árboles infinitos uno por uno. Alrededor de mí serpenteaba una víbora enorme de dos cabezas: la primera se meneaba por la tierra apartando las hojas, la segunda iba cabeceando en el aire con la lengua afuera, como vigilando mis movimientos.

—Demasiado débil, así jamás llegarás hasta mí —clamó desde el cielo una voz dulce pero severa, resonando por encima del estruendo de los árboles—. Fortalécete, insecto.

Al abrir la boca noté que no podía hablar ni levantarme, solo gatear y llorar. La serpiente sonrió con malicia abriendo sus fauces y de un impulso saltó a mi cuello, cuando un poderoso crepitar la hizo detenerse en el acto; el ruido era más insoportable que en mi anterior pesadilla, la serpiente se retorcía frente a mí y sentí que iba a estallar un segundo antes de despertar a la luz de una vela.

—Debió ser una pesadilla —opinó Valdo con la mano en el mentón; ahora tenía un nuevo moretón debajo del ojo. Presionó un dedo cerca de mi talón—. ¿Esto te duele?

—No —respondí con dificultad. Ya no sentía dolor; de hecho, ya no sentía la pierna—. Tengo mucho frío...

—Debe ser la fiebre —opinó Briseida junto a Valdo—. Necesita reposo, no un trapo mojado.

—Dejaré que duerma cuando le saque esas flechas —replicó Valdo muy serio—. Si no siente dolor es que el prafmín hizo efecto. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Torva.

—Torva, vamos a revisarte esas heridas; no te preocupes, tu cuerpo estará dormido por unos días.

Pero nunca había sentido tanto dolor como entonces; Briseida me amordazó con una camisa para contener mis alaridos, y aun así tuvo que cubrir mi boca con sus manos. Tras regirar las flechas, Valdo mojó sus dedos en un cuenco y la untó una pasta amarilla por dentro y fuera de mis heridas; para cuando pasaron a vendarme ya no podía parar de gemir y llorar.

—Solo queda rezarle a Almena —sentenció Valdo al cabo de un rato. Briseida lucía aterrada—. Es la medicina que usa el ejército. No soy ningún experto, pero si no muere esta semana diría que se salvará.

La fiebre empeoró los siguientes cuatro días y tardé el doble en recuperar el movimiento de los músculos; Briseida me alimentó a base de sopas y garbanzos, me regaló una túnica limpia de Valdo y me limpió con un cubo de agua y un trapo. Era una mujer muy religiosa y la mayoría del tiempo solo hablaba de Almena.

—Es la diosa de los tiempos difíciles —me explicó una vez—. Hay rumores de que el ejército de Ingrid ya venció y viene hacia acá. A diario le imploramos a Almena que la guardia nos conceda un carruaje para largarnos de aquí antes de que lleguen. Aún no hemos tenido suerte, pero mientras peor se está, más fuerte se escuchan tus plegarias.

Sin embargo, Briseida tenía el hábito del sacar botellas ocultas tras un manto negro dentro del armario; me pidió que no dijera nada, y mientras más rumores escuchaba sobre la guerra, lo hacía con más frecuencia. Una noche pensó que yo estaba dormido y entró a la habitación mirando de reojo hacia el pasillo, descorchó la botella y se vació la mitad de un solo trago. Entonces regresó por el pasillo tambaleando y repitiendo oraciones a Almena.

Valdo trabajaba en el almacén del ejército, de donde robaba cajas de licor, armas y medicinas que iba acumulando en el armario. Todas las tardes regresaba molido del trabajo, no por lo extenuante del oficio, sino por las palizas que le pegaban los compañeros. Tras mi llegada los guardias comenzaron a revisar las casas casi a diario, así que también estaba recibiendo maltratos en su propia sala. Al parecer a nadie le gustaban los norteños que creían en los dioses renegados, pero los Krenis estaban orgullosos de su fe; incluso me invitaron a acompañarlos al norte para introducirme en sus tradiciones. Al principio me intimidó la idea, pero con el pasar de los días me pareció un cambio fresco y accedí de buen grado.

