MANUAL – Epicteto

"Manual" de Epicteto

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MANUAL – Epicteto

MANUAL – Epicteto

«Entonces, ¿por qué te preocupas y prefieres mostrarte asustado? ¿Por qué no das un paso al frente y proclamas que estás en paz con todo el mundo, al margen de lo que hagan, y que te divierten especialmente todas aquellas personas que creen que te hacen daño?: “esos esclavos no saben ni quién soy ni dónde residen mi bondad y mi maldad. No tienen acceso a lo mío”». Arriano, Disertaciones, IV 5, 24.

Ahora más que nunca el ser humano es consciente de su insignificancia. La globalización ha hecho el mundo más grande y a quienes lo habitan más pequeños, el crecimiento demográfico es galopante y la crisis de valores es evidente. Las creencias religiosas están en franca decadencia, las guerras se multiplican, los gobernantes y los políticos generan una tremenda inestabilidad a escala mundial, las instituciones están en crisis, la inseguridad y la desconfianza están a la orden del día y el individualismo prima por encima de todo. El mundo es un caos, y lo peor es que el ser humano está atrapado en él.

Así es como probablemente percibían las cosas un hombre y una mujer corrientes en el siglo IV a.C. (No viene al caso ahora explicar qué pasó para que las cosas fueran tan terribles. Pasó Alejandro Magno y sus conquistas, por decirlo en pocas palabras). Nadie querría vivir en un mundo así, ¿verdad? Bien, pues es triste decir, por si alguien aún no se ha dado cuenta (no lo creo), que así es exactamente el mundo en que vivimos. Todo aquel que al leer el párrafo anterior haya pensado que se podría aplicar al presente, no andaba errado. Ese párrafo hablaba de hace 2400 años y también hablaba de nosotros, de ahora, de aquí, de este mundo nuestro que se está viniendo abajo.

Pero si hace casi dos milenios y medio la humanidad sobrevivió a sí misma, ahora también podremos hacerlo. Y lo tenemos más fácil que nuestros antepasados: solo hemos de ver qué hicieron ellos para seguir tirando del carro, y hacer nosotros lo mismo. No se consideraría un plagio, si acaso instinto de supervivencia; copiar cuando se hace con buena intención seguro que está permitido. Bien, ¿qué hicieron nuestros ancestros para levantar la cabeza en un mundo que les pisaba el cuello? Pues se plantearon una especie de ombliguismo, de táctica del avestruz, de onanismo intelectual. No, en esas expresiones hay un punto de malicia y seguramente de incomprensión; pero lo cierto es que el planteamiento invitó a ser interpretado en esos términos. La cuestión era: si el mundo es terrible, y puesto que yo no puedo hacer nada para impedirlo (más allá de pensar en magnicidios o de abanderar huelgas de hambre, por decir algo), me dedicaré a evitar que lo terrible del mundo me afecte. Me preocuparé de mí mismo, de quien por cierto nadie más se preocupa. Me preocuparé de sobrevivir. De mi salvación como individuo. De ser feliz. Porque yo me lo merezco. Porque yo lo valgo.

