«Cuando [alguien] oye cantar sus historias a los eslavos del sur tiene la abrumadora sensación de que, en cierto modo, está escuchando a Homero».
Parry, A. (ed.) (1971), The Making of Homeric Verse: The Collected Papers of Milman Parry (Oxford).
Robin Lane Fox es genio y figura. A sus setenta y pico largos años sigue publicando obras personales, entretenidas y eruditas, sin escatimar toques de humor y de ironía y exponiendo planteamientos que no siempre son del agrado de todo el mundo. Ha escrito libros de historia antigua y de jardinería, tema en el que también es un experto. Saltó a la fama hace 5 décadas con un libro dedicado a Alejandro Magno que tardó más de 30 años en publicarse en nuestro país. Trabajó como extra en la película sobre el rey macedonio que dirigió Oliver Stone. Su libro El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, escrito por compromiso para capear una mala racha económica, se convirtió en un best seller. Ha publicado libros sobre la Biblia, Jenofonte, la arqueología de los mitos griegos… Y ahora le ha llegado el turno a la Ilíada de Homero.
En su juventud Lane Fox corrió desnudo en torno a Troya, emulando en parte a Héctor y Aquiles (que lo hicieron vestidos y en circunstancias muy particulares) y en parte a Alejandro Magno (que lo hizo desnudo, pero no en torno a Troya sino a la tumba de Aquiles). Ese excéntrico acto vino como consecuencia de la profunda admiración que desde pequeño Lane Fox sintió por Homero y la Ilíada. Tanto es así que se hacía raro que el británico no hubiera escrito aún un libro dedicado a la obra que mantuvo siempre presente en su memoria. En Homero y su Ilíada Lane Fox lleva a cabo un análisis exhaustivo del poema fundacional de la literatura occidental, del contenido, el contexto, la época, el autor, etc., y lo hace desde su personal perspectiva, sustentada siempre en sólidos y a veces originales argumentos, que expone sin ambages y en su propio nombre. Más que Homero y su Ilíada, no habría habido ningún problema si el libro se hubiera titulado Lane Fox y su Ilíada.
La obra se divide en dos partes, y empezaremos esta reseña por la segunda de ellas, que despacharemos con una rapidez inversamente proporcional al interés que suscita cada uno de sus capítulos. En ellos el autor se dedica a analizar conceptos que han ido siempre ligados a la épica de Homero. El héroe homérico, su sentido del honor, su búsqueda de gloria… Y también a cuál es el tratamiento que se hace en el poema épico por excelencia, la Ilíada, de asuntos tales como los dioses, las mujeres, el recurso poético de las comparaciones… Todos ellos tratados mil y una veces en otros tantos libros, pero sometidos al buen hacer de Lane Fox cobran nuevos significados, enriquecedores y sorprendentes. Se trata de dos centenares y medio de páginas repletas de erudición, interesantísimas por lo que dicen y por cómo lo dicen.
Con la primera parte nos explayaremos más, por la sencilla razón de que en ella el profesor emérito del New College de Oxford expone su tesis acerca de ciertos aspectos fundamentales sobre Homero y su poema. Consta de tres apartados en los que responde a tres grandes preguntas que siempre surgen cuando uno se topa con la Ilíada: dónde, cómo y cuándo se compuso el poema. Habría que añadir una cuarta cuestión: quién lo compuso; pero la respuesta a este interrogante va implícita en las otras. Lane Fox sostiene lo siguiente:
La propuesta de un Homero afincado en la costa occidental de Asia que compone de forma improvisada y hacia el 750 o 740 a.C. dicta una versión de su poema no tiene nada de novedoso, pero la he defendido mediante una combinación de detalles y observaciones que le imprime un énfasis distintivo y con la que ni siquiera los expertos en la Ilíada están del todo familiarizados. También he razonado por qué me parece preferible a las muchas alternativas que han postulado otros críticos y comentaristas de la obra.