Sin embargo, Valdo se comportó extraño una noche al llevarme un tazón de lechuga con garbanzos; tenía un vaso de cerámica en la mano del que iba dando sorbos mientras me hablaba sobre los ritos de siembra en el norte. Pero de repente cortó la conversación, cruzó los brazos y adoptó una expresión más seria de lo común.

—Escucha Torva, hoy unos jinetes me detuvieron preguntándome por un niño delgado de cabello pardo. —Sentí un vuelco en el estómago—. Les dije que no sabía nada pero... ¿Aún no recuerdas quién te hizo eso?

Al principio me negué a hablar de lo que había ocurrido; ellos pensaron que no recordaba y les seguí el juego, pero en realidad solo quería evitar preguntas. Sin embargo, tras un par de semanas conviviendo con ellos, ya les tenía suficiente confianza.

—Creo que esa noche escuché algo que no debía —confesé en voz baja mirando a sus piernas delgadas—. Algo sobre el río y unos cántaros, que ni siquiera sé lo que significa. ¡Juro que no sé por qué me siguen buscando!

Miré su rostro nervioso, pero él me observaba con la vista perdida en un trance, se llevó el vaso a los labios y lo mantuvo ahí con el ceño fruncido por un momento. Entonces bajó el trago y me habló con un tono que me pareció inseguro:

—No esperaba menos de esas... ratas. Se pasan las leyes por las botas ya que nadie les dice nada, pero están aquí porque no se atrevieron a ir a la guerra. Sí... la guerra... —Se perdió de nuevo en sus pensamientos dando un sorbo—. Lo siento, Torva, estoy algo cansado. Recemos para que Almena nos saque de aquí.

Tras despedirnos, me fui a dormir con una extraña sensación. Los siguientes días noté que un rápido cambio en los Krenis: intercambiaban susurros, comían apartados en la cocina y no volvieron a visitarme para hablar. Yo aproveché el tiempo para moverme por la habitación; mis heridas mejoraban cada día, aunque aún me incomodaban al moverme. Esos días incrementaron las noticias sobre la guerra; Briseida comenzó a hablar sola por toda la casa y Valdo ni me dirigía la palabra.

Una noche me desperté en la oscuridad de la habitación sin saber muy bien por qué; la casa estaba completamente oscura, pero escuché algunos murmullos de fondo. Me levanté en cuclillas hacia el pasillo con un mal presentimiento en el pecho y me asomé con discreción a la sala iluminada por la tenue luz de una vela: Valdo y Briseida estaban sentados en la mesa tomados de las manos. Frente a ellos estaba un señor alto de pelo espeso y una larga capa blanca, que los observaba con la vanidad de un juez.

—¡No! Se alertará si entramos ahora —murmuró Briseida desde la penumbra—, creo que ya sospecha algo. Pero le aseguro que es él, señor Alcaide.

—Por ahora me fiaré de su palabra —respondió el hombre tras un suspiro—. Puedo confiar en que lo mantengan vigilado hasta que regrese con mis guardias, ¿verdad?

—¡Claro que puede contar con nosotros! —le aseguró Valdo—. Solo le suplico que una vez tengan al niño, no se olvide del carruaje que nos prometió.

El alcaide se giró con una mirada relampagueante.

—Ocultaron a un prófugo por dos semanas, ¿cómo se atreven a pedir recompensa? —los reprendió dirigiéndose a la salida, pero se detuvo tras abrir la puerta—. Bueno, supongo que si realmente es el chico que buscamos, puedo hacerles un hueco en algún cargamento.

Los rostros de la pareja se iluminaron, y por primera vez vi sonreír a Valdo.

—¡Que Almena se lo pague, mi señor! —agradecieron ambos. Briseida se sacó una botella del vestido y sirvió un par de tragos para celebrar.