A tal fin surgieron, en la época a la que nos referimos (a principios del Helenismo, en el siglo IV a.C.), diversas corrientes de pensamiento (piénsese, valga la redundancia y que nadie se ofenda, que antes se pensaba mucho, muchísimo más que ahora. No había otra cosa que hacer y por ello la gente daba valor al pensar, a las ideas, a la actividad intelectual, no como ahora que estamos abducidos por la ley del mínimo esfuerzo neuronal). Esas corrientes o escuelas se enfocaban en cómo debía el individuo comprenderse a sí mismo y, a partir de esa comprensión, cuál debía ser su comportamiento en el mundo y su actitud ante la vida. Sirva esto último para entender que esas escuelas, pese a lo que pudiera parecer, eran eminentemente prácticas, aunque se apoyaban eso sí en una sólida base teórica. Surgió así el escepticismo (quizá el más teórico de los ismos de la época), consistente en la asunción de que no podemos conocer la verdad de las cosas del mundo y por tanto tenemos que vivir con esa indeterminación a cuestas (nótese que la paradoja que se suele echar en cara a los escépticos –no están seguros de nada, y sin embargo están seguros de esa tesis: que no están seguros de nada– no es tal. Ellos rechazan que exista ese dogma o cualquier otro en su filosofía: no defienden una posición teórica o una tesis, sino simplemente una capacidad: la capacidad de vivir sin tener ciencia cierta de nada), y surgió también, un poco antes, el cinismo. Los cínicos proclamaban una vida acorde con la naturaleza, lejos de los convencionalismos sociales, lejos de la ciudad: solos la salvaje y agreste naturaleza y el individuo. Surgió también el epicureísmo, cuyo fundador Epicuro abogaba por la idea de que la vida feliz (no olvidemos que lo que buscan todas estas escuelas es nada más y nada menos que eso: vivir felizmente) es aquella que se impregna de moderación y prudencia, aquella que busca el bien supremo, el cual no es otra cosa que el placer, el cual a su vez no consiste más que en la ausencia de dolores físicos y perturbaciones mentales (ἀταραξία). Con el tiempo, pocas ideas se han tergiversado tanto como las del pobre Epicuro.

Todos estos ismos (escepticismo, cinismo, epicureísmo) tuvieron su momento de gloria y algunos duraron bastantes años, pero el que triunfó de verdad, el que se infiltró en mentes de toda condición social a lo largo de mucho tiempo, fue el estoicismo. Lo fundó en la segunda mitad del siglo IV a.C. el mercader fenicio Zenón bajo los pórticos columnados del ágora de Atenas. La universalidad de sus preceptos fue tal que los aceptaron y siguieron desde esclavos griegos hasta emperadores romanos, y su vigencia como escuela se prolongó durante cinco o seis siglos, aunque la influencia de sus ideas nunca ha desaparecido. De hecho, en la actualidad y desde hace unas décadas se está produciendo un resurgir de la corriente estoica, lo cual tiene todo el sentido puesto que vivimos tiempos de crisis tremendamente parecidos a los que dieron lugar al pensamiento estoico. El recuperado estoicismo cumple en el siglo XXI con el mismo cometido con el que nació allá por el siglo IV a.C.: ofrecer a quien está perdido los medios para situarse y para encontrar un modo de vivir en el mundo cambiante, imprevisible y a veces amenazador que nos rodea.

La cuestión por desgracia es que ese renacer no es un renacer sino la génesis de un producto adulterado, un sucedáneo de lo que fue el estoicismo (todo en nuestra época es sucedáneo, por si alguien no se ha dado cuenta; nada es auténtico, todo es apariencia y fachada resultadista). Si uno recorre librerías o mira listas de vídeos en YouTube, encontrará mil y un ejemplos de ese estoicismo sui generis adaptado a la vida moderna, cuando de lo que se trata es de que sea la vida moderna la que se adapte al estoicismo. Pero lo primero es mucho más fácil de plantear y, seguramente, de llevar a la práctica. Manuales estoicos de dudosa utilidad y vídeos estoicos de autoayuda que en poco o en nada se parecen al estoicismo original, bombardean la frágil mente de quienes bastante tienen con sobrevivir en un mundo terrible, al que se le suma lo terrible de ese engañoso pseudoestoicismo.

Por eso vale la pena mencionar, destacar y reseñar las ocasiones en que la recuperación de lo antiguo es genuina, es decir y ciñéndonos al tema que nos ocupa: cuando se reeditan textos de los estoicos antiguos. Y vale la pena por dos razones: porque siempre es buena idea releer a los clásicos, cuyos textos si han resistido el paso de siglos y milenios es por algo (sus autores no eran ni pseudointelectuales arribistas que escribieran lo primero que les pasara por la cabeza, ni influencers en busca de su minuto de fama); y porque así constataremos la vigencia y utilidad de lo que dijeron, o lo que es lo mismo: constataremos que su mundo y el nuestro no son tan diferentes, que el ser humano no ha cambiado tanto y sigue tropezando siempre con las mismas piedras.

