IRRESPONSABLES: ¿QUIÉN LLEVÓ A HITLER AL PODER? – Johann Chapoutot

"Irresponsables: ¿Quién llevó a Hitler al poder?" de Johann Chapoutot

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IRRESPONSABLES: ¿QUIÉN LLEVÓ A HITLER AL PODER? – Johann Chapoutot

IRRESPONSABLES: ¿QUIÉN LLEVÓ A HITLER AL PODER? – Johann Chapoutot

Es difícil imaginar todo lo que acontecimientos tan cataclísmicos como la llegada de los nazis al poder y su carga de atroces consecuencias, desde la instauración de la dictadura nazi hasta la Segunda Guerra Mundial, deben a cuchicheos, venganzas personales e intrigas de trastienda, fomentadas por personajes serviles y sin interés, que jugaban a la política de altura, henchidos de sí mismos, hipnotizados por los oros y espejos de sus despachos, apostando el destino de los demás y arriesgando la bancarrota muy seguros de no poner nunca en juego nada de ellos mismos, porque se mantenían arropados en su patrimonio, su grado y sus redes. En última instancia, el rencor de Von Papen, los asuntos familiares de Hindenburg y los desacertados consejos de su hijo propiciarán el nombramiento de Hitler para la Cancillería (pág. 98).

Las cubiertas de los libros deben llamar la atención de los posibles lectores para que se acerquen a la mesa de novedades, agarren el libro, lo abran y hojeen, y decidan si se lo llevan. Y si pones a nazis relevantes en ella, lo conseguirás. Pero quizá no siempre aciertes; luego hablaremos de esta cubierta. El tema del libro, cómo no, es importante, y en este caso tenemos uno que ya es un clásico y que en los últimos tiempos vuelve a «estar de moda»: la etapa final de la República de Weimar y el acceso al poder de Adolf Hitler, el 30 de enero de 1933. Un tema, de hecho, que suele ser recurrente, pues periódicamente se vuelve a Weimar, esos quince años de inestabilidad política pareja a su efervescencia cultural y social: el cine expresionista paralelo a la violencia de las fuerzas paramilitares nazis (y de otros partidos), la liberación sexual en el Berlín de los cabarets que acompaña al ruido de sables amortecido entre las filas de una Reichswehr cercenada y limitada por el mandato de Versalles, o la explosión artística de la Bauhaus y de la arquitectura que se compagina con los efectos de la ocupación franco-belga del Ruhr, los efectos de la galopante hiperinflación y el putsch nazi (precedido por otros) en el convulso 1923. Weimar resistió, gracias a la coalición de SPD (socialdemócratas), Zentrum (católicos) y DDP (demócrata-alemanes), que, a nivel nacional y en el enorme Land de Prusia, se erigió en sostenedor del régimen surgido en 1919… acechado por los extremos a izquierda y derecha, la derecha conservadora, los monárquicos y ese partido en auge, el NSDAP liderado por Adolf Hitler, que, tras la intentona golpista muniquesa, aceptó jugar la carta a largo plazo de las urnas.

Suele decirse que los nazis (casi) llegaron al poder por ese medio, por las urnas; pero la realidad es que si lo logró no fue precisamente por lograr ser la primera fuerza política el Reichstag desde finales de julio de 1932, sino por la decisión única y exclusiva que la Constitución weimariana otorgaba al presidente del Reich, Paul von Hindenburg. Y, aunque este negó desde esos comicios clave (el NSDAP o Partido Nacionalsocialista logró un 37 % de los votos y 230 escaños) a designar canciller al «cabo bohemio», no fue porque le desagradara el líder nazi, recientemente nacionalizado alemán mediante un tecnicismo legal, sino porque la camarilla que le rodeaba –presidida por el diplomático y ambicioso político del Zentrum Franz von Papen y con su hijo Oskar como celoso controlador del acceso al anciano mariscal– ya no apostaba por un Gobierno apoyado en una mayoría parlamentaria –la esencia del régimen de Weimar–, sino que lo fiaba todo a los poderes que la Constitución dejaban en manos del Reichspräsident en cuanto a designación del canciller y disolución de la cámara legislativa.

