ENTREVISTA A DAN JONES

ENTREVISTA A DAN JONES

Dan Jones, el afamado autor medievalista cuya gran parte de su obra ha ido llegando al castellano de la mano de Ático de los Libros, estuvo en España hace unos días: en Madrid los días 10 y 11 de marzo, y en Barcelona el 12. Me animé a entrevistarlo desde la Ciudad Condal, pues he leído algunas de sus monografías –Poder y tronos. Una nueva historia de la Edad Media y La Guerra de las Dos Rosas– y tenía pendiente su biografía de Enrique V, que compré en inglés cuando salió en el otoño de 2024. Autor también de una trilogía de novelas históricas, que se centran en un pelotón de soldados y arqueros ingleses durante los primeros años de la Guerra de los Cien Años –se reseñó también el primero, Los perros de Essex, en esta casa–, Jones llama la atención por su cercanía, por ser alguien que parece una estrella del rock o del heavy metal, vistiendo chupas de cuero y con tatuajes en los antebrazos y las manos. Alguien apasionado por la historia, en particular los siglos medievales y los Plantagenet. Así pues, qué buena ocasión para pasar un rato charlando con él, aprovechando que se pasa por nuestro país para promocionar Enrique V: El extraordinario ascenso del legendario rey guerrero de Inglaterra, que justamente sale hoy a la venta por estos lares. Un personaje por el que tengo especial debilidad, gracias a la obra homónima de Shakespeare y la adaptación cinematográfica de Kenneth Branagh.

Llego al vestíbulo del hotel donde estaba concertada la entrevista, pero parece que he llegado pronto y no veo a Jones, Júlia, la traductora, y la persona de contacto de Ático. Casi en la entrada una chica me comenta sobre servicios de spa en el hotel, por lo que la atiendo mientras espero (nunca se sabe cuándo vas a necesitar un masaje en los pies o en el rostro…). Aparece Carme, de Ático de los Libros, que me conduce a una planta inferior, donde hay unos sofás. Jones se levanta (es alto) y con una permanente sonrisa en el rostro me saluda, nos intercambiamos las frases típicas en estos encuentros; saludo a Júlia y me excuso con el autor británico por mi torpe inglés verbal, sabiendo que en cualquier traspié (y alguno habrá) ella estará ahí para solucionarlo. Pero Júlia y Carme se dan cuenta pronto que, a pesar de mi deleznable pronunciation, no van a tener que intervenir demasiado.

Le  comento a Jones que tengo una serie de preguntas –las llevo impresas desde hace un par de días– y que acabaremos con nuestro habitual Fiki Test, a lo que responde con un carcajeado «¡ok!», acompañado por risas de Júlia y Carme. Y arranco.

—Hislibris es una página web de reseñas de libros para lectores interesados en la historia. No ficción y ficción.

—Fantástico.

—Imaginemos por un instante, aunque resulte imposible, que la mayoría de personas no te conoce, ni a ti ni tus libros.

—Puedo  imaginarlo, obviamente, sí.

—Para presentarte, pues, ¿quién es Dan Jones?

—Bueno, escribo historias sobre historia, libros de no ficción, novelas, podcasts, programas de televisión, películas. Me gusta trabajar en muchos medios diferentes, contar historias históricas, y me gusta que esas historias sean emocionantes, cautivadoras, que impliquen a la gente corriente, incluyendo a quienes creen que no les gusta la historia.

—Este libro llena el vacío entre tus obras sobre los Plantagenet y la Guerra de las Dos Rosas. Has aprovechado este hueco para abordar la figura de Enrique V, idealizada y mitificada, incluso hoy en día. ¿Por qué, en tu opinión, esta dinastía y el propio vencedor de Azincourt siguen generando tanto interés tanto dentro de como fuera de Inglaterra?