Si Zenón fundó el estoicismo en el seno del mundo griego, sus figuras más destacadas emergieron en el romano unos cuantos siglos después: el senador Séneca, el esclavo Epicteto y el emperador Marco Aurelio. De tanto en tanto se reeditan textos suyos (Epicteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron recogidas por uno de sus discípulos): no hace mucho hablábamos de la presentación de una de esas obras, las Meditaciones de Marco Aurelio. Ahora viene a cuento hablar de otra: el llamado Manual de Epicteto. Su autor fue Flavio Arriano, un senador, historiador, cónsul y alguna cosa más que nació en Nicomedia, que tomó clases de filosofía en la escuela que Epicteto tenía en Nicópolis, y de quien fue un alumno tan aplicado que transcribió algunas de sus lecciones en una obra titulada Διατριβαί (Diatribas, o su traducción más habitual de Disertaciones, para evitar el sentido de «invectiva» que tiene la palabra diatriba en la actualidad y que en la antigüedad no tenía). De estas lecciones extrajo un compendio que conocemos como Ἐγχειρίδιον, «Enquiridion», y que solemos traducir simplemente como Manual.

Bien poca cosa sabemos de la vida de Epicteto; ni siquiera su nombre. La palabra ἐπίκτητος significa «adquirido», lo que da una pista de cuál fue su condición social. Sabemos que nació en torno al 50 d.C. en Hierápolis, que cojeaba de una pierna, sabemos que fue manumitido por su amo Epafrodito, que hubo de huir de Roma con el decreto promulgado por Domiciano de expulsión de filósofos decretada, y que se instaló en Nicópolis donde se dedicó a impartir lecciones de algo que hoy en día podríamos definir como filosofía práctica. Y poco más. Sabemos también, eso sí, que su modelo de vida estaba encarnado por la figura del filósofo griego Sócrates y que, como él, no dejó a la posteridad ni una palabra escrita, por lo que si no llega a ser por su alumno Arriano, su enseñanza y pensamiento se habrían perdido en las brumas de la historia, como seguro se han perdido los de tantos y tantos otros hombres ejemplares.

Zenón, que fue seguidor de la escuela cínica antes de fundar su propia escuela, creó una completa y coherente forma de filosofía que contiene una lógica, una teoría del lenguaje, una física, una política, una teoría de los deseos y los afectos… Dicho de forma apresurada, la doctrina estoica sostenía que el universo, la naturaleza, está controlada por una razón, un logos, que se identifica con la divinidad, y que todo lo que ocurre está de acuerdo con dicha razón divina, de modo que el hombre ha de aspirar a vivir en armonía con la naturaleza aceptando que las cosas sucedan justo como suceden. Una visión simplista del estoicismo conduciría a considerarlo una simple teoría de la abstención, de la resignación ante el devenir de los acontecimientos. Pero la escuela estoica no pregona la inacción sin más, es mucho más que eso: incluye primero una comprensión del mundo de una determinada manera, y en segundo lugar y como consecuencia de esta comprensión, un fortalecimiento interior. Los estoicos no son seres pasivos, de hecho son casi lo contrario: son resilientes.

El Manual de Epicteto es una especie de resumen práctico de las Disertaciones, las cuales ya de por sí tienen un enfoque práctico. Se compone de 53 breves capítulos, a menudo consistentes en uno o dos párrafos, que apelan directamente al lector y le instan a que piense y se comporte de una determinada manera. El Manual contiene básicamente dos ideas: una que atañe al mundo y nuestra relación con él, y otra que nos atañe a nosotros y nuestra relación con el mundo. La primera se extiende a lo largo de los primeros 21 capítulos, en los que esa idea se despliega ya desde el primer momento:

De las cosas que existen, unas dependen de nosotros, otras no. De nosotros dependen el juicio de valor, la motivación, el deseo, la aversión y, en una palabra, todo cuanto es acción nuestra. No dependen de nosotros el cuerpo, las propiedades, la reputación, los cargos públicos ni, en una palabra, todo cuento no es acción nuestra. Además, las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres y carentes de impedimentos y obstáculos, mientras que las que no dependen de nosotros son débiles, serviles, llenas de impedimentos y ajenas. Recuerda, por tanto, que si consideras que las cosas serviles por naturaleza son libres y que las ajenas te son propias, te sentirás impotente, apenado y lleno de preocupación, y colmarás de reproches a los dioses y a los hombres. Pero si piensas que solo es tuyo lo que es tuyo y que lo que es ajeno es ajeno, como así es en realidad, nadie te coaccionará jamás, nadie te pondrá obstáculos, no reprocharás nada a nadie ni acusarás a ninguno; no harás nada contra tu voluntad, porque no te golpeará ningún daño.
Manual, I.

