Aquí reside, si no me equivoco, el valor específico de la buena literatura considerada en su aspecto de logos ["algo dicho"]; nos permite acceder a experiencias distintas de las nuestras. Al igual que estas no todas esas experiencias valen la pena. Algunas resultan, como suele decirse, más "interesantes" que otras. Desde luego, las causas de ese interés son muy variadas, y son diferentes para cada persona. Algo puede interesarnos porque nos parece típico (decimos: "¡Qué verdadero!"), anormal (decimos: "¡Qué extraño!"), hermoso, terrible, pavoroso, regocijante, patético, cómico o solo excitante. La literatura nos da la entrée a todas esas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser solo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones.
La experiencia literaria cura de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub-individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.
Son los últimos párrafos de
La experiencia de leer, de C. S. Lewis (Alba Editorial, 2008):

Librito interesantísimo, aunque a veces expone argumentos excesivamente enrevesados. Pese a lo que quizá pueda parecer tras leer esos párrafos, Lewis insiste a menudo a lo largo de la obra en que el buen lector no debe caer, digamos, en el esnobismo o el elitismo, en creerse absurdamente "por encima" de las personas que son malos lectores o que simplemente no leen. Sin embargo, y lo digo por experiencia, el error a veces nace en el otro lado: son los otros quienes, por incomprensión o incapacidad, otorgan a alguien la etiqueta de elitista por el mero hecho de que lee (o de que escribe), y le brindan su desprecio ya que se sienten despreciados por él.