SALAMBÓ – Gustave Flaubert

"Salambó" de Gustave Flaubert

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9.5

P. Hislibris

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P. plebe

SALAMBÓ – Gustave Flaubert

SALAMBÓ – Gustave Flaubert

Salambó es esa novela que uno abre esperando una historia exótica de cartagineses y mercenarios y termina cerrando con la sensación de haber asistido a un desfile continuo de sangre, sensualidad y descripciones tan minuciosas que casi se pueden oler. Flaubert, siempre enemigo de la improvisación y amigo de la frase perfecta — escribe como si cada frase fuera a ser examinada por un comité eterno de filólogos—, decidió ambientar esta obra en la Cartago del siglo III a. C. y demostrar que el realismo también puede ser feroz, barroco y excesivo.

La novela se sitúa tras la Primera Guerra Púnica y gira en torno a la rebelión de los mercenarios contra Cartago. En medio del conflicto aparece Salambó, hija del general Amílcar Barca, sacerdotisa de Tanit y catalizador de pasiones desatadas. A su alrededor se mueven figuras como Matho, el mercenario obsesionado, y Spendius, el estratega sin escrúpulos. El resultado es una trama donde la política, la religión, la crueldad y el deseo avanzan juntos hacia la tragedia, sin intención alguna de pisar el freno. A veces parece que el autor quiere que el lector sufra un poco, quizá para que comprenda que la Antigüedad no era precisamente un picnic ilustrado.

Desde el punto de vista histórico, Salambó es una obra tan fascinante como discutida. Flaubert se documentó de forma obsesiva, pero también se permitió licencias notables para construir una Cartago más literaria que académica. No estamos ante una reconstrucción estricta, sino ante una visión romántica y violenta del mundo antiguo, donde los rituales son extremos, los dioses exigen sangre y la crueldad se exhibe sin complejos. Si el lector busca precisión quirúrgica, quizá frunza el ceño; si acepta el pacto novelístico, disfrutará del espectáculo: templos, ritos, vestimentas, banquetes, sacrificios y ejércitos desfilan ante el lector con una riqueza sensorial abrumadora. El problema es que, en ocasiones, el decorado es tan potente que amenaza con aplastar a los personajes. Aquí la historia no es tanto un marco como un protagonista más, y uno con mucha presencia escénica.

En el apartado literario, la prosa es deslumbrante y, a ratos, agotadora. Flaubert describe todo: joyas, telas, templos, ejércitos, banquetes y agonías con un nivel de detalle que roza lo enfermizo. El resultado es una atmósfera potentísima, aunque no siempre ágil. Los personajes, más simbólicos que psicológicos, funcionan como encarnaciones de fuerzas —el fanatismo, el deseo, la ambición— más que como seres cercanos. Aquí no hay un Pierre Bezújov que nos coja de la mano; Flaubert prefiere deslumbrarnos desde el altar.

¿Problemas? Algunos. El ritmo es irregular, la distancia emocional es evidente y el exceso descriptivo puede provocar que el lector se pregunte si no ha entrado, sin darse cuenta, en un catálogo de antigüedades sangrientas. Además, Salambó como personaje central resulta más fascinante por lo que representa que por lo que dice o hace. Más símbolo que mujer.

Y aun así, Salambó se impone. No es una novela cómoda ni amable, pero sí única. Tiene personalidad, ambición y una voluntad estética radical. Flaubert no quería entretener sin más: quería crear belleza, aunque fuera cruel, y dejar claro que el pasado también puede ser brutalmente hermoso.

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