—Creo que, debido a esta gran historia de la Edad Media inglesa, hay algunas historias icónicas, pintorescas y emocionantes que se han vuelto casi canónicas en la historia inglesa y, por supuesto, algunas de las figuras también tocaban la historia europea. Tenemos a Shakespeare, de quien seguro hablaremos un poco más, que nos dio estos grandes corpus literarios sobre el siglo XV. Y hay cosas como Juego de Tronos, que han introducido a todo un nuevo público en la historia medieval. Así que creo que este es un gran periodo para contar historias históricas emocionantes. También es una época que produjo algunos de los fundamentos de la sociedad y cultura modernas, ya sabes, la forma de muchas naciones europeas, en Inglaterra desde luego, con la Carta Magna y el Estado de derecho, que también es tan importante en Estados Unidos, la Constitución estadounidense. Las universidades, las leyendas del rey Arturo… hay tantas cosas con las que vivimos hoy que surgieron de este periodo.

—Una de las cosas que sorprenderá a los lectores de este libro es que no encontramos a Hal, sino a Enrique: un joven príncipe de Gales que durante trece  años se prepara, educa y se forja para ser rey. ¿Hasta qué punto Hal sigue siendo el libertino, bebedor y mujeriego contrapunto de Henry en la imagen que tenemos hoy del personaje?

—El personaje de Hal es una invención shakespeariana. Una invención necesaria en todos los sentidos del drama, ofrece un delicioso equilibrio al personaje a lo largo de las tres obras: las dos partes de  Enrique IV y Enrique V. Luego esta esa meditación sobre lo que significa transformarse, crecer. Así que el drama es precioso, pero, históricamente, esa no fue la forma de su vida. Este niño fue desde pequeño y recibió un duro aprendizaje sobre la realeza. siendo un guerrero, en pleno peligro en las guerras galesa, luchando en Shrewsbury con una flecha en la cara, cuando su padre enfermó, gestionando el consejo real, el Parlamento, la política exterior, la política interior, los impuestos, la Iglesia, ya sabes, todo eso. Es un joven serio y siempre tuvo un aprendizaje serio y largo. Sus hermanos, Thomas y John, tenemos pruebas de que bebían en bares, fueron arrestados, su padre los sacaba de la cárcel.

—Especialmente Thomas.

—Especialmente Thomas, esa cabeza hueca. Shakespeare tomó una referencia que varios cronistas escribieron de que, en la coronación de Enrique, este parecía haber tenido una especie de transformación. Parecía retraerse, tensarse, volverse aún más intenso que antes. Y así Shakespeare toma todos esos ingredientes y nos da esta increíble historia de niño a hombre. Pero no es cierto.

—Sí. En el cuarto acto del Enrique V de Shakespeare escuchamos a su protagonista decir: «No te acuerdes, no, de la falta que cometió mi padre al ceñirse la corona». Obviamente, se refiere a Ricardo II. ¿Es Ricardo un espejo en el que Enrique se ve a sí mismo en muchas cosas?

—Creo que es una relación muy interesante la que Enrique tiene con Ricardo. Cuando es un niño pequeño, está expuesto a Ricardo. Está allí en el Parlamento de la venganza, cuando Ricardo destruye a los nobles al comienzo de su tiranía en 1397-1399. Ricardo lo lleva a Irlanda en esa fatídica última misión. Así que observa a Ricardo de cerca. Ve cómo no ser rey. Ve el negativo fotográfico de la realeza. Pero también observa a su padre, Enrique IV,  como hace referencia la obra, luchando con esa terrible carga de haber depuesto a un rey reinante, por muy terrible que fuera Ricardo. Enrique IV cometió algún tipo de crimen profundo contra el universo y contra Dios y se opuso a él, un rey legítimamente ungido. Así que Enrique ve estos diferentes tipos de realeza, ninguna de las cuales funciona del todo bien. Mientras escribía el libro, sentí que aprendió más de Ricardo de lo que esperaba. Aprendió sobre la representación de la realeza, la importancia del espectáculo visual, cómo era la majestad, aunque su propio enfoque fuera diferente.

—Y en cierto modo, la muerte de Ricardo le afecta. A lo largo de su reinado parece que Enrique se vio afectado primero por el derrocamiento y después, especialmente, la muerte de Ricardo. Incluso exhuma el cadáver de donde estaba enterrado para llevarlo a otra iglesia.