Esa camarilla de «liberales autoritarios», apoyados por el pensamiento jurídico de hombres como Carl Schmitt –que bajo la presidencia del socialdemócrata Ebert consideraba peligrosos esos artículos constitucionales que otorgaban un gran poder al presidente, pero que se erigió en defensor de los mismos cuando el jefe era Hindenburg– y que con Papen de canciller formaron un «gabinete de los barones» y estaban dispuestos a establecer un «nuevo Estado», ahora les importaba una higa un Gobierno estable con apoyo parlamentario. La «dictadura» presidencialista bajo Hindenburg, en los parámetros marcados por un uso, como mínimo, ilegal de los artículos 25, 48 y 53 de la Constitución de Weimar, entre otros, y con la carta de disolución del legislativo, aunque sin la necesidad de convocar elecciones en un plazo de sesenta días, dispuesta a ser utilizada según conveniencia, esas eran las cartas marcadas que pensaban utilizar Papen y sus «barones». Que el líder de un partido de donnadies como era el nazi, por muchos votos y diputados que cosecharan, exigiera la cancillería a principios de agosto de 1932, como primera fuerza del Reichstag, era algo que casi les resbalaba tanto como las gotas de lluvia en las hojas de los árboles. Porque la cosa, y ya desde dos años antes, ya no iba a de mayorías parlamentarias. Y si al final se acabó designando canciller a Hitler no fue por sus amenazas y la violencia en las calles, sino más bien tras haber «comprado» a su partido a la baja y con la intención de rebajar la tensión en el Ejército que parecía agitar un general-canciller (Kurt von Schleicher) en los últimos días de enero de 1933. Cierto es que Hitler dejó caer que se podría tirar de la manta que ocultaba las corruptelas de los Hindenburg en cuanto a ayudas y subvenciones que habían recibido y negocios agrarios sucios en los que se hallaban metido, pero quizá no fue el factor que les convenció. Fue una cadena de decisiones y bastantes irresponsabilidades las que condujeron a una resolución que ni fue inevitable ni transitó por el camino de la teleología, y que solo fue decisión de un grupúsculo de hombres ambiciosos que le bailaban el agua a un achacoso presidente de la República.

Con estas  variables planteadas –y algunas más que el lector se encontrará a lo largo del libro–, en su muy perspicaz libro Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder? (Alianza Editorial, 2026), Johan Chapoutot sigue el rastro iniciado con la defenestración de un canciller, Heinrich Brüning, iniciado junio de 1932, y hasta la designación de otro, Adolf Hitler, a finales de enero de 1933. Pero las cosas empezaron dos años antes, a finales de marzo de 1930, cuando cayó el Gobierno de coalición del canciller socialdemócrata Hermann Müller. La crisis económica que golpeó a Alemania tras el crack bursátil neoyorquino se llevó por delante al Gobierno de Müller, el último que estuvo respaldado por una amplia mayoría parlamentaria. Brüning encabeza un Gobierno no vinculado a ninguna coalición, sino un gabinete técnico dispuesto a una «acción rápida, exigida por los tiempos que vivimos», que debía ser tolerada, incluso aprobada «por esta Cámara Alta», so pena de disolución, ya que «será el último intento de encontrar soluciones con esta asamblea». Esas palabras entrecomilladas fueron pronunciadas por el nuevo canciller ante el Reichstag el 1 de abril de 1930, nada más llegar al ejecutivo, y marcarán en general el devenir de la gobernabilidad (o su ausencia) en los siguientes dos años y nueve meses siguientes. Se acabó el mandato extraído de las urnas y la conformación de una mayoría parlamentaria: mediante decretos de emergencia según el artículo 48, la gobernación de Alemania será decisión del poder que pueda extraer un canciller de ese artículo y rindiendo cuentas no ante el legislativo, sino ante el súmmum del ejecutivo, el presidente de la República. Una República, pues, presidencialista, autoritaria de hecho, será lo que Brüning persiga con su Gobierno de poco más de dos años, y que será la raíz de la irresponsabilidad que llevará a los nazis al poder.