Me escapé por la ventana del jardín para evitar el chirrido de la puerta, aunque las plantas secas chascaban bajo mis pies. Salté el cercado y me fui cojeando por el camino de lomas áridas por donde me trajeron, pero me detuve tras avistar a un grupo de pescadores dialogando con un par de guardias; parecían estar distraídos discutiendo, pero entre ellos un par de ojos se clavaron en mí. Me quedé inmóvil por unos segundos hasta que reconocí a la chica tímida de rizos castaños que me había entregado el arpón. Ella me observó con los párpados excesivamente abiertos, después a los guardias, luego a mí de nuevo, e hizo un sutil movimiento de cabeza. Entonces se derrumbó en el suelo fingiendo un desmayo y todos se movieron a ayudarla.

Me escabullí por la ladera sin mirar atrás hasta alcanzar el río y luego me ceñí al borde del terreno elevado que poco a poco se fue convirtiendo en un risco. Por el camino encontré montículos de madera chamuscada, y un fuerte olor a carne cocida y pescado asado. Llegué exhausto a la gruta y casi vomito al mover la piedra; mis truchas, como todo en mi vida, se pudrieron durante las últimas semanas. Las arrojé al río con todo y canasta, y me encerré a descansar en mi apestoso refugio; esa fue otra noche triste en el calendario.

La mañana siguiente desperté demasiado hambriento como para hacer algo que no fuera buscar comida, así que me lavé, me enrollé mi manta como un turbante y abandoné la cueva con mi arpón en la mano y una piedra roja dentro de mi túnica, en caso de que no lograra atrapar nada por mi cuenta. En el camino del río vi decenas de pescadores comiendo y celebrando al ritmo de los cantos; tanto en la pesca como en la música usaban instrumentos que jamás había visto.

El área donde el anciano pescaba estaba ocupada por unos chicos mayores que me vieron con recelo, así que bajé la cabeza y me alejé caminando hasta que encontré un área vacía de cara al bosque muerto; aunque sentí un nudo en la garganta, necesitaba aplacar el rugido de mis tripas. Me dediqué a pescar por horas arrojando el arpón y sumergiéndome a buscarlo, pero pasó el mediodía y no pesqué una sola trucha.

—No te reconocería de no ser por ese cuerpo enclenque —comentó una voz ronca detrás de mí, y al girarme vi a Ebraél acercándose con su desdentada sonrisa. Levanté el arpón y lo apunté en su dirección; Ebraél dio un salto hacia atrás.

—¡Ey, baja eso, mocoso! Hoy vine a ofrecerte mi ayuda.

—Lárgate, pescador. No me quedan más piedras —le espeté. Pude ver la desilusión en sus ojos antes de dar un suspiro.

—Por lo menos escucha lo que tengo que decir —me pidió—. A ver... Sucede que mi nieta te vio anoche cojeando cerca del río, dijo que parecías herido. Pasó la noche acusándome de esto y lo otro... En fin, se negaba a irse si no te enseñaba a pescar, y aquí me tienes.

Recordé de inmediato a la chica: claramente me había salvado, aunque no entendía por qué. Sin embargo, ya me habían vendido lo suficiente.

—¿Por qué debería confiar en ti? —apreté la madera del arpón y avancé, él fue retrocediendo al mismo ritmo.

—¡Ey, cuidado donde apuntas eso, mocoso! ¿No quieres mi ayuda? Escucha: la guerra estallará en cualquier momento y los pescadores nos iremos los siguientes días. ¡No quedará quien te enseñe a pescar ni a quien comprarle pescado!

—No importa —sentí una ira recorriendo mis venas—, voy a unirme al ejército. A los guerreros nunca les falta nada.

—¿Un guerre... —Ebraél golpeó una piedra con la espalda, estaba acorralado, pero se alivió al ver que también me detuve—. De acuerdo, te entiendo, te entiendo. Pero hoy tendrás que comer, ¿no? —Secó el sudor de su frente—. Sé que te busca la guardia, pero jamás ayudaría a esos usureros; y ya no te quedan piedras, osea que no tengo razones para hacerte daño.