—Eso es muy importante. Tiene una relación personal con Ricardo, este fue muy amable con él: tuvo la oportunidad, si hubiera querido, de matarle, pero no lo hizo, fue amable con él. Y creo que ese aspecto es personal. También están los problemas políticos que el padre de Enrique había experimentado debido a la deposición de Ricardo. Enrique entonces tiene la oportunidad casi de devolverle la bondad, de traer a Ricardo desde King’s Langley, donde nunca quiso ser enterrado, a Westminster, para la tumba que él mismo diseñó. Y eso es como una especie de cicatrización de la herida. Es sorprendente lo rápido que consigue empezar a poner en orden todos esos errores de 1399.

—Volviendo a Shakespeare, en el quinto acto, Enrique le dice a Catalina: «Si quieres a un hombre así, tómame; y cuando me tomes, tomarás a un soldado, tomarás a un rey». Enrique es un soldado. De hecho, a la hora de reconocer a Enrique como rey, soldado, político, quizá sea el soldado el que le defina muy bien.

—Pero también es el elemento que define a un rey. Y si pensamos en el gran sello de Inglaterra, tiene dos caras. Uno es el rey como juez, el otro es el rey como guerrero. Y no puedes comprender plenamente la realeza sin ser un guerrero. Volviendo a Ricardo II, este no quería combatir. Y esa era una carencia en su reinado. Así que depende de cómo interpretes esa frase. Quiero decir, esa frase, «toma a un soldado, toma a un rey», la leemos de tantas maneras y la transmitimos de muchas maneras. Sabes, podría ser «oye, soy un soldado y soy un rey». Esto es una progresión lineal de una cosa a otra. Podría ser una amenaza, ¿sabes? La muerte, ser un soldado, creo que da miedo. Mira cuántas muertes lleva sobre sus espaldas y esa mujer tiene que aceptar eso…

—Sí, es complicado porque era un periodo de guerra constante: una larga guerra en Gales, revueltas en Inglaterra, luego la guerra se traslada a Francia. Enrique siempre está haciendo la guerra.

—Hay elementos de Tamerlán en él.

—La crueldad.

—Y cuando la gente lo compara con Alejandro Magno, ya sabes, la implacabilidad, conquista tras conquista tras conquista, ¿qué les dices? Quiero decir, Tamerlán era un psicópata. Pero Enrique también tiene eso dentro.

—Por ejemplo, el asesinato de los prisioneros en Azincourt, algo que va en contra de las leyes de la guerra. Hoy se sigue debatiendo sobre qué necesidad hubo  de hacerlo en ese momento.

—Pero es parte de un patrón, ya sabes. Hablamos de los prisioneros en Azincourt como si fuera un incidente aislado, pero sucede lo mismo en el asedio de Ruán [de julio de 1418 a enero de 1419], con miles de civiles que mueren de hambre y Enrique no les permite pasar las líneas de sitio. En cierto modo, eso es una necesidad. Azincourt es matar o que te maten. No hay nada más,  Y nadie culpa a Henry por Azincourt. No entonces. Pero en Ruán tuvo mucho tiempo para escuchar a esa gente muriendo de hambre. Pero cuando desde Ruán le dicen que los deje salir, él solo comenta «¿quién los puso allí?».

—Precisamente lo interesante de este libro es que, aunque muchos esperen encontrar Azincourt, Azincourt, Azincourt, vemos a Enrique como rey desde un punto de vista global.

La batalla de Azincourt en una miniatura de la St Albans Chronicle de Thomas Walsingham, siglo XV.

—Sí, Azincourt es un capítulo muy pequeño, pero tiene un enorme  peso sobre Shakespeare; no podemos pensar en Enrique sin Azincourt. Pero, mira, Enrique luchó en dos batallas: Shrewsbury [1403] y Azincourt, nada más. Azincourt marca el inicio de una campaña de siete años, pero es solo un día en siete años. Y en realidad, es la anomalía, nada más será como Azincourt; todo el resto son asedios, cañones, una diplomacia lenta e implacable, y un crimen militar. No es cuestión de juegos abiertos.

