No quiero hacer un daño irreparable a su vida. Me queda todavía el suficiente entendimiento racional para suplicarle –a despecho de mis deseos, de mi esperanza, de mi sincero amor– que piense antes y después. Si mediante alguna clase de invención se puede hacer satisfactoriamente, de suerte que después pueda usted vivir como quiere, en ese caso, si eso es posible, no es cosa para escribir.
No hay como empezar la reseña de una novela hablando de otra, así que allá vamos. Allá por el año 1980 el filósofo y semiólogo Umberto Eco, hasta entonces conocido tan solo por sus colegas del gremio, saltó a la fama con la publicación de la novela El nombre de la rosa. Novela histórica, novela policíaca, novela filosófica, todo eso era la narración de las investigaciones en una abadía benedictina italiana del siglo XIV, del franciscano fray Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk, trasuntos de Sherlock Holmes y el doctor Watson. Tal fue el bombazo literario que Eco tardó ocho años en publicar otra novela. Y esa década ochentera, revolucionaria en tantos sentidos, también vivió la revolución del hasta entonces recatado, reducido y modesto sector de la narrativa histórica.
Cuánto y cómo ha cambiado desde entonces la novelística histórica. A peor, casi diría, no solo por aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor sino también porque sí. Pero a lo que vamos: el influjo de la obra de Eco fue enorme, y una escritora y profesora universitaria se dejó imbuir por él y dedicó dos años a escribir una novela que tuvo en su carrera literaria el mismo efecto que El nombre de la rosa en la de Eco: en 1990 y con 54 años publicó Possession. A Romance, y con ella ganó el Irish Times Aer Lingus, uno de los más prestigiosos premios literarios irlandeses, y el Premio Booker, el más prestigioso premio literario en Gran Bretaña. Dos años después fue traducida al español por Anagrama, editorial que la reeditó en 2001 y de nuevo ahora, en 2025.
La novela, presumo, sin duda gozó de más fama en el mundo anglosajón que en el hispano, pero pese a todo se quedó lejos de la estela de El nombre de la rosa. La autora, A. S. Byatt, reconoció en 2009 (en un breve prólogo que la edición española actual ha incluido) la importancia de la novela de Eco en la suya. De él aprendió que, si la historia es sólida y robusta, «le puedes meter dentro todo lo demás que haya que meter». Y eso es lo que hizo. La novela cuenta una investigación, pero cuenta con un trasfondo quizá más importante que las pesquisas de los protagonistas. Estas se centran en torno a la vida y obra de un escritor y poeta inglés de la época victoriana, Randolph Henry Ash, y su relación con Christabel LaMotte, admiradora suya y a su vez poeta, pero de mucho menor calado e importancia que Ash. Quienes llevan a cabo la investigación son Roland Michell, un investigador (así hay que llamar a quien se dedica a recorrer bibliotecas y zambullirse en manuscritos antiguos en busca del pasado de sus autores, ¿no?), y una descendiente de Christabel, la doctora Maud Bailey, especialista en la poesía de su antepasada y profesora universitaria.
Los protagonistas dedican jornadas enteras a la lectura y escudriñamiento de una gran cantidad de textos escritos por Christabel y sobre todo por Ash: correspondencia, poemas, cuentos, diarios… en busca de una posible conexión entre ambos que fuera más allá del ámbito simplemente literario. Ash, hombre casado, fue un escritor de gran fama en su tiempo y en el siglo XX, por lo que el descubrimiento de una infidelidad con la también escritora Christabel LaMotte sería una noticia de gran relevancia en el mundo de los estudios literarios. Por ello, existe toda una serie de personajes secundarios que pululan por la novela tratando de sacar rédito de lo que sea que estén investigando los dos protagonistas.
Esta es la trama, que quizá pueda resultar algo insulsa al público acostumbrado (y adocenado, que la culpa hay que repartirla bien) a que en una historia haya sangre, muertos, tiros, misterios sobrenaturales o cosas así. En cuanto al trasfondo, probablemente es el aspecto más destacable de Posesión. Randolph Henry Ash y Christabel LaMotte son personajes ficticios, pero A. S. Byatt es capaz de realizar un ejercicio de reconstrucción asombroso, no solo de la época en la que supuestamente vivieron, la Inglaterra victoriana de Tennyson, Coleridge, Browning y compañía, sino de la obra que supuestamente escribieron tanto Ash como LaMotte. Dedica páginas y páginas a reproducir las cartas que se intercambiaron, plasmando en ellas el estilo y modo de escribir de aquellos tiempos; los diarios de personajes relacionados con Ash; incluso gran cantidad de poemas escritos tanto por Ash como por Christabel, que a menudo ocupan varias páginas. Según Byatt, «hay personas que escriben tesis sobre mis poetas imaginados». Y recuerda la anécdota de que un editor americano le sugirió que retirara todas esas «excrecencias» de la obra, que por lo demás tenía una buena intriga echada a perder por tanto poeta victoriano en sus páginas. El caso es que Byatt lleva a cabo un trabajo de orfebrería francamente encomiable.
Me atrevería a decir que Posesión es una novela exigente (como también lo es El nombre de la rosa). Sus descripciones son pormenorizadas y detallistas, y el porcentaje de páginas ocupadas por toda la documentación inventada es importante. ¿Por qué tanto espacio dedicado a transcribir unas cartas y poemas que jamás escribió un personaje que nunca existió? Está claro: para recrear, no solo al personaje sino también su manera de pensar, de sentir y de vivir. Lo mismo cabe decir, por supuesto, de Christabel. Para apreciar tal vez en esa documentación falsa una evolución, y sopesar la posibilidad de que esa evolución tal vez tiene algún paralelismo en los personajes que, más de cien años después, se están interesando por ella, Roland Michell y Maud Bailey.
Posesión es una novela escrita con el aroma que tienen las novelas «de antes». Una novela para paladear y degustar, no un fast food tan habitual en los tiempos actuales de prisas y superficialidad. Existe película homónima, rodada en 2002 con presupuesto y actores americanos (Aaron Eckhart y Gwyneth Paltrow); estaría bien comprobar si el film simplifica / infantiliza la historia para hacerla apta al público palomitero actual, o si respeta la esencia de la novela.
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A. S. Byatt, Posesión, traducción de María Luisa Balseiro. Barcelona, Anagrama, 2025, 616 páginas.
Iñigo
Parece muy interesante, por lo que cuenta y también por su aparente exigencia, algo que siempre viene bien en este momento que nos rodea de lecturas facilonas y acomodaticias. Y más si viene tan bien recomendado.
cavilius
Sí, es de esas novelas que, importando el qué, importa también y mucho el cómo. Para lectores impacientes y poco predispuestos a este tipo de lecturas les recomendaría la película: la vi hace un tiempo en internet, y tiene poco que ver con la novela.
Nicole
Buff… Lo leí hace mucho tiempo. En Compactos, si la memoria no me falla en la portada había una pintura prerrafaelita. Lo perdí en mi última mudanza. Byatt es una gran escritora pero, para mi gusto, su calidad literaria pierde cuando el estilo monopoliza sus obras. P. ej. una novela que podría haber sido estupenda («Juego de niños») es aburridísima porque la autora decidió que sería una novela sin argumento.