“En 1924, dos arqueólogos franceses se deslizaron con cautela desde la cornisa del precipicio de Bamiyán. Iban buscando una cueva que se hundía en la pared de roca, muy por encima de la cabeza del buda más alto. Entraron patinando y tropezando por la boca de la cueva; contuvieron el aliento y miraron triunfantes a su alrededor. Costaba imaginar un lugar más inaccesible que aquel, era bien posible ...[Leer más]