Examiné al anciano con atención: había ganado peso y vestía ropa más gruesa que cuando lo conocí, pero su rostro arrugado y mañoso seguía siendo el mismo.

—Enséñame entonces —En el peor de los casos podía saltar al rió—. Pero te estoy vigilando, pescador.

—¡Cuánto drama últimamente! —bromeó él retirando el arpón de mis manos—. Mira, te faltó una parte esencial —Entonces sacó una cuerda de su bolso, la ató a un extremo del arpón y caminó al borde del río—. Iré yo primero, observa cómo lo hago.

Me senté a estudiar sus movimientos desde una piedra apartada. El anciano echó un breve vistazo al río, levantó el arpón por encima de su hombro y, en un veloz movimiento de muñeca, el asta se deslizó de su mano y penetró disparada en el agua; de inmediato sacó el arpón jalando la cuerda y en la punta aletearon con desespero un par de truchas ensangrentadas.

—¡Demonios, voy a extrañar este lugar! —vociferó triunfal—. ¿Ves lo fácil que es, mocoso? Tú puedes intentarlo con las dos manos: con la izquierda diriges la punta y empujas con la derecha. Todo es cuestión de sentirlo y actuar, chiquillo. ¡Sentirlo y actuar!

—Sentirlo y actuar... —repetí motivado poniéndome de pie.

Practiqué el movimiento fuera del agua; de vez en cuando sentía un tirón en el hombro, pero no tardé en encontrar una pose cómoda. Ebraél se sentó a observarme y se burlaba cada vez que podía, aunque sin querer halagó uno de mis lanzamientos. A pesar de ello, tras una tarde de intentos fallidos, el sol se ocultó sin haber capturado una sola trucha.

—Ya no los veo —me excusé apenado al halar la cuerda—. Tal vez deba intentarlo mañana, cuando haya más luz...

Ebraél tenía una expresión muy severa, casi eufórica.

—La luz no te ayudará —declaró—. tampoco la práctica. ¿Quieres saber cuál es tu problema? —se levantó frunciendo el ceño y caminó hacia mí—. No quieres herir a los peces.

—¿De qué hablas? Ey... ¡Aparta! —Sentí un aura siniestra en él así que levanté el arpón apuntándole al pecho, él se detuvo a unos dedos de la cuchilla. Sin embargo, lejos de intimidarse, me lanzó una mirada desafiante, colocó las manos sobre el asta y me la arrancó de un tirón; caí sentado en la grava con el cuerpo paralizado.

—¿Lo entiendes ahora, mocoso? Eres un blando, desde lo más profundo de tu ser. Admito que te sobran agallas, sí, pero eres inofensivo. ¿Y así quieres ir a la guerra? —Soltó una carcajada—, no me hagas reír.

Bajé la cara con tristeza. Tenía razón: todos los héroes de mis historias se convirtieron en leyendas usando la violencia. En comparación, yo solo era un chico desnutrido y sin malicia que se paralizaba cada vez que sentía el peligro. La sombra de Ebraél me cubrió por completo.

—No te digo para herirte, muchacho —Ebraél se agachó para ponerse a mi altura—. Unos pocos triunfan, pero la mayoría de ellos terminan muertos o torturados. ¿Qué hay de bueno en ser un guerrero? —Entonces me quitó la manta del cabello—. Eres listo y determinado, puedes ganarte la vida de forma honrada si vienes con nosotros y nunca más tendrás que esconderte de nadie.

Levanté el mentón con el ceño fruncido sin entender realmente.

—¿Me estás invitando a ir contigo?

—No te confundas, no fue mi idea —aseguró desviando la mirada hacia el río—. Cebreo me lo propuso esta mañana y Mel no dejó de presionarme... A mí me da igual si vienes o no. Pero me vendría bien una mano en la siembra y... es una vida mejor que matarse por un trozo de tierra. ¿Qué te parece?