A partir de aquí dejo de seguir el guion marcado de las preguntas y planteo cuestiones que estaban en esas cuestiones, pero me adelanto a su orden.

—Al respecto de eso. Azincourt sucede en 1415, dos años después de acceder al trono, y cuando Enrique invade Francia pretende restituir el Tratado de Brétigny [1360, y recuperar las ganancias de entonces]. ¿Pero es en ese punto, tras Azincourt, cuando decide que no, que realmente quiere ser rey de Francia e Inglaterra?

—Creo que para Enrique Azincourt es el momento en el que, según su punto de vista,  Dios emite su juicio. Ya sabes, Harfleur es una buena victoria táctica, y ahora abre la posibilidad de volver y tal vez ir a por todas, quién sabe. Pero en Azincourt se dice a sí  mismo: «oh, Dios realmente quiere que haga esto». Y ves que en el triunfo posterior, él no dice «mirad muchachos, quiero esto [recuperar los territorios perdidos desde 1360] de vuelta». Él no es Ricardo. Enrique más bien dice: «dad gracias a Dios a través de mí». Tiene ahora una visión fatalista: «este es ahora el plan de Dios».

—Sí, parece lo que dijiste antes, bastante psicopático. [Jones ríe.] Esta visión de la imagen de Dios está en mí, y este plan es para mí, pero es la mentalidad de la época.

—Pero es la mentalidad del rey ungido. Por ejemplo, la semana pasada estaba leyendo un libro sobre Rasputín y Nicolás II era así. Fue un fatalista a principios del siglo XX. Creía que pasara lo que pasara, Dios lo decidía. Sabes, la gente moriría, pero Nicolás II no solo no lloraría, ni siquiera fingiría no haberse dado cuenta. Era como decir «esto es Dios, decidió Dios». Hay algo en tu comunicación indirecta con Dios, que una vez ha hecho algo, no se puede deshacer.

—Y Enrique es muy religioso. Lucha contra la herejía, pero también es muy pragmático en muchos sentidos. Podríamos decir que Enrique, en muchos aspectos, es un personaje poliédrico.

—Para nosotros, quizá, pero creo que es bastante difícil. En la sociedad actual, pensamos que hay religión aquí y razón allí, y que vivimos en el lado equivocado de la Ilustración para entender la mente medieval, ¿verdad? La Ilustración desgarra la religión y la razón. Pero entras en una universidad medieval, hablas con Tomás de Aquino o incluso con John Wycliffe, y la religión es razón, así que no son los opuestos que percibimos hoy en día.

—Y tenemos a Enrique, un lector deslumbrante, lleva consigo libros a Francia junto a soldados y suministros. Toca el arpa e incluso le regala una a Catalina para tocar los dos juntos. Es un personaje muy interesante, de hecho.

—Sí, sí, estoy de acuerdo. Y me encantó escribir sobre esto en el libro, ya sabes, la tensión entre el belicista y el tipo que vuelve a casa y lee, ya sabes, las historias del rey Arturo o sobre las Cruzadas, escucha su música religiosa… Pero hay más facetas en él de las que creo que la gente suele imaginar.

—Y en este sentido, es muy medieval. Quiere ir a Jerusalén, en una nueva cruzada. No es del todo moderno, como a menudo se le ve en este siglo XXI.

—No, es un tipo de la Edad Media y busca, está intentando hacer grande a Inglaterra otra vez. Trata de recuperar tierras perdidas hace mucho tiempo. Y eso influyó en su idea de viajar a Jerusalén. No es un tipo que mire hacia el futuro. Es un tipo que busca restaurar el pasado. Pero quiero decir, muchos líderes son así. Incluso hoy, Putin y Trump.

Y entonces me apetece mezclar el Enrique V de Shakespeare del Enrique histórico.