Si el lector del Manual comprende este primer punto, lo acepta y está dispuesto a entender la vida de ese modo, puede seguir leyendo; si no, vale más que abandone y no pierda más el tiempo. Una de las grandes dificultades de la ética estoica es que exige ser capaz de dejar atrás y abandonar todo lo que no depende de nosotros, incluyendo las cosas más valiosas y más amadas (posesiones, familia, incluso el propio cuerpo), precisamente porque no dependen de nosotros y no está en nuestras manos conservarlas. Contaba Diógenes Laercio que el historiador y militar Jenofonte, cuando se le informó de la muerte de su hijo Grilo, solo dijo «Sabía que lo engendré mortal”. Esa sería la idea que quería transmitir Epicteto.

«Lo que perturba a los seres humanos no son las cosas, sino las opiniones sobre las cosas (V). «No te empeñes en que las cosas sucedan como deseas, desea mejor que las cosas sucedan como suceden, y tu vida discurrirá apaciblemente» (VIII). «Recuerda que no te ofende quien te insulta o quien te azota, sino tu juicio que te hace pensar que aquellos te ofenden» (XX). «Ten presente cada día la muerte, el exilio y todo aquello que parece temible, pero sobre todo la muerte; de este modo no habrá mezquindad en tu pensamiento ni exceso en tus deseos» (XXI). Axiomas como estos tratan de instruir acerca de lo que se dijo anteriormente: cómo hemos de comprender el mundo y cómo hemos de comportarnos en él. En otras palabras: el Manual dice que nos preocupemos de nosotros y no de nuestro entorno ni de las opiniones ajenas; que nos despreocupemos de las apariencias y no intentemos fingir ni simular; que no llamemos la atención ni queramos destacar; y sobre todo, que no prediquemos con la palabra sino con el ejemplo. En fin: todo lo contrario de lo que prima en la sociedad actual, y tal vez de cualquier época.

La idea que impera en los 32 capítulos restantes del Manual, del XXII al LIII, apunta a la profesión de fe del filósofo:

Si aspiras a ser filósofo, prepárate desde ahora mismo para que se rían, para que la mayoría se burle, para que te digan «¡Se nos ha vuelto filósofo de repente!», y «¿de dónde viene ese engreimiento?». Pero tú no seas engreído, atente a lo que te parezca lo mejor, como alguien asignado por la divinidad precisamente a ese lugar. Y piensa que, si te mantienes en tu puesto, los que se reían de ti al principio después te admirarán; pero si te dejas vencer, se reirán de ti el doble.
Manual, XXII.

Podría decirse que si la veintena inicial de consejos van dirigidos a todo el mundo, los restantes se dirigen a aquellas personas que quieran subir su nivel de exigencia, por decirlo así, y de ese modo llegar a convertirse en filósofos. El objetivo es alcanzar los tres elementos básicos de la felicidad del sabio: apatheia, ataraxia y eleutheria (ausencia de emociones capaces de arrebatarnos el alma, ausencia de perturbaciones del ánimo, y libertad de pensamiento), tres ideales a los que en realidad tienden todas las escuelas filosóficas helenísticas. La libertad e independencia de pensamiento es fundamental:

Si alguien entregara tu cuerpo al primero que pase, te enfurecerías; pero tú entregas tu mente a cualquiera, pues basta con que cualquiera te insulte para que te perturbes y te confundas. ¿No te da vergüenza esto?
Manual, XXVIII.