Al quebrar la esencia de la Constitución weimariana y poner el poder en unos artículos que otorgaban un poder, se supone, excepcional –en cierto modo, en la senda de la vieja dictadura de la República romana, que en caso de emergencia ponía todos los poderes en manos de una persona durante un período muy concreto–, Brüning primero y Papen después, bajo amparo de Hindenburg, se apartaban del modo (por inestable que políticamente pudiera ser, aunque sin duda fue una base del constitucionalismo social moderno) en que se había gobernado el Reich alemán en los años 1920. Luego vinieron las demás irresponsabilidades: la política de austeridad y recortes que impuso Brüning para paliar la crisis económica, y que de hecho la jalearon, y las elecciones de septiembre de 1930 que suponen un fracaso para el canciller. Esperando erosionar a los socialdemócratas y que católicos centristas y derecha nacionalista avanzaran, y confiando en que los nazis no progresaran, logró todo lo contrario: pinchazo del SPD, pero que sigue siendo el primer partido de Alemania, debacle de la derecha del DNVP del magnate industrial y de las comunicaciones Alfred Hugenberg, ligeras pérdidas del Zentrum (el partido del canciller) y espectacular zarpazo del NSDAP, que multiplica casi por siete su porcentaje de votos de 1928 y logra 107 escaños. Si Brüning esperaba alcanzar una «coalición nacional» de la derecha liberal y conservadora –que Timothy Ryback establece como el paradigma que Hindenburg, Papen y Hugenberg ansiaban, incluso con la participación de Hitler, y que reitera en su reciente libro El ascenso de Hitler al poder, 1932-1933 (Galaxia Gutenberg, 2025)–, en la que poder apoyarse, no lo logró; como máximo, conseguirá una «política de tolerancia» del SPD (en una decisión discutible) a su Gobierno en el Reichstag, dar alas a los extremos en izquierda (KPD) y derecha (NSDAP), aun prohibiendo las actuaciones públicas de sus facciones paramilitares, y que paulatinamente el presidente Hindenburg, su gran valedor, se canse de él. Ello agudizará lo que otro canciller, Franz von Papen desde junio de 1932, preconizará: un régimen presidencialista a golpe de artículo 48.

Chapoutot (pro)pone una serie de variables, algunas ya anticipadas, que llevaron a la ruina de Weimar y al auge de Hitler al poder. No voy a entrar en todas ellas, pues tampoco es cuestión de desmenuzarlo todo, pero sí señalaré que en estas se aparta del citado libro de Ryback. De hecho, su análisis no pone el foco en lo que consigue y persigue el NSDAP, sino en lo que decidieron, hicieron y buscaron Hindenburg, Papen, Hugenberg, Schmitt y Schleicher, en diverso grado, como protagonistas de la narrativa; y en una mezcla de liberalismo autoritario, patronal y nazismo como receta para salir del callejón sin salida en el que aquellos se habían metido. Y ahí reside lo interesante –quizá no tan novedoso, pues Horst Möller en La República de Weimar: una democracia inacabada y Henry Ashby Turner en A treinta días del poder ya lo plantearon en parte– de su estudio, pues llama por su nombre y apellido a los (ir)responsables que a la postre dejaron que los nazis alcanzaran el poder y que, ley de habilitación mediante, permitieron que la República de Weimar fuera derruida en apenas seis meses desde enero de 1933. Pues Weimar no se suicidó por la inacción u omisión de algunos, sino que fue asesinada por la decisión clara de unos cuantos; y no fue algo inevitable ni teleológico, sino que determinadas personas, con sus ambiciones, pusieron los clavos en el ataúd del régimen y de manera plenamente consciente.

De la política de austeridad de Brüning, que los «liberales autoritarios» aún profundizaron con su plan de un «nuevo Estado» que, para complacencia y con exigencias de la patronal industrial alemana, perseguía acabar con lo que llamaríamos un «Estado del bienestar» (ayudas al desempleo, seguridad social), ya planteados de manera incipiente por Bismarck medio siglo atrás; persiguiendo un régimen presidencialista en el que el poder no emana del pueblo vía el Reichstag sino de una hiperpersonalización del cargo del presidente de la República («uno de los nuestros» –conservador, nacionalista y cuasi-monárquico– se podría añadir); con una opinión pública no solo comprada sino también modelada y prácticamente creada a favor de una agenda (de derecha nacionalista muy pero que muy conservadora), y bajo la forma de ese «gabinete de los barones» que Papen (y en parte Schleicher) presidirán durante la segunda mitad de 1932 y que se esperaba que perdurara en el tiempo; en última instancia, de todo eso a la decisión de formar un Gobierno con presencia nazi que pudiera ser maleable, trata el núcleo del libro. Que las cosas no acabaran siendo del todo así –la variable o, como enuncia el autor tentativa Schleicher, el general-canciller, pudo lanzarlo todo al traste–, fue algo que ni Hindenburg ni Papen pudieron controlar. El canciller fracasó al disolver el Reichstag en su prácticamente primera intervención parlamentaria como tal, pues no supo controlar los tiempos que le marcara Hindenburg al darle la carta blanca para ello, y en dos ocasiones: comicios legislativos a finales de julio y a principios de noviembre de 1932. Si los primeros significaron el triunfo máximo del NSDAP en unas elecciones «libres» (el 37 % de los votos y los 230 escaños antes mencionados), que fueron el techo que alcanzaron, los segundos supusieron su primer gran retroceso (dos millones de votos y 34 escaños menos), pero también certificaron el cul-de-sac parlamentario.

