SIETE AÑOS EN EL TÍBET – Heinrich Harrer

«Siete años en el Tíbet» de Heinrich Harrer

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SIETE AÑOS EN EL TÍBET – Heinrich Harrer

SIETE AÑOS EN EL TÍBET – Heinrich Harrer

Cuando en 1944, el austriaco Heinrich Harrer, junto a otros compañeros de fuga de un campo de internamiento británico, cruzan las fronteras de la India camino del Tíbet, no se imaginan que,  tras recorrer páramos desérticos, cumbres heladoras y una serie de peligros y penurias, van a permanecer en el país siete años de su vida en los que se establecen en su capital, la sagrada ciudad de Lhasa, y va a convertirse en una de las personas de confianza de décimo cuarto dalái lama. Tras la invasión del país por la China comunista, Harrer escribe y publica, en 1952, todas sus experiencias vividas durante su estancia en el campo británico, su posterior huida y estancia en el Tíbet, convirtiéndose en todo un clásico de la literatura de viajes que, ahora, la editorial Libros de Asteroide, ha recuperado y publicado con una nueva traducción.

Pero empecemos por el principio. Heinrich Harrer es un joven deportista austriaco que en la segunda mitad de los años treinta del siglo pasado, despunta como esquiador y alpinista en su país. Su gran ilusión es viajar al Himalaya y escalar el Narga Marbat, en una expedición patrocinada por el gobierno, y para ganarse un puesto en la misma,  conquista la subida de la cara norte del Eiger Suizo. Esto da una idea del arrojo, la persistencia y la buena forma física del personaje. Una vez conseguido su objetivo en el Himalaya, su grupo es hecho prisionero cuando se declara la guerra entre Gran Bretaña y Alemania. Son los últimos días de agosto del año 1939.

A partir de ese momento, la cabeza de Heinrich no para de elaborar un plan para huir del campo de internamiento y alcanzar la frontera del Tíbet con la idea inicial de cruzar desde allí con destino a China. Él y algunos compañeros lo intentan repetidas veces, hasta que en 1944, junto a otros cuatro prisioneros logra ollar suelo tibetano. Su aventura no acaba más que empezar. Casi un tercio del libro está dedicado íntegramente al trayecto, aventuras y desventuras que sufren desde aquel día de liberación hasta la llegada a Lhasa. Y lo hacen intentando pasar desapercibidos, viajando de noche, disfrazándose de peregrinos y evitando las grandes caravanas y las poblaciones que tienen que cruzar en su camino. En varias ocasiones son detenidos y gracias a su locuacidad y perseverancia, logran escapar de la férrea burocracia de un país hermético para el extranjero pero con una población en la que la educación de la hospitalidad y generosidad esta absolutamente asentada. Solo una vez están a punto de ser expatriados de regreso a la India, tras pasar multitud de penurias. Pero el mismo Heinrich, acompañado de su amigo Peter Aufschnaiter logra esquivar dicho destino, para tomar la vía más complicada y poder llegar a la capital. Me refiero a las estériles, desiertas y plagadas de bandidos tierras del territorio conocido como Chantang, la meseta al norte del país. Desde allí, tras pasar no pocos peligros, llegan a Lhasa en enero de 1946.

Desde el primer día en el que aparecen en la capital, vestidos de harapos y hambrientos, son acogidos, no con pocas reservas, entre los habitantes de la ciudad. Poco a poco, y tras solicitar establecerse en la ciudad, van asimilando su situación de extranjeros protegidos por una serie de personajes de cierta importancia. Mientras se decide su estancia más o menos definitiva, Heinrich describe en su libro las costumbres, tradiciones y la forma de vivir de sus ciudadanos. El equilibrio entre lo civil y lo religioso se balancea sin remisión hacia este segundo, en base a la vinculación de toda su población y la del Tíbet, a la figura del dalái lama, un joven de catorce años divinizado años antes, tras la muerte del decimotercer dalái. Sin embargo, el muchacho todavía, y aún siendo dios personificado, vive bajo la tutela de un regente y un grupo de funcionarios monjes que gobiernan el país. No es hasta la invasión china, cuando se le nombra rey de su país, un monarca que en 1951 viaja al exilio. Pero antes, y no con algunas amenazas de expulsión, nuestros dos protagonistas del libro van integrándose en la población, gracias a sus conocimientos técnicos y occidentales, enfrentados a un país que, si bien estaba perfectamente conectado a nivel de comercio con el exterior, gracias a sus pasos y caminos con la India, todavía tiene muchas características propias de un estado feudal y pseudo medieval.