El comportamiento del filósofo, o de quien aspira a serlo, debe ser discreto y comedido:

Mantente principalmente en silencio y habla lo estrictamente justo y necesario. Esporádicamente, cuando lo requiera la ocasión, participa en la conversación, pero nunca sobre asuntos banales, como los combates de gladiadores, las carreras de caballos, los atletas, la comida o la bebida –los temas de siempre- y, sobre todo, jamás para criticar, elogiar o comparar a la gente.
Manual, XXXIII.

Debe siempre enfocar las cuestiones del mejor modo posible:

Todo asunto tiene dos asas, la que permite soportarlo y la que no permite soportarlo. Si tu hermano es injusto, no lo tomes del lado de que es injusto (pues esa es el asa que hace que no se pueda soportar), sino más bien por ese otro lado de que es tu hermano, de que os habéis criado juntos, y lo tomaras por donde se puede soportar.
Manual, XLIII.

Y, sobre todo, ha de tener siempre presente el modelo hacia el que tender: Sócrates fue el punto de partida del modo de pensar y, en consecuencia, de vivir, que se halla en la base de los escépticos, epicúreos, cínicos y, por supuesto, estoicos:

Si todavía no eres Sócrates, debes vivir cada día como si quisieras ser Sócrates.
Manual, LI.

Conviene decir que, al contrario del modo en que a menudo suele exponerse su filosofía, los estoicos no consideran que sea posible ni conveniente convertirse en una especie de bloques de hielo carentes de toda reacción ante los acontecimientos que nos suceden en la vida. Es natural que la vida nos afecte, pero también lo ha de ser que tras la afección se produzca una reflexión, y que el juicio nazca de esta y no de aquella.

Esto es lo que pretende el estoicismo, en las palabras de Epicteto transcritas por Arriano. Habrá quien llegue al final del Manual y no comprenda el sentido del mismo, o no le conceda valor, o se obceque no dárselo. En tal caso, tal vez Epicteto renunciaría al esfuerzo de discutir:

Si uno se resiste a lo que es por completo evidente, contra este no es fácil encontrar un argumento con el que hacer que cambie de opinión. Y esto no surge ni de la capacidad de aquel ni de la debilidad del enseñante, sino que cuando sigue obstinado a pesar de haber sido acorralado, ¿cómo va uno a seguir empleando con él el razonamiento?
Disertaciones, I, 5, 1-10.

En cuanto a las ediciones en castellano del Manual, mencionaremos algunas de reciente publicación. La menos próxima en el tiempo es la ya clásica publicada por la editorial Gredos, que incluye tanto el Manual como una amplia selección de las Disertaciones. Cuenta con una introducción a cargo de Paloma Ortiz García, en la que se habla de la época de Epicteto así como de los datos sobre su vida y la de Arriano, y un análisis muy interesante de su filosofía. Ortiz García también es responsable de la traducción y las notas. El libro se ha reeditado varias veces cambiando formato y cubierta, pero suponemos que el contenido no ha sido alterado.

El filósofo Pierre Hadot siempre se preocupó por la comprensión de la filosofía como forma de vida (sonará quizá absurdo, pero ¿acaso tiene otro sentido la filosofía?) y dedicó muchas de sus obras a desgranar textos clásicos desde esa perspectiva. Tiene un libro titulado La ciudadela interior sobre las Meditaciones de Marco Aurelio, que es una maravilla. En Manual para la vida feliz, publicado por Errata Naturae hace 10 años, el filósofo francés incluye su traducción de la obra de Arriano, seguida de un examen exhaustivo de cada uno de sus capítulos. Me atrevería a jurar que el libro de Hadot ha pasado injustamente desapercibido pese al profundo y clarificador análisis que hace del Manual de Epicteto.

La editorial Edaf publicó la versión del filólogo Óscar Martínez García bajo el título de Manual de estoicismo. Sabiduría estoica para el lector actual. Las traducciones de Martínez García han destacado siempre por su fluidez y capacidad de acercar los textos clásicos al lenguaje actual, y Epicteto no es una excepción. El libro incluye, además del texto del Manual, un prólogo dedicado a la vida del filósofo y a analizar brevemente la obra. Al final se incluyen un par de disertaciones, muy interesantes pero que saben a muy poco.