—Volviendo a la obra de Shakespeare… Me encanta Enrique V de Shakespeare. Leemos: «Un reino por escenario, príncipes actuando, y monarcas contemplando la escena prodigiosa». [Estuve a un pelo de recitarle en mi pésimo inglés el inicio de la obra: O for a muse of fire that would ascend the brightest heaven of invention, A kingdom for a stage, princes to act and monarchs to behold the swelling scene! y quedar como el freak que todo el mundo lleva dentro.] Enrique es todo un actor como rey…

—Sí… es interesante, ¿no? Quiero decir, Shakespeare, con todo el lenguaje que rodea esa obra, trata como de hacer una broma con el público. «Ahora vamos a tener una pequeña obra de Azincourt». Y sin embargo hay algo siniestro bajo todo eso… Este es un juego, ya sabes, para todos esos reyes, un juego en un escenario en el que se pavoneaban, pero míralo todo, mira los cuerpos. Sabes, tienes que entender que esto tiene consecuencias. Se puede interpretar de forma mucho más oscura; por ejemplo, el Enrique de Kenneth Brannagh. Todo es «¡vamos, vamos, vamos!». [Hace gestos con las manos.] Pero se puede interpretar como algo malo, muy oscuro, si hace falta.

—La metáfora del teatro dentro del teatro en, precisamente, la película de Branagh. Podemos ver que, en última instancia, la monarquía es una actuación y Enrique interpreta su papel con una visión muy interesante.

—Sí, es un hombre que llega a comprenderlo. Escucha a su público, ¿verdad? Y ese momento antes de Azincourt, va por ahí, disfrazado, escucha lo que dice el público. No el público del teatro, sino sus hombres quejándose de él. Aprende a escuchar, a recibir lo que se dice de él, a asumirlo y luego devolvérselo a su público. Es como gran parte de Shakespeare. El tema de la obra es la propia obra. Sabes, todo es autorreferencial. No tiene que haber una obra dentro de la obra formalmente, como ocurre en Hamlet, para que eso siempre ocurra.

—Por ejemplo, cuando se habla de la herejía en el libro, Enrique actúa según las reglas. En ese momento no es el jefe de la Iglesia inglesa, como con los Tudor, pero piensa, como rey, que debe supervisar la religión católica en Inglaterra a su manera.

—Sí, él lo entiende así. Hay una lucha abstracta de poder entre él y el arzobispo Arundel en el consejo, y luego el pobre John Badby, en su barril, realmente quemado vivo [como se comenta en el libro]. Enrique consigue convertir eso en un teatro de poder y aparta a Arundel diciendo: «Yo tengo el poder, yo decido, no tú. Y decido ofrecer a este hombre la oportunidad de redimirse». No es su trabajo, pero tiene la voluntad de dar un paso al frente y hacer de eso su trabajo. Es teatral. Y eso es de Ricardo.

—En la escena de Shakespeare del cortejo de Catalina, Enrique se muestra bastante torpe ante ella. De hecho, hasta su matrimonio con Catalina, no hay mujeres en la vida de Enrique.

—Entre su madre y Catalina, no.

—¿No le interesa el sexo?

—Solo le interesa combatir. [Ríe].

—Solo combate.

—Creo que sí. Quiero decir, es una persona curiosa, pero sin pasión en ese sentido. Y aunque esté casado con Catalina, solo hay cartas. Sabes, espera y espera y espera para casarse con ella, no porque esté profundamente enamorado de ella, sino porque esté profundamente enamorado de las oportunidades políticas que ella le ofrece. Eso es cierto para la mayoría de los matrimonios entre reyes y princesas en la Edad Media, pero es como si él fuera mucho más lejos al simplemente ocupar el papel de rey que cualquier otro. Esas pasiones humanas son como si se las hubieran extraído a la fuerza, así que él es todo él mismo.

En ese momento me doy cuenta de que ya casi he acabado con lo que tenía preparado, y llevamos unos veinte minutos de entrevista. Y no es que empiece a  improvisar, pero casi.

—Sobre las películas, las adaptaciones del Enrique V de Shakespeare. Tenemos a Laurence Olivier [1944], tenemos a Branagh [1989], quizá no haga falta que hablemos del Enrique de Timothée Chalamet [2019]…

—Oh, por favor, no…

—¿Cuál prefieres?

