Filipo de Macedonia, conquistador de Grecia, forjador de la formidable falange macedonia, estadista brillante… pero al mismo tiempo una figura a menudo oscurecida por sus contemporáneos: su gran rival Demóstenes, y sobre todo, por su propio hijo, Alejandro Magno.
Las fuentes habituales de la historia antigua lo retratan como un tirano despiadado —acusado de ambicioso, calculador, oportunista, embaucador e incluso de abusos—, que, según sus detractores, una vez acabó con los viejos ideales democráticos de las polis griegas.
Pero Mario Agudo Villanueva sostiene que sin Filipo no se entiende Alejandro ni la transformación de Macedonia en potencia: un reino antes periférico que, bajo su liderazgo, construyó un ejército reformado, dominó diplomacia astuta, explotó sus recursos y puso los cimientos de una hegemonía que cambiaría el equilibrio de poder en la Antigua Grecia.