«Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus sufrimientos. Yo he descendido para librarlos de la mano de los egipcios y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y amplia, una tierra que fluye leche y miel, al lugar de los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos». Éxodo 3:8.
Esa misteriosa tierra a la que Moisés va a guiar a su pueblo por indicación de Yahvé, liberándolo así del yugo de los egipcios, es Canaán. Pareciera que la «tierra prometida» donde mana leche y miel estuviera ahí preparada y esperando la llegada del pueblo hebreo. Pero no: en Canaán ya vivía gente desde hacía milenios, y seguramente no sabían lo que se les venía encima. Sin embargo, por aquellos tiempos la tierra era ancha y había espacio para todos. Otra cosa es que los hombres quisieran conformarse con la porción que les tocara. Pero ese problema, por desgracia ha existido siempre: hace tres milenios y también ahora.
Puestos a decir obviedades, quizá valga la pena mencionar que Canaán fue el nombre de un territorio y los cananeos eran los habitantes que vivían en él. Era un pueblo, un conjunto de personas que compartía costumbres, creencias, cultura, pero no era una nación propiamente dicha, y quizá eso fue lo que determinó su futuro. Estaba situado en lo que en la actualidad es el Líbano, Palestina, Israel y Siria occidental. Las referencias que el común de los mortales tenemos de la tierra cananea provienen de la Biblia, pero como ya se ha dicho, Canaán ya era Canaán antes de la llegada de las tribus israelitas. Ese es, y no por básico y obvio menos importante, uno de los puntos que el lector saca en claro tras la lectura de la obra de Felip Masó La tierra de Canaán, (“tierra” y no “nación” o “país”, como acabamos de explicar).
En este breve e interesantísimo ensayo se recoge la historia de la tierra cananea desde el cuarto milenio antes de Cristo hasta la conquista de los romanos. A lo largo de esos casi 4000 años en la historia de Canaán resuenan nombres de pueblos que suelen generar confusión: cananeos, amorreos, filisteos, fenicios… por no mencionar también los que cita la Biblia: heteos, jebuseos, hebreos, ferezeos… El libro de Masó tiene la gran virtud de iluminar toda esa amalgama de etiquetas y clarificar su origen. En ese amplísimo marco temporal Masó reconoce dos grandes períodos: uno que se extiende desde los primeros habitantes de la región hasta mediados del siglo XII a. C., y otro que dura hasta la llegada de Alejandro Magno. En el primero, propiamente el de los cananeos, florecieron ciudades como Biblos, Sidón, Tiro, Ugarit, Megiddo… La segunda etapa Masó la llama el periodo fenicio, un período más convulso que el anterior en el que hubo otros protagonistas que jugaron su papel en la franja de tierra de Canaán.
El autor destaca que se trata de una tierra que, pese a las dificultades, ha sido capaz de no perder nunca su personalidad, incluso de hacer que esta influyera en el mundo que les rodeó, a través de la fundación de colonias por todo el Mediterráneo, la difusión del alfabeto, de sus mitos, el comercio… Esas dificultades consistían básicamente en el hecho de haber estado rodeada de grandes imperios y conquistada por ellos una y otra vez. Comenzó imponiendo su autoridad el imperio de Mitanni, situado al este, hasta que tras la batalla de Megiddo a mediados del siglo XV a.C. instauraron su hegemonía los egipcios. Hacia el 1370 a.C. le llegó el turno al imperio hitita (los heteos mencionados en la Biblia) hasta la batalla de Qadesh y el posterior tratado de paz con Egipto, en virtud del cual el faraón recuperó el control del territorio. Tras el final de la Edad del Bronce y un período de cierta prosperidad, los asirio-babilonios ocuparon las tierras cananeas, y tras estos el imperio persa de Ciro el Grande, al cual le siguió la llegada de las falanges macedonias de Alejandro Magno y la posterior inclusión de Canaán en el imperio seleúcida, que encontró su final frente a las legiones romanas. Y Canaán se convirtió en una provincia del imperio romano con el nombre de Judea.
En el paso del período cananeo al período fenicio median, afirma Masó, diversos factores, como movimientos migratorios, los ataques de los llamados Pueblos del Mar y la pérdida de poder y de control administrativo de Egipto sobre Canaán. Y también la pérdida de territorio: durante la Edad del Bronce la región cananea se extendía a lo largo de 500 kilómetros de la costa sirio-palestina y 50 kilómetros hacia el interior, pero a partir de mediados del siglo XII a. C. se produjeron diferentes hechos que afectaron esta delimitación. Por un lado, la ocupación de los hebreos: el líder del pueblo israelita Josué destruyó todas las ciudades cananeas que encontró a su paso y se adueñó de buena parte del territorio sur de Canaán, instaurando el bíblico reino de Israel. Por otro lado, tras las invasiones de los Pueblos del Mar los filisteos se asentaron en la costa palestina en lo que se conoce como la pentápolis filistea (Gaza, Ascalón, Asdod, Gat y Ecrón). Además, hicieron su aparición en el escenario otros reinos como Edom, Moab, Amón… Y los arameos (tribus nómadas que habitaban en las regiones desérticas del interior) se asentaron en la zona norte de Canaán. De este modo el territorio cananeo, ahora llamado fenicio, se redujo a 200 kilómetros de costa por 20 kilómetros tierra adentro.
El autor explica el probable origen del término «fenicio» y su irrupción en un determinado momento de la historia cananea; vale decir que las ciudades-estado fenicias fueron las auténticas herederas de los cananeos, y fueron capaces de sobrevivir hasta la llegada de Pompeyo, César y sus legiones, mediado el siglo I a.C. En su parte final, el libro dedica unos capítulos a la cultura y sociedad cananeas: la aparición y difusión del alfabeto a partir del idioma ugarítico hasta llegar al griego, el panteón cananeo regentado por El, su esposa Ashera y sus hijos Baal y Anat, y un capítulo final dedicado a uno de los rasgos más destacados del mundo fenicio: el comercio y la creación de rutas comerciales por todo el Mediterráneo.
Es de destacar la habilidad del autor para sintetizar un tema tan vasto, no solo por su extensión en años sino también en lo cultural, en algo menos de 200 páginas. La lectura mantiene un tono divulgativo pero sin rebajarse a vaguedades o generalizaciones, tocando numerosos temas con coherencia y credibilidad. Es francamente destacable el trabajo de Felip Masó en este breve ensayo, que permite ubicar la región de Canaán en su contexto espacial y temporal. Como estupenda es la colección Historia Brevis en la que se incluye La tierra de Canaán, que cuenta ya con volúmenes dedicados a Egipto, Grecia, Roma, Palestina y Oriente Próximo.
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Felip Masó Ferrer, La tierra de Canaán. Cananeos, fenicios, y la llegada de los romanos a Oriente. Barcelona, Shackleton Books, 2024, 192 páginas.