—Branagh.

—¿Branagh?

—Creo que sí. Me resultó curioso ver a Tom Hiddleston interpretarlo. [En uno de los capítulos de The Hollow Crown (2012), dedicado justamente a Enrique V].

—Sí, estuvo muy bien.

—Estuve en la universidad con Tom. Le veía todos los días así, él y yo éramos del mismo año, en la misma universidad. Éramos adolescentes juntos, y ahora él es como…

—Y eso que su Arenga de San Crispín no es nada épica.

—[Ríe.] Es divertido verle interpretar así. Hay una nueva producción de Enrique V en Stratford, la Royal Shakespeare Company, donde Alfred Enoch interpreta a Enrique. Vi ensayos el otro día, es sensacional. Así que, toda la oscuridad de la que he hablado, verás en esta obra, la cortan de tal manera que él es simplemente… es una tragedia. Es como si se convirtiera, capturaran la sensación de que está atrapado en su conquista, y el matrimonio es aterrador al final, lo cual rara vez ocurre. Quiero decir, no es el espíritu de la obra, pero de todos modos esta es otra época.

—Y tenemos claro que una cosa es la película y la obra de Shakespeare y otra es el Enrique histórico. No es lo mismo.

—No, pero de la misma manera que cada vez que las obras se recuperan se hace en función del momento en que se recuperan. Vi a Kit Harrington interpretar a Enrique en Londres el día que Putin invadió Ucrania y lucía un vestuario moderno, tenían pequeñas pistolas de plástico; lo interpretaban de un modo bastante divertido, aunque fue horrible verlo en aquel día. Pero así como reinventamos las obras a lo largo del tiempo, eso también es historia, ya sabes, la historia se recibe en un tiempo. Y esta historia de Enrique se veía hace veinte años de una manera diferente que hace cuarenta.

—Después de tu trilogía de novelas ambientada en los primeros años de la Guerra de los Cien Años, ¿has considerado escribir una novela sobre Enrique?

—No.

—¿Ya has tenido suficiente?

Ríe.

—Bueno, sí. En primer lugar, no me interesa escribir novelas sobre figuras históricas conocidas. Me interesaban las novelas en capturar la experiencia de la gente corriente, y si hubiera podido escribir a una «banda de hermanos» con diarios reales de soldados como una monografía, simplemente haría eso. Pero no era posible capturar la vida individual de la gente corriente en esa época a través de las monografías, así que usé la novela histórica. Pero este es un tipo de libro diferente a todos mis otros libros de ensayo. La biografía es psicológicamente cercana y es presente. Así que lo considero un libro bastante diferente a todos mis otros ensayos.

—La última pregunta antes del Friki Test. Si no te hubieras centrado en la época medieval, no solo en Inglaterra sino también en Europa, ¿qué otros periodos te habría gustado investigar?

—Acabo de terminar de escribir un gran libro sobre castillos. Va mucho más allá de este periodo medieval. Comienza en la Edad de Bronce y termina en la era nuclear. Me interesaba mucho la Grecia de la Edad de Bronce. Me encanta, voy a Creta cada año y me encantaría escribir un libro sobre Creta de la época minoica a los nazis. Me interesa mucho la Guerra Civil estadounidense, Rusia y Japón en el siglo XVIII.

—Aún eres joven.

—[Ríe.] ¡Gracias!

—Tienes tiempo para investigar, ya sabes, otras culturas.

Cerramos la entrevista propiamente dicha, pero, ya sabéis, esto que no está todo. Lo saben los otros autores que hemos entrevistado y a ello se «enfrentarán» otros autores en el futuro. ¡Llega el Friki Test!

—Tus tres libros favoritos.

Guerra y paz de Tolstói. [Se toma unos segundos para pensar.] Voy a sonar loco por Anna Karénina de Tolstói. [Ríe.] No voy a decir más Tolstói. Y supongo que hay un gran libro de James Ellroy llamado América, escrito en el 1995, que fue muy influyente en mí para escribir ficción. Era tan sórdido y y sucio. ¿Lo has leído?

