Del escritor francés Philippe Claudel he leído su aclamada y reconocida novela Almas grises y su libro de relatos publicado hace dos años titulado Fantasía alemana, convirtiéndose con los años en un autor de referencia en mis lecturas habituales. Pues bien, recientemente acaba de publicar su última novela titulada El crepúsculo, en la que el actual presidente de la Academia Goncourt francesa, traslada al lector a los años previos a la Primera Guerra Mundial en una pequeña localidad indefinida y fronteriza, al este del Imperio Austrohúngaro. La época define una profunda crisis en una geografía imperial llena de diversas nacionalidades y religiones, más allá de la profunda ruptura presente en una sociedad en la que los estratos sociales se encuentran marcadamente divididos y los poderosos, sean del estrato que sean, pisan convulsivamente a quienes se encuentran por debajo de ellos. El juego de las mayorías y las minorías se presenta en un tablero que pronto convulsiona a niveles étnicos y nacionales cambiando la geografía europea para siempre.
Philippe Claudel describe con esmero y una crítica apabullante, la situación recreada alrededor de una investigación maleada y encaminada a alcanzar de la manera más rápida, la resolución del asesinato, buscando, siguiendo órdenes de sus jefes, matar dos pájaros de un tiro, es decir, encontrar un culpable y limpiar la frontera de posibles agentes que pretendan socavar el poder y el control imperial de aquel territorio fronterizo. El frío contumaz y la pobreza endémica, unidas al día a día monótono y profundamente triste en la vida de los protagonistas, hacen de esta novela un camino tortuoso y especialmente sucio y helador, a lo largo de la investigación de un policía, Nurio, especialmente decadente, vago y más interesado por las jóvenes aldeanas como una búsqueda de desahogo de sus deseos más primarios. Sus ansias por medrar y su compleja y falsa moral, convierten al policía en un personaje no especialmente agradable, que es particularmente zarandeado por sus deseos y su delicada posición como agente de una ley teledirigida por los poderes fácticos.
Sin embargo, no todo tiene que ser tan negativo en una novela particularmente oscura. Poco a poco, siempre en un segundo plano, aparece la gigante figura de Baraj, en un trasiego secundario pero firme, tras la figura del policía incontrolable. Por lo demás, a esa negrura de una historia ciertamente dramática, se une un soniquete irónico y de comedia negra en algunos apartados menos lúgubres de la novela, como por ejemplo el que sucede en la escena de la partida caza que se produce alrededor del aristócrata de la zona, uno de los momentos álgidos del libro, en el que el propio Nurio es zarandeado por una situación que lo supera, en el propio engaño de su triste y pervertida vida.
Claudel nos regala en este libro, no solo una investigación policial muy particular, sino también, una visión muy oscura y trágica de la grave crisis en la que se encontraba un crepuscular Imperio Austro Húngaro, ya cerca de su desaparición. Como si fuera aquella aldea un micro universo reducido del imperio, el autor realiza una tremenda y durísima crítica contra el poder establecido, el abuso sobre los inferiores y las minorías, y la manipulación de la ley en favor del poderoso, del caprichoso, del inmoral. Tomando como laboratorio experimental aquel pueblo machacado por el invierno y por el odio, Claudel dibuja un marco dramático, lúgubre y mortal, como origen de nuevos pueblos, nuevos estados y nuevas naciones, donde de nuevo se volverá a matar por religión, por el poder o por crear o restablecer otra nación.
El autor francés consigue atrapar al lector en esta novela trágica, plagada de buen literatura y un profundo y crítico mensaje. Los personajes están cincelados en hielo con exactitud y un análisis profundo, perfilando su caracteres con precisión y mucha mala leche, para instrumentalizar con acierto, no solo una época crítica en la historia de Europa, sino también la quiebra de la moral y la ética en el ser humano, un hecho que se repite en la historia de la humanidad hasta la saciedad, desgraciadamente. Un libro muy recomendable por su fondo y forma, a pesar de la crudeza y la frialdad con la que describen los hechos, eso sí, en ocasiones acompañados con una inteligente y dolorosa comicidad salpicada de negrura y miseria.
******
Philippe Claudel. El crepúsculo, traducción de juan Manuel Salmerón. Barcelona, Ediciones Salamandra, 2025, 368 páginas.