Yo soy Darío, el gran rey, rey de reyes, rey de los países de muchas razas, rey sobre esta tierra grande y ancha, hijo de Histaspes, un aqueménida.
Inscripción de Elvend.
Así reza en tres idiomas —elamita, babilonio y persa— la inscripción que Darío I mandó grabar sobre la roca del Elvend, una de las cimas de los montes Zagros, cerca de Ecbatana, la actual Hamadán, a unos 2000 metros de altura. Su hijo Jerjes no quiso ser menos y grabó a su lado palabras similares. Padre e hijo fueron dos de los grandes reyes que rigieron el destino del mayor imperio que conoció la Antigüedad: un territorio de unos 5,5 millones de kilómetros cuadrados que se desplegaba por tres continentes, del mar Egeo al río Indo, del Nilo al Cáucaso, del mar Negro al Golfo Pérsico.
El imperio persa nació por obra y gracia de un hombre carismático, Ciro el Grande, y cayó bajo la lanza de otro que aún lo fue más, Alejandro Magno. Entre uno y otro transcurrieron doscientos años y una docena de reyes; unos gobernaron durante décadas, otros apenas semanas o meses. Unos lo hicieron con acierto, otros no tanto, pero todos ellos compartieron algo: pertenecieron a la misma saga familiar, que, según se decía, se remontaba a un antepasado común: Aquemenes, mítico fundador del pueblo de los persas. En honor al clan al que Aquemenes pertenecía, los pasargadas, Ciro fundó la ciudad de Pasargada, una de las cuatro capitales que tuvo el imperio; y en honor al pueblo persa del que todos formaban parte, Darío fundó otra capital: Persépolis. Las otras dos, Susa y Ecbatana, fueron heredadas del primer reino que cayó bajo el poder de los persas, el de los medos. Tras el esplendor aqueménida, Persépolis permaneció olvidada hasta que a principios del siglo XVI el soldado, diplomático y explorador extremeño García de Silva fue capaz de identificar sus ruinas. García de Silva murió pocos años después en algún lugar en alta mar camino de Lisboa, pero sus crónicas permitieron recuperar y ubicar la capital del olvidado imperio de los persas. Todo esto sucedió en un tiempo en que en el mundo dominaba otro imperio en su momento de máxima expansión, y que era seis veces mayor que el persa: el español.
Hablando de expansión, el imperio persa no pudo extenderse más hacia el oeste porque se topó con los griegos. A modo de irreductibles aldeas galas, las ciudades griegas supusieron un obstáculo insuperable contra el que los persas debieron aprender a jugar una baza diferente a las de las armas: su inagotable oro. No lo hicieron del todo mal y pudieron soñar en algún momento con extender su dominio por el mar Egeo, pero la aparición de Alejandro de Macedonia acabó no solo con esos sueños, sino también con la realidad persa, y su imperio dejó de existir. Desde entonces la percepción histórica de los persas ha sido la que los griegos han transmitido, ya que nuestra civilización occidental bebe directamente de la cultura griega. Los persas se han convertido en el símbolo de la barbarie por antonomasia: la locura de sus gobernantes, la encarnación de la avaricia, la jactancia, el orgullo, la molicie, la arrogancia, el lujo desmedido, la cobardía, el exceso. Por no hablar de sus costumbres ridículas, escandalosas o incluso abominables: usar pantalones, hablar una lengua ininteligible (bar-bar), cometer incesto, practicar la proskynesis…
No hace mucho tiempo reseñábamos el magnífico libro del historiador británico Lloyd Llewellyn-Jones Los persas. La era de los grandes reyes. En él se abogaba por reescribir una historia del imperio persa que no pasara por el tamiz de las fuentes griegas y bebiera directamente de las orientales. En esta línea se sitúa la obra que nos presenta la editorial Síntesis Los persas. Historia de la dinastía aqueménida, a cargo del profesor de Historia Antigua Manel García Sánchez. La alteridad persa, como la denomina su autor, fue representada por sus antagonistas griegos bajo intereses políticos, raciales e incluso psicológicos, en una especie de mecanismo de defensa para ridiculizar al enemigo y poder así enfrentarse a él. Esa representación es el punto de apoyo sobre el que se sostienen los prejuicios que se alinean bajo las etiquetas de eurocentrismo y orientalismo, concepto este del que se habló en la reseña de Esquilo. Poeta de la guerra de Marta González.