Por otro lado, la relación de los dos extranjeros con las legaciones británica y china son bastante fluidas, más por interés que por cercanía, y la feliz idea de construir unas pistas de tenis atempera en gran manera las relaciones entre unos y otros. Mientras, el dalái lama va mostrando curiosidad por Heinrich. Además de mostrar mucho interés por su origen, el hecho de ser un aficionado empedernido a  la fotografía, le acerca al entorno del líder tibetano. La experiencia vivida al disfrutar de las grandes ceremonias y procesiones presididas entre cortinajes por el dalái, y su experiencia acudiendo a las celebraciones en los cuatro grandes templos del país cercanos a Lhasa y a sus líderes religiosos, le acerca a la figura del niño dios, hasta que convertirse, en 1949, en uno de sus consejeros, gracias a su mutua y curiosa afición al cine, la jardinería, y a su intercambio de información sobre las culturas occidental y tibetana. En este andar literario, Heinrich describe con gran detalle los lugares y las costumbres de un pueblo especialmente rico en tradiciones y riquezas. Los ritos, las celebraciones religiosas, la vida en los monasterios y su arquitectura, los deportes practicados, su escueta gastronomía, su forma de vestir o, simplemente, su manera de ver la vida, conforman un extraordinario viaje de conocimiento de un país, que pronto sería conquistado y culturalmente destruido por los chinos.

Precisamente, con la llegada de la década de los cincuenta del siglo pasado, los ecos de que la China comunista recientemente vencedora tras una larga y cruel guerra civil, y que planea invadir el Tíbet, se ven reflejados en confusas rebeliones internas, predicciones de oráculos y mensajes diplomáticos amenazantes. Y es aquí cuando acaba la estancia de Heinrich en el país, como así sucede con la presencia del dalái lama en su reino, camino de un exilio duradero. Los últimos capítulos del libro muestran los intentos que posteriormente, provocan levantamientos contra la presencia china, sangrientamente frustrados a lo largo de los años cincuenta. Años después Heinrich y el dalái se vuelven a encontrar en multitud de ocasiones, pero ya nunca en suelo tibetano, donde China destruye y arrampla violentamente contra la cultura y las tradiciones de un país que protagoniza, de la manera más bella y exótica, este libro que recomiendo fervientemente a quien no lo haya leído todavía, y más aún, aprovechando esta reciente edición y fantástica nueva traducción.

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Heinrich Harrer. Siete años en el Tíbet, traducción de Isabel Hernández, Barcelona, Libros del Asteroide, 2025, 448 páginas.

6 Comentarios

  1. Ya es la segunda vez que me lo recomiendan en los últimos días, creo que es el destino que me haga con él…

  2. Tú mismo…

  3. He visto la película unas cuantas veces, y tengo el libro igualmente por casa, de aquella colección de color negro, arcana, de Ediciones B, y es el típico libro que ves continuamente su lomo en la estantería y piensas «a ver si un día me lo leo por fin». Pues gracias a esta reseña me das un empujoncito a leerla en un futuro. Gracias por la recomendación 😊

  4. Un placer. Es de muy grata lectura. Ánimo.

  5. Guardo muy buen recuerdo de este libro, leído hace casi diez años. Una relectura probablemente me dará otras matizaciones…

  6. Y se lee con mucho gusto.

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