Isabel Allende es sonrisa. Bajo el tapiz de modernidad y frescura que exhibe en cada entrevista, derrama como un perfume el aroma del dolor, oculto en la profundidad de sus ojos. Una vida azarosa a ratos, enredada y viajera, pero firme y mansa la mayoría de sus días. Liberada de los ecos maliciosos que menospreciaban la rotundidad de su escritura o relegaban a la autora a la categoría de aprendiz ...[Leer más]