El catedrático de filosofía Ignacio Pajón Leyra ha traducido el Manual para Alianza Editorial, en una versión muy legible y comprensible. El arte de vivir (en tiempos difíciles) incluye una breve «Antología de textos sobre filosofía y libertad», apenas 20 pequeños textos extraídos de las Disertaciones y de fragmentos y testimonios sobre Epicteto. A continuación, un glosario y un análisis filosófico sobre los orígenes del estoicismo, comenzando en los tiempos de Sócrates y las escuelas que surgieron a partir de su pensamiento y poniendo especial dedicación, lógicamente, en el estoicismo.

Finalmente, el catedrático David Hernández de la Fuente ha publicado su versión del Manual de Epicteto en Arpa Editores, bajo el título de Manual de vida. No hemos podido hojear esta edición, cuya traducción sin duda será tan impecable como las anteriores. Vale la pena enlazar el siguiente vídeo en el que Pajón Leyra, Martínez García y Hernández de la Fuente comentan sus respectivas ediciones.

La filosofía para la vida que defienden el estoicismo y el Manual de Epicteto puede parecer complaciente, conformista y quizá incluso alienante. Es, sin embargo, todo lo contrario. Bien sea porque es un texto muy breve, por su utilidad en los tiempos que corren, porque nos enseña a pensar y sobre todo a vivir, o porque se trata de un texto clásico y leer a los clásicos es ya un fin en sí mismo, vale la pena acercarse a las enseñanzas de un esclavo griego del siglo II d.C. que llegó a fundar una escuela de filosofía de la vida cuyo modelo fue un griego que vivió 400 años antes llamado Sócrates; una escuela que, quién sabe, tal vez visitara el propio emperador romano Marco Aurelio. Tal vez incluso leyera el Manual que escribió Arriano, un manual que concluye de este modo: cuando Sócrates, acusado por Ánito y Meleto, fue condenado a muerte por un tribunal ateniense, dijo lo siguiente (parafraseado por Arriano/Epicteto):

A mí Ánito y Meleto pueden matarme, pero no perjudicarme.
Platón, Apología, 30c-d.

 

*****

Epicteto, Manual / Disertaciones por Arriano, edición de Paloma Ortiz García Madrid, editorial Gredos, 2001, 286 páginas.

Epicteto · Pierre Hadot, Manual para la vida feliz. Madrid, editorial Errata Naturae, 2015, 248 páginas.

Epicteto, Manual de estoicismo. Sabiduría estoica para el lector actual, edición de Óscar Martínez García. Madrid, editorial Edaf, 2021, 118 páginas.

Epicteto, El arte de vivir (en tiempos difíciles), edición de Ignacio Pajón Leyra. Madrid, Alianza Editorial, 2023, 174 páginas.

Epicteto, Manual de vida, edición de David Hernández de la Fuente. Barcelona, Arpa Editores, 2024, 172 páginas.

 

 

 

3 Comentarios

  1. ¡Bravo! Esto sí es estoicismo y no el de los gymbros o magnates empresariales con más dinero que dedos de frente.

  2. Es cierto que en el mundo en que vivimos es complicado, bastante más que en la antigüedad diría yo, mantener la disciplina estoica a nivel individual, no digamos ya colectivamente. Pero me da la impresión de que el bueno de Epicteto se reiría de tan absurda objeción y diría que comenzáramos hoy mismo a arar y a sembrar en nuestro interior, en lugar de mirar al horizonte y ver la inmensidad de campo yermo que hay por todas partes. Para cruzar un océano hay que empezar por mojarse uno los pies en la playa.

  3. Probablemente Epicteto levantaría una ceja, sonreiría con condescendencia y nos recordaría que la dificultad no es excusa, sino materia prima. No se empieza dominando el océano, sino decidiendo no patalear cuando el agua está fría. A lo cual yo siempre me he preguntado si no sería mejor irte al Mar Menor, a poder ser a por una cervecita y comer un caldero.

    Cavi, pedazo de reseña. Me recuerda a los artículos pretéritos.

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