«Luego Yahveh plantó un vergel en Edén, al oriente, y allí colocó al hombre que había formado […]. Brotaba de Edén un río para regar un vergel y desde allí dividíase y formaba cuatro brazos […]. El nombre del tercer río es Hiddeqel —Tigris—, el cual recorre el este de Assur, y el cuarto río es Ferat —Éufrates—». Génesis, 2 8:14
Pues sí, nosotros los occidentales situamos en el Creciente Fértil el Paraíso y el origen no solo de nuestras creencias religiosas (judaicas, cristianas y no sé yo si también musulmanas), sino además el origen de la civilización. Diría que en latitudes orientales, China, etc., explican las cosas de otra manera (su Edén paradisíaco es la cuenca del río Amarillo, tengo entendido). En fin, cada cual explica la feria según le ha ido en ella.
Y la feria de la civilización occidental nació sin ninguna duda en Mesopotamia, la tierra «entre ríos» (eso significa la palabra, como todo el mundo sabe). Un territorio sin recursos naturales: ni minerales (apenas sin cobre y aún menos estaño), ni piedra (solo arena y tierra), ni madera (cañaverales y palmeras, poco más). Pero entonces ¿qué hubo de especial para que los seres humanos empezaran a vivir allí de modo sedentario, fundaran ciudades y construyeran las bases del mundo civilizado? Pues precisamente aquello que da nombre a la región: los ríos, el agua. Dos ríos que desembocan en un mismo cauce pero que nacen de lugares distintos y distantes, el uno cerca de los montes Tauro y el otro de los Zagros. El Tigris y el Éufrates.
Esto es lo primero que nos cuenta el libro Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh, del doctor en Historia Antigua Juan Luis Montero Fenollós, publicado en la estupenda colección Biblioteca NUN de Erasmus Ediciones, de la editorial Almuzara. Arqueólogo que lleva más de 30 años excavando en Oriente Próximo, Montero Fenollós no ha escrito un libro para hablarnos de la historia de los diversos imperios que se fueron sucediendo en la región comprendida entre la costa siria y los montes Zagros, sino para contarnos qué fue lo que sucedió allí que fue tan importante. La obra no escoge como línea a seguir la vida política, la economía, la sociedad, la cultura, el arte, los conflictos bélicos… Lo que hace es centrarse en siete puntos clave y los convierte en siete grandes áreas temáticas sobre las que construye un relato acerca de la antigua Mesopotamia. Y ese recurso le permite hablar, y no poco, sobre aquellos otros temas más trillados: sociedad, cultura, política…
Las áreas temáticas que escoge Montero Fenollós son el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte. Son temas transversales y por tanto el recorrido cronológico a lo largo de los milenios 3º, 2º y 1º antes de Cristo está descartado de antemano; de hecho, según se adentre en el libro el lector descubrirá que viaja adelante y atrás en el tiempo, porque para el autor es mucho más importante el cómo que el cuándo. Pese a ello, y para no dejar al lector desvalido del todo, al final del libro se incluye una sucinta cronología.
El agua es vida, y esas dos corrientes llamadas Tigris y Éufrates se aprovecharon como el oro hace unos cuantos milenios, hasta el punto de convertirse en los ejes en torno a los cuales giraba la subsistencia de las primeras gentes que habitaron la región. Gracias al agua la agricultura fue el motor de la economía de las primeras sociedades que se instalaron alrededor de los ríos, no solo en la franja delimitada entre uno y otro cauce sino más allá, en la orilla occidental del Éufrates y la oriental del Tigris. Entre ambos ríos se construyeron canales para transformar la franja de tierra que delimitaban las corrientes fluviales en terreno cultivable, y toda la región se transformó en un inmenso campo de cultivo. Además, el transporte de cualquier cosa era más rápido y mucho menos costoso por los ríos que por tierra. Los ríos movían la economía, eran fuente de riqueza y de vida.
Esta es, más o menos (más bien más que menos), la idea que quiere transmitir Montero Fenollós sobre la importancia del agua para las civilizaciones mesopotámicas. Del mismo modo desarrolla los otros focos temáticos. Así por ejemplo, dice el autor que los mesopotámicos fueron los inventores de la ciudad y del nuevo modelo de vida que llevó asociado. No fue esta el resultado de una evolución o una transformación de la aldea, sino algo de nueva creación: surgió como una innovación en la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo. Y la ciudad mesopotámica por antonomasia fue Babilonia: su imponente muralla, que se comenzó a levantar hacia el siglo XIX a.C., o los asombrosos jardines colgantes que, si hemos de creer la tradición, ordenó construir Nabucodonosor II en el siglo VI a.C., aunque tal vez la realidad los sitúe en otra ciudad y con otro rey, Senaquerib de Nínive. El libro, con un marcado tono didáctico, habla de arqueología y excavaciones con toda naturalidad y llaneza. Relata, entre otros muchos hallazgos, el de la llamada Puerta de Ishtar y su traslado a Alemania en los años veinte del siglo pasado.
Montero Fenollós se entretiene en explicarnos cómo surgió la idea de la realeza: alguien, una única persona, que mandara y gobernara sobre todos los demás. Se nos habla de los poderosos Sargón, de Sargón II, de la legendaria Semíramis de Babilonia, de Nabucodonosor… Y por supuesto, de cómo impartían justicia, lo cual era una importante prerrogativa real. Desde los primeros «textos de justicia» hasta el famosísimo código que se conserva en el Museo del Louvre donde se recogen las leyes dictadas por el rey mesopotámico Hammurabi en el siglo XVIII a.C.
«Yo soy Hammurabi, el rey de la equidad. A quien el divino Shamash le otorgó la verdad: mis palabras son exquisitas, mis obras no tienen igual; solo para un imbécil son algo vacío, para el agudo están destinadas a la gloria».
Estas normas legales fueron grabadas en piedra diorita con un sistema de escritura llamado cuneiforme. Porque el mundo mesopotámico, un mundo plurilingüe, inventó la escritura prácticamente al mismo tiempo que los egipcios del valle del Nilo, hacia el 3.200 a.C., y nació así el oficio de escriba en el seno de una sociedad analfabeta, y se comenzaron a grabar con cuñas y cinceles palabras y frases, textos administrativos, decretos reales, contratos, cartas y poemas, en millares de tablillas de arcilla, que varios milenios después los arqueólogos como Montero Fenollós estudian y traducen para conocer el mundo en que fueron escritas. El autor se apoya con frecuencia en esas tablillas para avanzar en su exposición, en la cual ocupa un puesto capital el poema de Gilgamesh, «el que ha visto lo Profundo», cuya historia se grabó en tablillas de arcilla y se cantó en toda la tierra.
Montero Fenollós ha escrito una obra apta para todos los públicos, entretenida y atrayente. Cuenta con una relación de lecturas recomendadas en castellano, lo cual es de agradecer, además de una copiosa bibliografía para quienes quieran profundizar en el tema. Sin duda Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh va a ser un libro al que acudir para todo aquel que se sienta interesado por conocer las primeras civilizaciones que habitaron este mundo nuestro.
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Juan Luis Montero Fenollós, Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh. Córdoba, Editorial Almuzara, 2025, 368 páginas.