Fracasado dos veces –aunque consiguió defenestrar al SPD en el Gobierno de Prusia, el Land más grande del Reich, algo que no fue baladí en el camino a la destrucción de la democracia weimariana–, Papen debió ceder el poder, a regañadientes, y le sustituyó quien hasta entonces había sido su protector (Hindenburg aparte): el general Kurt von Schleicher, de quien Chapoutot valora su talento para la política (a diferencia de Ryback) y que se apartó de los planes de los «liberales autoritarios» –«Hay que dejar de hablar de reformas constitucionales. Hay cosas mejores que hacer en lugar de soliviantar a la opinión pública con eso […] No tiene sentido. Hablaremos de todo ello cuando la gente tenga suficiente para comer»–, y optó por un «frente diagonal» (Querfront), que fuera «capaz de transversalizar las organizaciones políticas y sindicales para extraerles su jugo social y, siguiendo una lógica en el fondo bastante corporativista», dice Chapoutot, «superar los aparatos para construir una alianza de grupos sociales». ¿Cómo? Fracturando la distribución de los bloques políticos para crear una mayoría nacional-social: diálogo con la derecha de la izquierda (los diputados del SPD y los sindicalistas más conservadores y anticomunistas) y con la izquierda de los nazis, es decir, la fracción alrededor de Gregor Strasser en el seno de un NSDAP en shock tras los malos resultados de las elecciones legislativas de noviembre de 1932. Tanto Ashby Turner como Ryback inciden en lo a punto que estuvo el partido nazi de fracturarse en diciembre de 1932. Y también lo hace Chapoutot, sobre todo de cara a una remodelación del Gobierno que se planteó Schleicher a mediados de enero de 1933 y que casi pudo salirle bien. Pero los «liberales autoritarios» de Papen no iban a dejar que quien les saliera demasiado ambicioso (Schleicher) acabara triunfando y pergeñaron en los últimos días de enero, con apoyo expreso de la patronal y quitándole al canciller el poder sobre la Reichswehr –Schleicher mantuvo la cartera de Defensa junto a la cancillería en su breve mandato de apenas 50 días– al designar Hindenburg al general Werner von Blomberg como nuevo ministro del ramo, un Gobierno con la derecha nacionalista (Hugenberg), presidido por Hitler (y dos ministros nazis) y en la senda de lo que Papen creyó que le había funcionado de junio a noviembre de 1932. Se equivocó, otra vez, y pronto lo vería.

Chapoutot afirma que Schleicher, «estratega político sin igual», pudo «ahorrarle a Alemania un canciller Hitler y un Gobierno dominado por los nazis. Si Schleicher no se hubiera topado con la oposición del SPD y, en el rebufo, de la confederación sindical ASDGB, y si los agraristas no hubieran tenido tanta influencia en la presidencia, es probable que el partido nazi, en vías de explosión tanto en la cúpula (Strasser, los poderosos Gauleiter y Frick) como en la base, habría dejado de existir en cuestión de semanas, una hipótesis contrafactual muy seriamente estudiada por los mejores historiadores del período» (págs. 314-315). No le voy a enmendar la plana al autor, desde luego, pero quizá no sea yo tan taxativo al respecto. Lo que es cierto es que para cuando Schleicher sepa leer por dónde va el partido entonces y, obligado a dimitir ante el cúmulo de circunstancias que tiene en contra el 28 de enero, él mismo recomiende a Hindenburg el nombramiento de Hitler, el presidente (y su hijo Oskar) ya le hayan tachado de la lista y hayan considerado su rápido reemplazo en el ministerio de Defensa; ante la eventualidad, planteaba Ryback en su libro, de un golpe militar por parte del general-excanciller. Tampoco debemos olvidar que, al margen de lo que comunicara por radio a la ciudadanía al ser designado canciller, Schleicher tampoco era un angelito de la caridad. Quizá si se hubiera mantenido en el poder más allá del 28 de enero de 1933 se hubiera evitado todo lo que perpetraron los nazis, pero su idea de la democracia no pasaba sino por una eventual dictadura militar.