En efecto, para Lane Fox es claro que el poema no fue fruto de varios autores sino de uno solo. Homero existió y compuso la Ilíada, y no solo eso: era analfabeto, circunstancia esta que, además de no suponerle un obstáculo, propició que el poema adquiriera la complejidad que tiene. Realizó la composición de modo oral, sin apoyo de la escritura, del mismo modo que las investigaciones de Milman Parry y otros mostraron que hacían los poetas serbios de finales del siglo XIX y primera mitad del XX: estos cantores, que no sabían leer ni escribir, eran capaces de recitar poemas mucho más largos que la Ilíada (que ya de por sí es largo: según Lane Fox, harían falta 15 días completos para ponerlo por escrito al dictado) sin el apoyo de la escritura.
No defiende el autor británico que Homero fuera el «primer poeta griego»: sus fórmulas métricas ya se usaban desde el siglo XV a.C., y Homero utilizó todo ese vocabulario métrico heredado adaptado al verso hexámetro. Tampoco es de su paternidad el tema general de la obra, el asedio de una ciudad llamada Troya; en cambio, sí tuvo la genialidad de centrar su poema en una emoción, la cólera de Aquiles, y en comprimir la acción en una cincuentena de días. Con ese empeño Homero construyó un poema de modo oral. Otra prueba de esa oralidad es el estilo paratáctico, yuxtapositivo, de su composición. Evita las oraciones complejas, las subordinaciones que enlacen relaciones de causa y efecto; estas se establecen con la mera yuxtaposición de las frases, exponiendo un punto tras otro. Este estilo, dice Fox, «es crucial para lograr el excepcional brío que transmite el poema y su maravillosa combinación de elementos que agilizan o retardan la acción».
Se opone así Lane Fox a la opinión esgrimida por historiadores eminentes como su admirado Gilbert Murray, quien afirmaba que jamás existió un hombre de genio llamado Homero y que tal nombre lo inventaron los poetas; lo que sí existía, según Murray, era un conjunto de poemas o cantares escritos, uno de ellos sobre la cólera de Aquiles, y un poeta de una larga serie de poetas se limitó a recopilar el material heredado y a producir un gran poema hecho a base de incrustaciones. Lane Fox, en cambio, aboga por un Homero que compuso en su mente y con su genio el poema al completo, y que en algún momento y en alguna de sus recitaciones lo dictó a alguien, que lo puso por escrito. Tal vez su propia hija, ¿por qué no?, dice Lane Fox.
Estos y otros argumentos utiliza el autor para defender su planteamiento. La uniformidad y continuidad de la acción, la anticipación y predicción de acciones, las conexiones internas de sus partes… Se trata de una obra unitaria, y es que todo forma parte del plan de Zeus, o más bien del de Homero. Solo hay dos excepciones, indica Lane Fox, dos elementos que pertenecían al repertorio de Homero y que fueron incorporados al poema por poetas posteriores: el canto II, el famoso «Catálogo de las naves», donde se hace repaso y recuento de las fuerzas aqueas caudillo por caudillo; y el canto X, conocido como la «Dolonía», en el que Odiseo y Diomedes interrogan y matan al troyano Dolón.
Lane Fox invierte muchas páginas en la idea de que Homero conocía a la perfección el marco geográfico en el que se ubica la Ilíada; sin duda viajó por toda la costa mediterránea de Anatolia (por ejemplo: solo quien haya estado en la isla de Samotracia puede saber que desde cierta montaña se vislumbra perfectamente la colina de Troya, como se dice en el poema). Este ejercicio, el de situar lugares del poema en escenarios reales, solo tiene sentido hacerlo con la Ilíada; en la Odisea, en cambio, como intentaron los antiguos cuando situaron en distintos puntos de Sicilia y la costa italiana las andanzas de Odiseo, el esfuerzo es una pérdida de tiempo puesto que, dice Fox, «el de Odiseo es un viaje al país de nunca jamás».
