Puntuación: 7.5
Lo bueno: el análisis pormenorizado de una historia mínima, pero de gran valor en la actualidad
Lo menos bueno: se pierde un poco en cuestiones que tal vez no sean tan importantes para la historia que está contando

«El informe afirmaba que Ebel y Diestel habían propagado una “peligrosa doctrina” irreconciliable con las enseñanzas oficiales de la Iglesia, y cuyos “efectos corruptores” se habían dejado sentir en la “conducta inmoral” de quienes predicaban y adoptaban la doctrina de los dos clérigos».
Curioso trabajo el que acaba de publicar el catedrático de Historia Christopher Clark, sobre unos hechos que tuvieron lugar en el segundo cuarto del siglo XIX y de los cuales los periódicos de la época se hicieron eco, atrayendo así la atención de toda Europa durante unos cuantos años. Parece que el interés del historiador australiano afincado en Cambridge radica en cómo hace casi 200 años el gusto de la opinión pública por el morbo, las malas lenguas, la difamación y la hipocresía ya tenían suficiente poder como para destruir reputaciones.
Christopher Clark nos es conocido por libros tan excelentes como El reino de hierro. Auge y caída de Prusia. 1600-1947, El kaiser Guillermo II, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 o Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo, 1848-1849, obras todas ellas que orbitan en torno a la historia de la vieja Europa continental en la era moderna. En cuanto a Un escándalo en Königsberg, apunta el autor que conoció los hechos hace más de 30 años y desde entonces rondaban su cabeza, así como los posibles paralelismos con algunos aspectos del mundo actual. El ensayo que le dedica es ciertamente breve, pero suficiente para que cobremos conciencia de la preocupación que movió a Clark a escribirlo.
La ciudad portuaria de Königsberg, en el mar Báltico, fue durante mucho tiempo la capital de la Prusia Oriental. En la actualidad se llama Kaliningrado y es capital de un territorio mucho más modesto: una región llamada también Kaliningrado, suelo ruso desde el final de la Segunda Guerra Mundial y aislado del resto de Rusia por Lituania. A pesar de esa histórica capitalidad prusiana, al parecer Königsberg no fue, al menos en la época a la que Clark se refiere en el libro, una ciudad especialmente destacada. La escasa fama de que goza se debe en su mayor parte a dos cosas: a ser el lugar donde Immanuel Kant, uno de los filósofos más brillantes de la historia, nació y vivió prácticamente toda su vida, de 1724 a 1804; y ser además la sede del conocido problema de los siete puentes, propuesto por el matemático suizo Leonhard Euler en 1735: ¿es posible recorrer la ciudad de Königsberg pasando una sola vez por cada uno de sus siete puentes y acabar el paseo en el punto en que se inició? (La respuesta es que no, por cierto).
Aquella, el inicio del siglo XIX, fue al parecer una época especialmente sensible a las perturbaciones religiosas: dice Clark que en Prusia el evangelismo protestante tendía a buscar expresión más allá de los confines de la Iglesia institucional. Desde principios de siglo existieron movimientos evangelistas por toda Prusia, que movilizaban a sus fieles y desestabilizaban las comunidades religiosas oficiales. Si bien no parecían peligrosos ni siquiera desde un punto de vista ético y moral, sí generaban tensiones y preocupación en las instituciones más tradicionales. En medio de ese caldo de cultivo emergen en Königsberg las figuras de Johann Wilhelm Ebel, predicador de la iglesia de la Ciudad Vieja, y Heinrich Diestel, predicador y capellán de la iglesia de Haberberg.
Ebel fue seguidor de una especie de iluminado de la época llamado Schönherr, hasta que los desvaríos de este místico le hicieron alejarse de él. Sin embargo, Ebel también tenía una manera personal de entender los dogmas y las Sagradas Escrituras, que le propició numerosas simpatías en las altas clases entre las cuales predicaba, especialmente las damas (y antipatías de los caballeros, dicho sea de paso). En cuanto a Diestel, fue siempre un fiel seguidor y defensor de Ebel y su predicación se movió por sectores de menor enjundia social. Esta es la situación inicial a partir de la cual se generó un escándalo que sacudió la ciudad de Königsberg en las décadas de 1830 y 40, se proyectó a toda Prusia y de la que tuvo conocimiento la propia casa real prusiana. El telón de fondo del suceso fue, pues, ese repentino renacer religioso encarnado en esas nuevas tendencias alejadas de la tradicional iglesia prusiana, y la intensificación de la vigilancia oficial justamente para confinar esas tendencias.
No conviene decir mucho más para no desvelar los pormenores del escándalo. Solo cabe mencionar que fueron cuestiones nimias y alejadas del ámbito religioso las que prendieron la mecha en medio de un terreno lleno de pólvora. Sobre Ebel recayó una acusación cuyos términos fueron complejos, pero que en general tendía a decir que sus enseñanzas tenían como consecuencia un distanciamiento de las mujeres respecto de sus maridos. A Ebel, así como a su fiel defensor Diestel, se los consideraba una especie de consejeros espirituales y, por derivación, también matrimoniales. La materia de la acusación fue desvirtuada con rapidez, se elevó el tono de la polémica y los periódicos, entonces como ahora (o como hace unas décadas; ahora ese papel lo ocupan las redes sociales), contribuyeron a avivar la hoguera. La clave de la cuestión, siendo en un inicio de naturaleza religiosa, terminó derivando de lleno al terreno de lo sexual:
Las aberraciones en materia de religión, las inmoralidades, las actividades insultantes para la fe cristiana [perpetradas por los ebelianos] son tales que una pluma casta no puede describirlas.
La introducción del elemento sexual en el proceso judicial de que fueron objeto Ebel y Diestel, fue lo que ocasionó el morbo, la publicidad y el interés por toda Europa. Se decía que alguno de los defensores de Ebel, seguidor de su doctrina, pensaba que tener a Ebel al lado de su cama mientras mantenía relaciones con su esposa le ayudaría al coito. Las enseñanzas de Ebel aislaban de la sociedad a sus seguidores, a quienes se consideraban pertenecientes a una secta.
A lo largo de su detallado análisis Clark parece coquetear a menudo con la idea de la similitud en ciertos patrones de comportamiento de la sociedad en la actualidad y hace 200 años. No hemos cambiado nada, parece decir en alguna ocasión: la fabricación de prejuicios artificiosos, la oscura atracción que nos genera lo prohibido (es decir, en este caso: lo sexual), la aparente necesidad de introducir el morbo para despertar interés… La opinión pública de entonces, a nuestros ojos pacata y recatada, se excitaba fácilmente con las controversias sobre cuestiones religiosas, y no digamos si se añadía a la polémica el ingrediente sexual. En el fondo, ese ingrediente sigue produciendo el mismo efecto hoy en día.
En todo momento imperan el rigor y la meticulosidad en el libro de Clark, en especial en cuanto a la reconstrucción de las maneras de pensar de la época en el terreno religioso: algunas de ellas aparecen extraordinariamente detalladas. La investigación que lleva a cabo el catedrático de Cambridge, breve en cuanto a número de páginas pero profunda e intensa en cuanto a su contenido, es admirable, y el resultado merece la pena. Un escándalo en Königsberg es una lectura interesantísima sobre los efectos de la difamación en tiempos tan alejados de los actuales, y permite descubrir que ciertas comportamientos sociales no son, necesariamente, resultado de la época en que vivimos sino que tal vez nacen de la propia naturaleza del ser humano.
*****
Christopher Clark, Un escándalo en Königsberg. Noticias falsas en el siglo XIX. Traducción de Alejandro Pradera. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2026, 200 págs.