Arquitecto de oficio, Jean-Claude Golvin es autor de ocho libros, en colaboración con varios arqueólogos, en los que se plantea “evocar” en el lector la imagen de lugares de los que existen algunas ruinas (en el mejor de los casos) o sobre los cuales han surgido ciudades medievales y modernas. En Desperta Ferro Ediciones se han publicado cinco de sus libros, y ya comentamos el dedicado a Egipto. De hecho, abrir cualquiera de sus volúmenes ilustrados supone viajar en el tiempo a través de sus acuarelas. Hoy comentaremos dos, en un viaje que va de lo más general a lo más concreto.
En Ciudades del mundo antiguo (2015) se reúne un centenar de
imágenes de unas setenta ciudades del mundo antiguo, agrupadas en capítulos geográficos a la par que cronológicos, y Golvin (con la colaboración de Gérard Coulon, Aude Gros de Beler y Frédéric Lontcho) se propone «trasladarnos» a esos lugares tantas veces recreados en nuestra imaginación. Con los datos que las excavaciones arqueológicas aportan y que han sido interpretados por especialistas e historiadores, el lector puede iniciar «su» viaje particular a la Antigüedad a lo largo de treinta siglos, desde la construcción de las pirámides de Giza y el surgimiento de las principales ciudades sumerias, a algunas ciudades de la Germania y la Galia en pleno esplendor hasta el siglo V de nuestra era.
Por el camino, y como visita obligada, hacemos parada en la Grecia continental e insular, así como algunas ciudades griegas de la costa egea de Turquía; seguimos con localizaciones del norte de África (quizá un área menos conocida y que tuvo un especial período de esplendor, en cuanto a la construcción edilicia, en época de los Severos, dinastía de origen africano, precisamente); cómo no, Roma e Italia constituyen la siguiente etapa en nuestro tour, con especial incidencia en la bahía de Nápoles, zona del principal puerto romano (hasta la construcción de Portus en Ostia), residencias de lujo (una Riviera «romana» del momento) y escenario de la feroz erupción del Vesubio, que arrasara ciudades como Pompeya y Herculano; visitamos algunos lugares de la península Ibérica (antes y después de Augusto) y terminamos el viaje en la frontera germana y la Galia plenamente romanizada (y con el legado celta muy presente). El elemento visual predomina en un libro lleno de datos, de interesantes y precisas informaciones, que hará las delicias del lector que se deja llevar por esa «evocación» y que, a lo largo de las estupendas imágenes del libro, no deja de sentirse que «ve» el mundo antiguo cómodamente sentado en una muy peculiar alfombra mágica…
Centrémonos ahora en algo más concreto (si es posible considerarlo así). Hubo continuidades y rupturas en el tránsito de la «República» al Principado durante la época de Augusto. Del mismo modo que el nuevo princeps conservó los ropajes republicanos en un sistema ahora monárquico, también el centro de poder se mantuvo de una manera discreta en la casa del gobernante. Augusto vivió la doble esfera, pública y privada, desde su domus en el monte Palatino, donde muchos senadores habían poseído casas desde siglos atrás. Pero los tiempos habían cambiado y la Domus Augustana creció en tamaño, aglutinando algunas casas preexistentes, aunque Augusto mantuvo la esencia de la sobriedad en su «casa»; de hecho, a su muerte, su esposa Livia se retiró a su propia villa, al norte de la ciudad, mientras Tiberio, antes de retirarse a Capri, vivió en su residencia en la colina Palatina.
Pero los palacios, como los entendemos, llegarían con sus sucesores: Calígula reunió las diversas domus palatinas y creó un antecedente del palacio de los Flavios; y su sobrino Nerón, tras el Gran Incendio del año 64, levantó la fabulosa Domus Aurea –de la que apenas se conservan algunos restos– entre el Palatino y el Esquilino. La magnificencia de los nuevos palacios, a lo largo del siglo I d.C., era pareja al engrandecimiento del poder de los césares, que fueron dejando paulatinamente atrás la ficción republicana. Con palacios en la Urbe y villas en el campo, los emperadores romanos (y algunos de los más distinguidos senadores) crearon nuevas estructuras arquitectónicas, cada vez más extensas, lujosas y grandilocuentes, y en las que la vida pública y la vida privada –eco de la dicotomía clásica romana entre el negotium y el otium–, a menudo se fusionaban.
Palacios imperiales de la Roma antigua (2017), elaborado juntamente con Catherine Salles –autora, por cierto, de Los bajos fondos de la Antigüedad (Juan Granica Ediciones, 1983), magnífico y descatalogado volumen–, vuelve a seducir al lector con sus fascinantes dibujos, y de, que aporta al texto un pormenorizado análisis de la evolución de los palacios imperiales. César comprendió que Roma se había quedado pequeña. Pero del propio César, y su residencia en la Regia como pontífice máximo, a Augusto, y su «palacio» en el Palatino, se producen cambios que emperadores como Nerón, Domiciano y Adriano llevaron a nuevas cotas de majestuosidad. Sobre estos tres personajes y alrededor de los palacios y villas que construyeron dentro y fuera de Roma pivota el grueso del libro, no sin recrearse antes las villas de Tiberio en Capri (Villa Iovis) y en la costa meridional del Lacio (el palacio de Sperlonga y sus grutas). Nerón apenas pudo disfrutar de su Domus Aurea y de hecho no estaba terminada cuando se suicidó, pero comprendió que de las cenizas de la Roma destruida por el incendio podía surgir un nuevo centro de poder«palacial». Domiciano, en el Palatino, mantuvo formalmente una distinción entre el carácter político de la Domus Flavia que construyó (con el Aula Regia y el gran comedor central) y el retiro privado de la Domus Tiberiana y Augustea heredadas de sus antecesores, aunque todas las residencias formaban un conjunto.
La Villa de Adriano en Tívoli, con espacios que «recordaban» algunos de los viajes del césar por su imperio, sería la síntesis perfecta del gobierno y del ocio fuera de Roma, concentrando en un vasto espacio las riquezas del imperio. Golvin y Salles nos relatan esa evolución palaciega pero sobre todo «imperial» Los palacios que aparecen en este libro tienen una función política y «vivencial» en los siglos I y II d. C., y que no se volverán a repetir hasta la fundación de una Nueva Roma: Constantinopla. Palacios como los de Diocleciano en Spalato (Croacia), o residencias como la de Majencio en la Vía Apia ya tuvieron otro diseño; la propia distribución, cerrada sobre altos muros, del palacio de Diocleciano eran una evidencia de que el poder imperial, aunque fuera en un lugar de retiro, ya tenía otra función, menos «pública». Constantinopla recuperaría la senda de los palacios y la mantendría a lo largo de mil años más.
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Jean-Claude Golvin, con la colaboración de Gérard Coulon, Aude Gros de Beler y Frédéric Lontcho, Ciudades del mundo antiguo. Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2015 (5ª ed., 2022), 192 páginas.
Jean-Claude Golvin y Catherine Salles, Palacios imperiales de la Roma antigua. Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2016 (2ª ed., 2021), 141 páginas.