Al escuchar esas palabras me di cuenta de lo aterrado que estaba: por la comida, por las personas, por la guerra, incluso por algo que me obstruía el pecho pero no podía definir. Sentí una necesidad de correr, abandonar todo y escapar a una vida mejor. ¿De verdad era posible para mí?

—Por favor llévame contigo —le pedí entre sollozos, y el anciano me tendió la mano.

El firmamento brillaba glorioso en el silencio de la noche. Su luz iluminó el cerro por el que seguí a Ebraél; el sendero se curvó y descendió un largo tramo hasta un punto en el que se conectó con un camino empedrado y mucho más ancho. El anciano miró decepcionado a ambos lados y se sentó en la tierra.

—Este es un truco de zorro viejo —me comentó orgulloso—. Se paga un impuesto muy alto por usar el camino principal. Si esperamos el carruaje de este lado, solo le pagamos un cuarto de eso al carrero. —Me mostró una reluciente moneda mientras soltaba una risita seca—. Con lo que nos ahorramos, el viaje nos sale gratis.

—Nunca había visto una moneda —le respondí fingiendo interés; por alguna razón no me interesó por más que la miraba. Entonces miré al paisaje con la misma actitud, hasta que algo llamó mi atención en el horizonte—. ¿Y qué es eso de allí?

El anciano entornó los ojos para concentrar la vista en aquellas siluetas disparejas.

—Hmm... Diría que un bosque de pinos o algo así —respondió, pero al ver con más detenimiento pareció notar, al igual que yo, que aquello se estaba moviendo. Sus ojos se abrieron como dos lunas y se puso de pie de un salto—. ¡Por los picos, ya están aquí! ¡¿Dónde está el carruaje?!

A pesar de la luz nocturna, estaban demasiado lejos para discernirlos, pero debía ser un ejército impresionante para ocupar toda la línea del horizonte. Mi corazón se aceleró y sentí que me ahogaba; estaba aterrado, pero no sabía muy bien por qué.

—Son los mastodontes de Ingrid —comentó preocupado Ebraél, sin notar mi ataque de pánico—. He escuchado que están locos y hacen experimentos con sus prisioneros. ¡No solo con personas, también... ¡Mira, ahí viene el transporte!

A nuestra izquierda apareció un carruaje conducido por un guardia joven pero envejecido por su exagerada expresión de angustia. Puso los caballos al paso junto a nosotros y se apoyó en el borde del pescante.

—¡Después hacemos cuentas! —le gritó a Ebraél—. ¡Suban antes de que lleguen esas bestias!

Ebraél de inmediato metió su bolso bajo la gualdrapa y se subió al carro. Entonces estiró un brazo para ayudarme a subir, pero mi cuerpo no se movió; me costaba respirar, nunca había estado tan aterrorizado en mi vida. Ebraél intentó sujetarme pero lo esquivé, rápidamente metí la mano en mi túnica y arrojé mi piedra roja a sus pies; de inmediato pude volver a respirar, y entonces lo entendí todo.

—Lo siento, pescador —dije cojeando para igualar el ritmo de los caballos—, hay algo que debo hacer primero.

Un tirón en el pie me hizo detenerme justo cuando los caballos aceleraron el trote. Ebraél me miró desconcertado, pero un momento después suspiró y agitó la cabeza sonriendo.

—¡Tienes agallas, mocoso! —Tuvo que elevar la voz a medida que crecía la distancia entre nosotros—. ¡Si sobrevives, búscame en los campos de Médalos! ¡Te enseñaré a pescar!

Me fascinó lo rápido que se alejaron; nunca había visto un caballo fuera de un pergamino. Me despedí agitando la mano al mismo tiempo que sentí un escalofrío; sabía que todo sería más difícil sin el anciano cerca, pero esa noche descubrí un temor profundo que no me dejaría partir. Los observé alejarse hasta que se convirtieron en una mancha lejana, entonces me di la vuelta y me encaminé de vuelta al cauce con la vista puesta en la peligrosa montaña y sus difusas nubes grises.

A veces me pregunto si el mundo sería diferente de haberme subido a ese carruaje.
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