ESCÉPTICOS. LOS FILÓSOFOS DE LA MIRADA ATENTA – Ignacio Pajón Leyra

"Escépticos. Los filósofos de la mirada atenta" de Ignacio Pajón Leyra

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ESCÉPTICOS. LOS FILÓSOFOS DE LA MIRADA ATENTA – Ignacio Pajón Leyra

ESCÉPTICOS. LOS FILÓSOFOS DE LA MIRADA ATENTA – Ignacio Pajón Leyra

Los escépticos griegos no consideraban su postura filosófica una teoría. La teoría está, para ellos, todavía por llegar. Y puede que ni siquiera llegue. En vez de una doctrina, una escuela, un conjunto de tesis o un credo, el escepticismo es más bien una actitud y una capacidad.

Dudar no está de moda. Lo que se lleva hoy en día es ser asertivo, concluyente, categórico y seguro en lo que se dice y se hace. Váyanse al infierno los que se entretienen, los que dan rodeos, los que reflexionan; háganse a un lado quienes sopesan cualquier tema más de dos minutos; quienes se empeñan en ahondar en todas las cuestiones, recorrer todos los caminos y conocer todas las versiones, antes de atreverse a afirmar algo. Hay que mojarse y tener opinión acerca de todo, hay que creer en algo. Dudar está infravalorado y opinar abre el camino para estar en el mundo. Si dudas, si no escoges bando, si no te defines, no eres nadie.

Es lo que hay: el mundo actual no está hecho para ese tipo de personas. Pero ¿acaso lo ha estado alguna vez? No me lo parece. En general, y si bien es cierto que el espíritu crítico (porque es de eso de lo que estamos hablando) ha brillado en personas y en épocas determinadas, al final siempre se ha caído en algún tipo de dogmatismo, en la toma de partido, para bien o para mal. Sin embargo, hubo un tiempo en que existió sobre la faz de la tierra una manera de afrontar la vida instalada en la duda. A esa forma de ver el mundo y de vivir en él, y a las personas que rigieron sus vidas de acuerdo con esa perspectiva, está dedicado el libro Escépticos. Los filósofos de la mirada atenta, del catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Ignacio Pajón Leyra. El autor tiene en su haber un buen número de publicaciones sobre filosofía helenística: dedicó su tesis doctoral (que puede encontrarse fácilmente online) al escepticismo pirrónico, cuenta con varios trabajos acerca de los cínicos, y recientemente ha publicado una traducción del Manual del estoico Epicteto. Hace unos 12 años sacó a la luz un breve libro, Claves para entender el escepticismo antiguo, en el que con gran acierto analizaba, tomando como jalones siete aspectos distintos, el fenómeno del escepticismo. En el libro que nos ocupa ahora Pajón Leyra escoge una estructura más transitada y habitual para ofrecer al lector un análisis detallado y profundo del escepticismo y los escépticos del período helenístico y de algo después.

Ya se ha dicho alguna que otra vez por estos lares que a finales del siglo IV a.C. se vivió una época de crisis en muchos aspectos similar a la actual: una crisis de valores y de instituciones que situaba al individuo ante un escenario deprimente y lo abocaba al abismo. En ese mundo griego postalejandrino varias corrientes de pensamiento emergieron como tablas de salvación individual: el estoicismo y el epicureísmo, que convivieron con la rebeldía contestataria de los cínicos. Las tres, cada una a su manera, trataban de situar al individuo en el cosmos dándole elementos a los que asirse y haciendo que se sintiera más seguro y, en definitiva, feliz. El escepticismo fue otra tabla de salvación, pero probablemente más incómoda. Y esto por la sencilla razón de que, si aquellas ofrecían creer en algo y por tanto tenían y hacían tener certeza acerca de algo (y en esa certeza y esa creencia radicaba la seguridad y la felicidad que sentían sus adeptos), el escepticismo consistía en no creer en nada, en no saber nada. Y, a pesar de a ello, ser feliz.

El escéptico, dice Pajón Leyra en un primer capítulo antológico, no duda porque sí. La duda de hecho no le quita el sueño: su interés en realidad es averiguar la verdad del mundo, la verdad de las cosas. Su interés, como el de las otras corrientes filosóficas, es alcanzar la felicidad, y para ello es preciso alcanzar el saber, es decir: tener sabiduría. Con ese fin observa con agudeza lo que le rodea, y cuidadosamente lo somete a escrutinio. Eso es exactamente lo que significa sképsis: una mirada hacia algo pero tomándolo como digno de atención. El escéptico mira con detalle, con la atención debida. A diferencia de los demás, él no busca atajos y está dispuesto a permanecer en la investigación tanto tiempo como sea necesario, porque no teme quedarse en la duda. Y eso es lo que finalmente sucede: donde el estoico, el epicúreo, el cínico, el platónico, el aristotélico o cualquier individuo ajeno a esas doctrinas filosóficas, se rinde o se engaña y opta por este o aquel final para su investigación, el escéptico se instala en la duda y se niega a emitir un juicio (epokhé) ya que su escrutinio es tan exhaustivo que no encuentra elementos que le permitan llegar a conclusión alguna. Y una vez instalado en la duda y apartada ya la presión de tener que decidir, descubre que ahí, únicamente ahí, halla la felicidad (eudaimonía), una felicidad sobrevenida, sedativa y que cauteriza todo mal. Pero no se puede vivir sin creer absolutamente en nada, dirán los oponentes a los escépticos: se trata de una posición insostenible. Lo cierto es que ser escéptico, responden estos, no implica no creer en nada en absoluto, sino solo no creer en nada que no sea necesario creer. Y ser escéptico no implica tampoco construir una teoría, una doctrina o una institución: de hecho, lo rehúye. No: ser escéptico es nada más, y nada menos, que tener entrenada una cierta capacidad (dýnamis) que conduce a la suspensión del juicio. Y eso no es poca cosa.

