Los dioses observan. Siempre lo han hecho. Bajo su mirada, las tribus de la estepa han levantado sus ritos, sus guerras y sus mentiras. Kael ya no forma parte de nada de eso. Es un exiliado, un hombre sin fuego, sin clan y sin nombre que vaga entre los vivos.
Hasta que el primer dios cae.
Las tribus afilan sus lanzas. Los chamanes buscan respuestas en la sangre ajena. Y algo peor que la guerra comienza a moverse bajo el mundo conocido.
A veces un dios no trae la salvación.
Trae hambre. Trae guerra. Trae verdad.
Y la verdad siempre exige un precio.