¿Y el tema? ¿De dónde salió la idea de una guerra de Troya? ¿Lo inventó Homero? ¿Se inspiró en hechos pasados reales? ¿Se produjo realmente dicho enfrentamiento en algún momento? Lane Fox se alinea entre los que defienden la inexistencia del asedio: ni las pruebas arqueológicas en cada una de las Troyas que se han excavado, desde la Troya I a la Troya IX, ni las tablillas halladas en la capital del imperio hitita de Hattusa, en un puñado de las cuales se menciona a los ahhiyawa (hay pocas dudas de que se trate de los micénicos), ofrecen prueba alguna de que Troya fuera asediada por un ejército de aqueos. A decir verdad, lo que hacen los hallazgos arqueológicos es complicar más la tarea de averiguar si existió una guerra de Troya en la que esté basada la Ilíada. La idea de que Homero se basó en una reminiscencia fiable de un asedio griego es muy poco probable: la distancia temporal entre cualquier posible asedio, atendiendo a los datos arqueológicos, y el nacimiento de Homero, en cualquiera de las fechas que plausiblemente se han propuesto, es de entre 400 a 600 años, durante los cuales los griegos fueron una civilización iletrada. «La narración que Homero hace del asedio es a todas luces ficticia», afirma Lane Fox. Entonces ¿de dónde salió? Lane Fox responde:
La guerra de Troya, a mi juicio, es una invención de los siglos XI a IX a.C., originada entre los griegos orientales, los antepasados del público de Homero.
El examen que hace Homero y su Ilíada del poema es cautivador. Y es que nunca está de más volver a la Ilíada. Leerla, releerla, picotearla, buscar en sus versos citas, frases, fragmentos, inspiración. Es una obra única, lo dice Lane Fox y cualquiera que le eche un ojo lo ha de notar. Vale la pena leerla con el prisma y bajo la perspectiva de Homero y su Ilíada.
(Para los que quieran escuchar de viva voz al autor hablar sobre su libro y sobre otras muchas cosas, he aquí la interesantísima charla/entrevista que ofreció en la Fundación March en septiembre de 2025).
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Robin Lane Fox, Homero y su Ilíada, traducción de David Paradela López. Barcelona, Editorial Crítica, 2024, 520 páginas.

Javi_LR
Magnífica reseña, magnífico libro, magnífico día.
Ah la cuestión homérica… Desde que Piñero me hizo esa pregunta de ¿qué en los textos homéricos es prueba irrefutable de los tiempos micénicos?, en «Transmisión de textos homéricos», no he dejado de darle vueltas a esa magnífica pregunta. Y a la cuestión en cuestión.
Farsalia
Bravo por la reseña de este fantástico libro, Lo leí cuando se publicó en anglo y me pareció fascinante,
Eneko
I want to believe. Lamentablemente, cuanto más leo, leo y leo sobre el asunto más se acerca mi opinión a la del autor de este magnífico libro, que se sintetiza en otro pasaje del mismo capítulo del que se extrae la cita del artículo: «Establecidos ya en la costa asiática, algunos colonos visitaron el asentamiento no griego de la antigua Wilusa y sus restos aún visibles y, de resultas de ello, empezaron a circular relatos según los cuales la ciudad había sido arrasada por sus antepasados, los héroes griegos». Es una explicación tan probable como cualquier otra para explicar el origen de una leyenda, pero muy sensata y verosímil. Al igual que, compara más adelante, sucedió con los restos de la destrucción del palacio de Cnosos, dejando al descubierto la intrincada y laberíntica disposición de más de un millar de estancias y habitaciones, que junto con los frescos e imágenes de toros excitó la imaginación de sus visitantes.
Iñigo
Pinta genial. Enhorabuena al reseñador. Bravo!
cavilius
Gracias, gentes. Bueno, esa es la segunda pregunta del millón, después de la de ¿existió Homero? Lane Fox dice que sí hubo poeta pero no hubo guerra, otros dicen lo contrario, otros no pero sí, y otros sí a las dos cosas. Lo que sí parece claro es que hubo elementos que las fuentes hititas llamaron «ahhiyawa», y que identificamos como los aqueos homéricos, incordiando y malmetiendo la mayoría en los intereses hititas en los reinos anatolios costeros. De ahí a una guerra en Troya / Wilusa /Wilios / Taruisa / Toroja… Who knows.