En su libro el autor se centra en el escepticismo antiguo: aunque aparecen referencias a otros tiempos y otros autores, como Montaigne, Ortega y Gasset o Bertrand Russell, el objetivo de Escépticos es describir cuál fue el origen de la disciplina escéptica y seguirla en su andadura por la Antigüedad. Antes de emprender ese viaje compara el escepticismo con sus «rivales», estoicismo, cinismo y epicureísmo, y a continuación busca cómo se manifestó a través de diferentes autores. Para ello no duda en remontarse a Homero; ciertamente, los propios griegos acudían siempre a él como fuente de conocimiento para casi cualquier ámbito de la vida, pero Pajón Leyra reconoce que quizá sea hilar demasiado fino tratar de encontrar antecedentes escépticos en los poemas homéricos. Otros nombres y otras ideas sí tienen más sentido en la búsqueda de las fuentes del escepticismo: Heráclito, Parménides, Jenófanes… Sócrates también ha de aparecer en ese recorrido por el pre-escepticismo: se podría decir, sin forzar demasiado, que todas las corrientes filosóficas que surgen con posterioridad a su muerte, deben algo al filósofo de Atenas, y el escepticismo no es precisamente la que menos.

Especial mención requiere, por paradójico que pueda parecer, la sofística. Paradójico porque si de algo se jactaban los sofistas era de saber acerca de todo (algo así es lo que significa sophistés). Pero el sofista Protágoras dejó escrito uno de los alegatos más potentes en favor de la duda escéptica:

Sobre los dioses no puedo tener la certeza de que existen ni de que no existen… Pues muchos son los factores que me lo impiden. La imperceptibilidad del asunto, así como la brevedad de la vida humana.

Y así llegamos al que todos excepto él mismo consideran fundador del escepticismo: Pirrón de Elis. Pirrón no escribió nada (escribir habría sido afirmar, dejar establecida una doctrina, que es precisamente lo que él no pretendía) ni hizo nada para crear ningún movimiento filosófico nuevo, y sin embargo tuvo seguidores que lo tomaron como maestro y que sí plasmaron su pensamiento. De la mano de Pajón Leyra conoceremos también al detalle cómo fue posible la introducción del escepticismo en la dogmática Academia de Platón, con Arcesilao y Carnéades, para pasar luego a analizar a los escépticos que se sucedieron después, Enesidemo y Sexto Empírico principalmente.

Escépticos es un oasis en el desierto, pues apenas existen libros dedicados en exclusiva al pensamiento escéptico antiguo en castellano. Esto ya lo convierte en una lectura recomendable, una lectura que además mantiene altísimo el listón del rigor pero no se hace árida ni complicada, al contrario quizá que otros libros de historia de la filosofía. Se echa de menos, eso sí, una bibliografía, por escueta que hubiera sido. Habría estado bien una pequeña relación de las fuentes del escepticismo (las obras de Sexto Empírico, por ejemplo) y de lo poco que a nivel de monografías hay escrito, y menos en castellano, sobre escepticismo, ya que casi siempre se incluye en manuales de filosofía helenística junto con estoicos y epicúreos. (También habría sido buena cosa, ya rizando el rizo, mencionar alguna que otra novela en la que un joven e inexperto Pirrón de Elis ocupa un papel casi protagonista). En cualquier caso, invitado queda el lector a cultivar su espíritu crítico con la lectura de este libro. Quién sabe: quizá su lectura contribuya a la revitalización de la sképsis, que buena falta nos hace en los tiempos que corren. Porque, como se dice por los foros de internet, y no por ello es menos cierto, «el tonto está lleno de certezas; el sabio en cambio, duda y reflexiona».

*****

Ignacio Pajón Leyra, Escépticos. Los filósofos de la mirada atenta. Madrid, Alianza Editorial, 2026, 328 págs.

2 Comentarios

  1. La Filosofía es un tema que me interesa cada vez más, sobre todo en sus ramas más críticas/escépticas. Apuntado queda porque pinta muy bien.

  2. Hola, cavilius. Convivir con la incertidumbre es tan útil como hacerlo con el conocimiento, porque es este el que desnuda sus limitaciones y no por falta de pudor. Hay que sacarle los colores, más bien, a quienes se atrincheran en corrientes con certezas sin verdadera consistencia. Siempre es de agradecer la lucidez que los escépticos demostraron entonces y continúa siendo aconsejable hoy. Un libro a tener en cuenta, por tanto.

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