En el pueblo vizcaíno de Ondárroa, un histórico puerto vasco de cierta entidad y de larga y convulsa historia, existe una notable iglesia conocida como Santa María. Construida entre 1460 y 1480, pertenece al estilo gótico tardío, pero muestra a quienes se asomen ante ella, algunas características que la convierten en única o especial. Me refiero a la serie de estatuas de estilo francés o borgoñón que la coronan en su exterior y que son conocidas popularmente como mamuak o fantasmas. Cuenta una leyenda que una de estas estatuas tiene su origen en una mujer del pueblo que fue convertida en piedra como castigo ejemplar. Las tradicionales fiestas del pueblo honran esta leyenda con un acto popular con el que se inician todos los años.
Pues bien, el artista plástico y ensayista Txomin Badiola, ha construido un peculiar relato histórico basado en la construcción de esta iglesia, especialmente en la creación y terminación de las esculturas y gárgolas que coronan la iglesia de Santa María, construyendo a su alrededor una serie de tramas localizadas en el último cuarto del siglo XV. Mediante la relación, a veces compleja, entre las autoridades civiles y religiosas del pueblo, y la visita de una serie de extranjeros, entre los que se incluyen marinos, comerciantes, artistas de la piedra y miembros de los gremios necesarios para la construcción de la iglesia, el autor construye una serie de micro historias que, conforme avanza la novela, un tanto compleja en su estructura, van convergiendo en el convulso final de construcción de la iglesia. Los intereses entre familias enfrentadas, la lucha de poder entre Iglesia y nobleza, así como la existente entre los poderes provenientes de Castilla y los de la municipalidad más presente, forman un complejo y jugoso juego de tensiones, desencuentros y malinterpretaciones, que conjugan perfectamente entre ellos en un escenario histórico peculiar y rico en matices, localizado en aquel puerto de Ondárroa.
Sin embargo, el autor incluye a lo largo de la novela, su particular sello personal, mediante la inclusión en una serie de tramas, tres o cuatro, que, intercaladas en la historia principal, muestran al lector distintas fases de la vida de un hombre reconocido como Él y de otros personajes localizados en la actualidad, siempre manteniendo una relación cercana y constante con la localidad vizcaína. Por medio de estas tramas, integradas alternativamente en el texto principal y argumental, se presentan al lector una serie de fantasmas, menos alegóricos que los pétreos modelos representados en la iglesia, pero absolutamente presentes en la piel de sus protagonistas contemporáneos, ligados al mundo de la arquitectura, recuerdos de juventud y alguna que otra historia de desenamoramiento. Esta situación, me ha desorientado como lector llegando a plantearme con curiosidad, el sentido de la presencia de estas historias presentes, integradas con cierta desconexión junto a los dimes y diretes acontecidos en el siglo XV en la localidad.
Por lo tanto, por un lado tenemos la historia sobre la creación de las esculturas de la parroquia de Ondárroa, que goza de un estupendo estilo literario típico del género histórico, resultando, toda ella, muy entretenida y lograda a todos los niveles. Y por otro, las experiencias literarias concentradas en la época contemporánea, construidas con un estilo más personal, casi filosófico y existencialista, en un equilibrio entre lo introvertido y reflexivo, también teniendo, en casi todas ellas presentes, el pueblo costero, tanto en su sentido presencial como en su representación mental. Por todo ello, en mi opinión, la novela, en su conjunto, resulta un tanto desequilibrada, no por falta de calidad y dominio literario del autor, sino más bien por el gran abismo estilístico y estructural que separa unas tramas de otras, exigiendo al lector un esfuerzo especial por integrar o desintegrar, según por donde se mire, unas historias y otras durante su lectura.