García Sánchez, especialista en el imperio persa, ha escrito un libro hasta cierto punto reivindicativo. La obra se alinea bajo los parámetros propios de un manual universitario —está publicada en la colección Temas de Historia Antigua que dirige David Hernández de la Fuente—, pero eso no le impide denunciar esa visión sesgada que tiñe las fuentes griegas y, a partir de ellas, la mayor parte de la bibliografía secundaria existente sobre el imperio persa. El mundo persa fue multicultural y multiétnico, repite varias veces el autor; tolerante con las costumbres de los pueblos sometidos, civilizado y civilizador. El imperio persa, que creó Ciro el Grande pero cuya fundación como máquina gubernamental habría que adjudicar a Darío I, gozó de moneda propia, de una red de calzadas que lo recorría de punta a punta, administró su territorio con la racional fórmula de las provincias o satrapías, contó con un servicio postal admirado incluso por los griegos, respetó e integró los cultos religiosos locales… Todas estas fueron medidas que nacieron desde la racionalidad y la coherencia, no desde el salvajismo que les atribuyeron los griegos. Lo mismo sucede con el perfil de sus gobernantes, tan alejado de los retratos que la historiografía tradicional ofrece.
El libro de García Sánchez recorre la cultura persa en sus aspectos más importantes. Nos ofrece un recorrido por la dinastía que ocupó el trono real en los poco más de doscientos años de existencia del imperio, un esbozo que forzosamente ha de ser breve y apresurado y que no hace sino abrir el apetito para profundizar en cada uno de los reinados. Se describe a grandes trazos la economía persa: pesos y medidas, monedas, tributos. También se aborda la sociedad persa, festividades, calendario… Se habla también, lógicamente, de la religión de los persas, el mazdeísmo con el dios Ahura Mazda a la cabeza, y sus diferencias y semejanzas con el zoroastrismo y el Avesta, los textos sagrados de la religión irania. De la educación de los persas —montar a caballo, tirar con arco, decir siempre la verdad—, del plurinacional ejército persa —con especial detención en el enfrentamiento con los griegos—, y unos breves apuntes sobre la arquitectura persa y otras artes menores. El libro cierra con una amplia selección de documentos que intenta mantener el equilibrio en cuanto a su procedencia, griega o persa.
La persofilia renació en Europa en el siglo XIX, con el desciframiento de la escritura cuneiforme en lengua persa. Pese a contar desde entonces con fuentes originales orientales, el interés por lo persa se situó siempre tras la lente deformada y sectaria del relato griego. No ha ayudado a abandonar ese prisma la situación internacional de las últimas décadas en relación al choque de culturas occidental y oriental. Hora es ya, gracias a obras como esta, de que se descarten prejuicios sin sentido y se comience a mirar hacia la cultura persa con la objetividad que merece.
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Manel García Sánchez, Los persas. Historia de la dinastía aqueménida. Madrid, editorial Síntesis, 2026, 250 págs.
Farsalia
Este me lo apunto. Manel García ya demostró un gran conocimiento del ámbito aqueménida con su tesis doctoral, publicada en la colección Instrumenta de Publicacions de a la Universitat de Barcelona bajo el título El Gran rey de Persia: formas de representación de la alteridad persa en el imaginario griego (2009).
cavilius
Sí, García Sánchez es un experto en el tema. El libro, y de hecho la colección de manuales de Síntesis, son francamente buenos.