A la postre prevalecen, ante Schleicher, los «liberales autoritarios» alrededor de Papen, que creen haber comprado a un partido a la baja (el NSDAP) poniendo a su líder como canciller en un Gobierno de amplio espectro conservador que minimiza la presencia nazi. Se equivocaron, desde luego, pero no pudieron saberlo ese mismo 30 de enero de 1933; se darían cuenta en los seis meses posteriores, ya con Papen y Hugenberg defenestrados, la democracia parlamentaria derruida y el incendiado y después reconstruido Reichstag convertido en una mera cámara que escucha los escasos discursos que el Führer del Reich quiera pronunciar en ella. De hecho, en el camino hacia la creación de ese Gobierno, los nazis habían aceptado que, en caso de muerte del presidente del Reich, el presidente del Tribunal Supremo asumiera interinamente el cargo para no dotar de excesivo poder al canciller; a la muerte de Hindenburg, el 2 de agosto de 1934, no se molestaron en respetar ese acuerdo y el canciller Hitler anexó el cargo de presidente a sus títulos, ahora el Führer de Alemania. Desde febrero de 1938, además, Hitler dejó de convocar al gabinete: desde entonces, cada uno de los ministros, auténticos señores en sus feudos particulares, se preocuparán de «trabajar en la dirección del Führer» y disputando por el acceso a este; como Papen y los suyos hicieron seis años antes en relación con Hindenburg. En el intervalo, Weimar había dejado de existir.

Conclusión: un magnífico estudio que analiza esos ocho meses desde que un canciller, que en su momento fue muy bien considerado por el presidente del Reich, fue defenestrado y hasta que se designó a otro que no era del gusto del anciano mariscal, y que acabaría por destruir el sistema. El libro se nutre, sobre todo, de una eminente bibliografía alemana, lo cual es un plus, acostumbrados a una historiografía anglosajona (algo repetitiva), y se desarrolla con una enorme amenidad, incluso en aquellos puntos jurídicos que pueden resultar más áridos. Entre las recientes publicaciones sobre el final de Weimar –a falta de leer el volumen de Volker Ullrich, El fracaso de la república de Weimar: Las horas fatídicas de una democracia (Taurus, 2025)–, demuestra ser una obra que, tirándome a la piscina, ya podemos considerar de referencia.

PS: Decía al principio de la reseña que hablaríamos sobre la cubierta del libro; en el original francés no hay imagen de cubierta, según el estilo de la colección al que pertenece, y resulta más interesante la que han puesto en la cubierta de la traducción catalana: una viñeta de la época. En mi opinión, la imagen es poderosa, pero inadecuada: en lugar de Goering que sostiene a Hitler y este a Goebbels, balanceándose en una cuerda floja a punto de romperse, la cubierta, en consonancia con el contenido del libro, tendría más sentido poner a Hindenburg sostenido o sosteniendo a Papen y añadir a Schleicher. Pues ellos sí se balancearon en la cuerda floja que a los nazis en el fondo les importaba un ardite que se rompiera o no, o incluso a esos tres: a ninguno de ellos le preocupó la viabilidad del régimen de Weimar; de un modo u otro, todos ellos fueron enemigos de un «sistema», como también los fueron los comunistas, que a la postre solo la coalición de SPD, Zentrum y DDP hizo lo posible por mantener. En última instancia, el problema de la República de Weimar es que tuvo muchos más enemigos dispuestos a destruirla, según sus particulares intereses, que amigos determinados a defenderla.

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Johann Chapoutot, Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder?, traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños. Madrid, Alianza Editorial, 2026, 352 páginas.

4 Comentarios

  1. Vale, que va sobre el siglo XX y no el XXI. Aunque visto lo visto habrá que hacer segunda parte en unos años…

  2. Hay enormes diferencias entre lo sucedido hace noventa y pico años y ahora. Para empezar, nosotros mismos somos más conscientes de los riegos de según qué tipos que llegan al poder que entonces. También el clima político es bastante diferente, aunque veamos por TV cosas que nos hacen recordar aquellos tiempos: hoy en día no son lo habitual (por ahora), mientras que entonces sí eran constantes la violencia cotidiana en las calles, por ejemplo. Creo que a menudo se abusa del sobreanálisis del final de Weimar a la hora de hacer comparaciones con el tiempo actual. Y eso que Weimar siempre vuelve, a menudo también como un régimen (y un periodo) muy idealizados. Ya veremos en unos años, pues ahora todo es muy «presente» y no tenemos la perspectiva actual de Weimar y su final. Weimar tuvo una Constitución muy avanzada entonces, pero el uso de determinados artículos y la irresponsabilidad de algunos dirigentes la llevaron a la tumba. Vemos ahora a otro «liberal autoritario» y de pelo naranja, pero los mecanismos de defensa de sistema de equilibrios en USA (Tribunal Supremo hace unos días) por ahora parecen fuertes. Veremos en un tiempo…

  3. Grandísima reseña Farsalia, estaba esperando tu opinión sobre el libro para lanzarme, o no, a por él, porque sobre el tema he leído bastante. Gracias, me has decidido a leerlo.

  4. Gracias, Juanrio. No lo dudes, hazte con él.

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