Sensaciones encontradas

«Troya» de Gisbert Haefs

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7.5

P. plebe

Sensaciones encontradas

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Sensaciones encontradas

Me siento realmente confuso ante este libro: vivamente impresionado y sumamente decepcionado. Vamos a ver si consigo expresarme con más claridad en papel que en mis pensamientos.

Tendré que empezar diciendo que es una novela histórica, eso está más o menos claro en mi cabeza. Bien, ¿de qué trata?

Pues aquí comienza mi primer problema. Troya sólo es un lugar más dentro del libro, en cierta manera primordial y determinante, pero no en la medida que uno espera encontrar ante ese título tan unívoco. Si bien todo conduce hacia la Tróade, no es menos cierto que el entorno histórico es muy amplio y el protagonismo de Ninurta, un comerciante asirio, evidente. A través de él conoceremos las llamadas “invasiones de los pueblos del mar”, que son un período apasionante de la Historia, una época convulsa que cambió la faz del Mediterráneo antiguo mediante una serie de hechos violentos, políticos y de movimiento de pueblos y caída de otros. Con todo esto, el título puede resultar un poco confuso, como si “El etrusco” se hubiese titulado “Roma” o “el conde Belisario” “Bizancio”.

Y esto enlaza con mi segunda duda, ¿es históricamente posible el mundo que nos muestra?

Haefs mezcla hipótesis de escritor, de una manera más o menos afortunada, con datos históricos corroborados por la investigación de especialistas y algunos hallazgos arqueológicos de los últimos años: el trabajo de documentación y asimilación de esos hechos históricos no es malo en absoluto; muy al contrario, es incluso brillante, sobre todo en la comprensión del contexto: hila fino ante tal aluvión de tradiciones. En la hititología, sin embargo, pasa de puntillas: no mucho más allá de algunos términos, del contexto histórico más elemental, y de algunos documentos que sirven de base para la acción. De la micenología, bueno, en ésta se toma sus buenas licencias y retrotrae y mezcla una de las teorías de la posible invasión doria (medio pacífica, medio violenta) con una hipotética aquea, desligando aqueos y micénicos casi como fueran micénicos y pelasgos siglos antes. No deja de ser atractiva esta propuesta, pues explicaría ciertos indicios de destrucciones previas a las de la época de “los pueblos del mar” y los dorios, reflejados también en la tradición mítica, sin terminar de desatar un fuerte vínculo con la cultura micénica. También se hace eco de la propuesta con más sentido común acerca de las destrucciones de principios del siglo XII a.d.C., aquella que nos cuenta que fue un cúmulo de circunstancias las que llevó a las comunidades entonces bullentes a iniciar una rápida e inexorable extinción. Hasta aquí todo correcto o, al menos, asimilable.

Pero hay detalles que la alejan de la verosimilitud, ¿en qué falla?

A mi juicio, hay ciertos personajes y situaciones que me resultan anacrónicos. Es un juicio más literario que histórico y tiene más relación con la trama y el lenguaje que con hechos. Una isla que parece salida de la mente de Tomás Moro; la simplicidad con la que Haefs trata la escritura antigua, asunto brillante para un manual escolar pero de poca credibilidad para una novela; el excesivo cúmulo de situaciones por las que atraviesa el protagonista, inicialmente justificadas por las circunstancias de su nacimiento pero que no termina de convencer, quizá debido a su humanismo; el lenguaje coloquial tampoco ayuda, no sé si por culpa del autor o del traductor, y es que el uso de ciertas frases hechas resultan anacrónicas; y aunque nos encontremos ante una novela de aventuras, ciertos personajes resultan tipificados en exceso, al igual que otras situaciones se acercan en demasía a “Conan el bárbaro” o al “capitán Trueno”, cosa nada censurable por otro lado, incluso plausible siendo de género, pero que chocan con la temática de la obra y con la mezcla de investigación histórica que posee la obra.

Y la trama… ¿qué tal la novela en sí?

En esencia, como ya señalé, es una obra de aventuras. Como tal, tiene momentos álgidos en los que la acción te ata a sus páginas. Como contra, hay momentos centrales de libro que aburren y chocan; así la mencionada parte de la isla, paraíso poco creíble e intrascendente. El corpus principal de la obra está escrito a tres voces: la del narrador clásico, la cual ocupa gran parte de la novela y se centra en Ninurta; la voz epistolar de Corinnos, casi a modo de crónica personal del contexto aqueo que rodea la obra; y la de Ulises, un intento de arcaizar la obra en sí y de hacerla subjetiva y reflexiva, consiguiendo con esta voz momentos muy buenos, llenos de inteligencia, y otros sobrecargados e insustanciales. Todo este corpus está cerrado por la intervención de Solón, casi siete siglos posterior a estos hechos y protagonista de que la tradición homérica quedase fijada, el cual halla en Egipto la verdad histórica acerca de Troya. En este punto he de decir que utiliza a Solón y a Platón de una manera más acertada, fina e inteligente que los actuales best seller lo hacen con Dante o Leonardo da Vinci, pero, en cierta manera, me resulta un recurso muy similar.

Entonces, ¿qué resumen hago?

Troya no es pecata minuta, no es algo sencillo hacer historia con ella debido a la abundante tradición mítica y popular que contiene. Aunque conciliable en puntos, todo este acervo homérico, literario y cinematográfico choca en muchos puntos con la Historia. Difícil, pues, es contentar a ambos bandos: el popular por un lado, dispuesto a ver entre líneas a griegos similares a hoplitas; el homérico por otro, deseoso de leer cómo Diomedes hiere con la lanza a Hares o Aquiles es abatido por un dios; y el histórico, ansioso por comprobar los últimos hallazgos en Hisarlik. Bajo este punto de vista, Troya sólo contentará a quien se acerque a su lectura sin apenas tópicos preconcebidos o quien los aleje.

¿Por qué entonces me impresionó y me decepcionó?

Es profundamente injusto este sentimiento, pero hay pasajes de la novela tan excepcionales que uno al leer otros muy mediocres se pregunta hasta qué punto no pudo mantener cierta línea, como si tuviese que contentar al lector versado al mismo tiempo que al que no lo es, al amante de la aventura como al de la Historia, quedándose en un camino medio tan poco convincente; al igual que uno se cuestiona por qué tuvo que introducir morralla al texto, como si, efectivamente, fuese cierto aquello que él preconiza de dar “sangre, sudor y esperma” al texto; o por qué no acortó páginas, cual buen médico que debe de mutilar un miembro para que no se extienda la enfermedad por el resto del cuerpo. Realmente, hubiese pasado de ser una obra digna, no carente de inteligencia, a un volumen realmente apasionante.

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