—Sí.

No le interrumpo para decirle que me encanta esa Trilogía de los Bajos Fondos de Estados Unidos de Ellroy, formada por América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda.

—Esa malvada imaginación del asesino de Kennedy. Me encanta Ellroy. Quizá no debería decir dos historias tan extensas. Veamos, Guerra y paz, América y…

Se lo piensa otro rato.

—Alguno inglés —sugiero.

—¿Por qué no Cuentos de Canterbury de Chaucer? Así tenemos algo medieval.

—Muy bien. Un libro inacabado.

—Un libro que no he terminado…

—¿Has leído a Karl Ove Knausgård? [Niego con la cabeza.] Knausgård, el gran novelista noruego actual. ¿Está traducido Knausgård al español?

—Si, lo está.

—Muy buenos libros, según la crítica.

—La serie Mi lucha, son seis.

—Sí, sobre su vida.

—Es él haciendo tostadas o algo así. escuchando música o estando deprimido. Leí el un libro de la serie, dos, tres, cuatro, cinco, a mitad del sexto creo que ya no puedo aguantar más.

Reímos todos.

—Estuviste a nada de terminar la serie…

—Oh, lo sé, pero había un ensayo de 350 páginas sobre Hitler y me dije que ya tenía más que suficiente. ¡Basta!  Me gusta Knausgård, y su último libro, nuevo este año [The School of Night, salió en inglés en diciembre de 2025, después lo menciona], es uno de los mejores.

—¿Cuántos libros tienes? Más o menos.

—Miles. Tengo tantos que todas mis estanterías están apiladas con dobles filas.

—¡Como yo!

—Tengo tantos que he comprado una casa nueva para mis libros. Una pequeña cabaña que va a estar de pared a pared solo con libros. No tengo más espacio.

—Yo  he tenido que alquilar un trastero. [Ríe.] No me caben más libros en casa.

Asiente y yo me siento comprendido.

—Un libro que te haya gustado pero que te avergüenza admitirlo.

Esta vez su carcajada es estruendosa, acompañada por las de Júlia y Carme.

—¡Guau!

—Todos tenemos uno…

—Vaya, esta es una pregunta muy, muy buena. Creo que hay por ahí algo vergonzoso que he disfrutado. Me gustan bastante las autobiografías de futbolistas realmente cutres. Me encantan. ¿Recuerdas a un futbolista llamado Roy Keane?

—Sí. [Lo recuerdo, pero que no me pregunte en qué equipo de la Premier League jugaba…]

—La segunda autobiografía de Roy Keane. Cuando era el entrenador del Sunderland. «Ganamos dos, perdimos uno». Menudo libro, yo pensé «¡anda ya!». [Ríe.] Fantástico…

—Eres muy futbolero… [Ríe.]

—¿El último libro que has leído? O libros.

—Bien, siempre leo varios. Así que está el nuevo de Knausgård, The School of Night, que me encanta. Estoy escuchando en audiolibro titulado The Pretender de Jo Harkin, que trata sobre Lambert Simnel, pretendiente al trono de los Tudor. Acabo de leer la biografía de Rasputín escrita por Antony Beevor. [Llegará esta primavera la traducción castellana a cargo de Editorial Crítica]. Esos son los tres que tengo en marcha ahora mismo. Ah, también estoy leyendo un libro llamado Selp-Help from the Middle Ages, que reseñaré para un periódico y es bastante divertido.

—El último libro que has comprado.

Se lo piensa unos segundos.

—Habrá sido como ayer que compré, sé lo que compré, eran los Diarios de guerra del príncipe Reprecht de Baviera porque quería encontrar la carta que escribió a Ludendorff en la que le suplicaba que no dinamitara el Castillo de Coucy. mientras los alemanes se retiraban de la batalla del Somme hacia la línea Hindenburg. Ludendorff simplemente lo destruyó todo. Y estaba el Castillo de Coucy, el castillo más grande de Francia. Ludendorff tenía 80.000 libras de dinamita alrededor y Ryupprecht le escribió diciéndole que no lo destruyera. Así que quería esa carta.

—Uno de sus propios libros que le hace sentir orgulloso.

—Vaya…

—Uno o dos.

—Estoy muy orgulloso de… acabo de reeditar Los Plantagenet. Estoy orgulloso de ese libro, ya sabes, fue el primer libro que realmente despegó y que lo empezó todo.

—Cuando lees, ¿qué prefieres: tapa dura, bolsillo o e-book?

—Tapa dura.

—¿Dónde lees?

—En la cama. en el sofá de mi despacho… y siempre escucho audiolibros en el coche.

—¿Cómo organizas tus libros?

—Veamos… cada estantería es más o menos un tema. Así que tengo una estantería por siglo, una para el siglo XIII, una para las Cruzadas, una para historia moderna, y así puedo escoger.

—El libro más valioso de tu biblioteca.

—Oh, tengo un conjunto de crónicas de Jean Froissart del siglo XVIII. Están un poco gastadas. No compro libros valiosos, no los cuido muy bien.

—¿Qué usas como marcapáginas?

—Billetes de tren, bolígrafos, doblo las páginas…

Reímos.

—Sí, lo hacemos todos.

Llevo un rato mirando el reloj, pues Dan debe partir en breve hacia el aeropuerto. Le digo a Carme que quedan unas pocas preguntas.

—¿Escribes notas en tus libros?

—Sí. Leo con un bolígrafo en la mano, garabateos por todas partes.

—Subrayas, tomas notas…

—Uso la anotación de ajedrez, ya sabes, signos de exclamación y signos de interrogación, dos signos de interrogación significan «qué pesado». [Ríe.]

—¿Has recibido mensajes extraños de tus lectores? ¿Alguna anécdota, quizá?

—Sí… Mensajes raros. Incluso me ha aparecido gente en la cocina. Un día llegué a casa y tenía a dos personas en mi cocina, unos completos desconocidos. Me dicen: «Hola, somos James y Mandy, de Facebook». ¡En mi casa! Sí, muy raro. Hubo un tipo que tenía un tatuaje de mi cara en el abdomen. Tío, no te creerías las rarezas que recibo, las fotos. Muy raro, sí.

—Y por último, la tortilla de patatas, un plato típico español. Supongo que lo has comido.

—La tortilla [Lo pronuncia en castellano], sí.

—La gran pregunta que tenemos en este país y que divide a unos y a otros. ¿Con o sin cebolla?

—Con. Con. ¿Sí? ¿No? [Nos mira a los tres.]

Júlia responde que sin cebolla. Reímos todos.

—Es un tema que divide a este país por la mitad.

—No tenía ni idea. Si la estuviera haciendo ahora, caramelizaría la cebolla muy despacio para darle dulzura. Pero todos me estáis juzgando muy duramente… [Reímos todos.]

—Siempre con —respondo.

Hace ver que respira aliviado, en broma.

Doy por finalizada la entrevista entre risas, me dice que ha disfrutado mucho. Nos hacemos un par de fotos y le pregunto si vio el partido del Manchester City contra el Real Madrid –estuvo de promoción en Madrid el día antes, miércoles–, sin insistirle con quién iba. Responde que en casa tiene tres hijos (dos chicas y un chico) y que ven bastante fútbol.

Recojo mis cosas, me despido de los tres y salgo del hotel en esa tarde de jueves 12 de marzo de 2026.

Hislibris Estuvo Allí.

4 Comentarios

  1. Cielos, hasta los ingleses se creen que la tortilla de patatas es con cebolla. Dónde vamos a ir a parar.

    Por lo demás, magnífica y muy shakespeareana entrevista.

  2. Los ingleses son gentes sabias y cultas, Cavilius, como se desprende de la entrevista.
    Muy buena, por cierto; me ha gustado conocer a este autor tan interesante. Gracias mil.

  3. Bravo!!! Entrevistón!!!

  4. Fue algo más de media hora, muy ameno y con un tipo realmente encantador.

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