La bruja: hereje y anarquista […] una criatura maligna, una plaga social y un parásito; devota de un credo detestable y obsceno […], blasfema […], abortista; oscura consejera de lascivas damas de alta sociedad y caballeros adúlteros, ministro del vicio y de la inconcebible corrupción […], anarquista. Montague Summers, The History of Witchcraft, Londres, 1926.
Hablar de brujas (y brujos), de hechizos, maldiciones, bebedizos y encantamientos, nos retrotrae a una época lejana (o no tanto: un par o tres de siglos no es tanto tiempo en la historia de la humanidad) en la que se quemaba viva a la gente por contravenir las civilizadas buenas costumbres de las sociedades cristianas. Ahora ya no se quema a nadie (¿verdad?), pero las «cazas de brujas» están a la orden del día; solo es cuestión de redefinir y actualizar conceptos para poder seguir acusando, enjuiciando y condenando alegremente a quien nos caiga mal.
El recorrido que hace Marion Gibson en Brujería. Una historia en trece juicios es en parte histórico y en parte conceptual. El subtítulo indica la metodología: el viaje que nos propone la autora consiste en visitar los escenarios históricos que a lo largo de unos siete siglos han sido testigos de acusaciones, juicios y en muchas ocasiones condenas por el delito de brujería. Puede sorprender que el periplo se inicie en el siglo XV; podría haberlo hecho mucho antes, pues las cazas de brujas comenzaron con la aparición de la Inquisición en la Edad Media, y las primeras condenas a la hoguera por brujería se remontan a las primeras décadas del siglo XIV. Pero la fecha y el lugar elegidos por la autora están bien buscados: el caso descrito fue uno de los primeros en los que participó Heinrich Kramer, viejo clérigo tristemente famoso en la posteridad por ser el autor de un texto recurrente para los cazadores de brujas: el Malleus Maleficarum («Martillo de las Brujas»), manual y guía para identificar, interrogar y condenar las conductas sospechosas de brujería.
A través de esos trece juicios Marion Gibson traza una historia del delito llamado «brujería», y cómo con el paso de los siglos fue evolucionando. Apenas comenzar deja claro la autora algo que por obvio quizá no suele uno reparar en ello: las brujas (y los brujos) no aparecieron de repente en el mundo, sino que su existencia se remonta a la noche de los tiempos. Lo que sí nació de modo más o menos repentino fue la consideración de las actividades que esas personas realizaban como conectadas con el mal, es decir, con el diablo. Porque las cazas de brujas, huelga decirlo, son un fenómeno ligado a la religión católica, en la que existe el Bien y el Mal, y no se puede estar en uno de esos lados si se está en el otro. Curanderos y sanadores, hombres y mujeres que ayudaban a sus semejantes mediante conjuros y hechizos, fabricaban bebedizos con hierbas difíciles de hallar o simplemente rogaban al Señor por la resolución del problema que se les planteaba, pasaron a ser considerados inspirados por el demonio. Satán se convirtió en el pozo del cual emanaba toda brujería, y ese oficio, ese saber, esa capacidad, ya no fue más una ocupación benigna sino todo lo contrario, consagrada al mal y enemiga de la Iglesia. El mundo se pobló de maleficios y bendiciones, ángeles y demonios, fantasmas y espíritus, duendes y hadas, y nació la disciplina de la demonología, el estudio de todos esos seres que pululaban en el lado oscuro de la vida del devoto de Dios. Habría estado bien que la autora hubiera descrito cómo y por qué se produjo ese cambio de mentalidad, un cambio sin duda inspirado por el miedo, pero no lo hace: se limita a constatar que así fue, y se centra en el propósito del libro.
Parte de ese propósito, cuyo cuerpo principal consiste, como se dijo, en exponer el fenómeno de la brujería y su evolución, es también dar relevancia a la profunda misoginia que subyace en dicho fenómeno. Aunque a lo largo de los ejemplos de casos de brujas vemos que algunos hombres fueron acusados y condenados, la inmensa mayoría de las acusaciones recayeron sobre mujeres. En el primer juicio citado por el libro, por ejemplo, siete mujeres fueron encarceladas y acusadas de brujería en Innsbruck, Austria, a finales del siglo XV (finalmente fueron absueltas). La autora insiste en la idea que existía en la mente de los hombres de aquellos tiempos, y quizá también en la de muchas mujeres, de que el género femenino, ya desde Eva, ha tenido siempre una inclinación hacia el mal y una especial predisposición a contactar con el diablo y a satisfacer sus deseos, sean estos del tipo que sean.
Clérigos viejos y enclaustrados o reyes jóvenes y vigorosos, tribunales eclesiásticos o comunidades de aldeanos, cazadores de brujas profesionales y otros amateurs, los cazadores de brujas siempre han necesitado muy poco para acusar y condenar. Una de las acusaciones más típicas contra las brujas, por absurda que nos pueda parecer ahora, era la de convocar tormentas y malos vientos para hundir barcos o hacerlos desviarse de sus rutas. El caso de las brujas de Vardø, en Noruega, tuvo lugar a principios del siglo XVII y en él se acusó y condenó a casi un centenar de mujeres de provocar unas tormentas que causaron el naufragio de numerosos barcos y la muerte de cuarenta hombres (hace un tiempo se reseñó en esta página la novela Vardø. La isla de las mujeres, inspirada en esos hechos). Marion Gibson se entretiene en explicar una de las pruebas a las que se solía someter a las acusadas de brujería: la ordalía del baño. Consistía en arrojarlas a las heladas aguas marinas para comprobar si la acusada se hundía o flotaba. El mar, creación divina por excelencia, jamás admitiría en su seno a una bruja y la expulsaría, de modo que si la acusada se hundía (y, cosa más que probable, moría ahogada) era declarada inocente, y si se quedaba en la superficie y sobrevivía, culpable. No menciona la autora que esta ordalía se remonta a los tiempos del Código de Hammurabi: cuando no había más pruebas que una acusación de palabra, a los acusados de hechicería (y también a los de adulterio) se los lanzaba al río, al Éufrates sin duda, atados a una piedra; si sobrevivían quedaban absueltos de culpa, y si morían eran tomados por culpables. (El recurso de los babilonios parece, dentro de la barbarie, bastante más razonable que el de los cazadores de brujas católicos).
Los juicios que menciona el libro son prueba de con qué facilidad y frecuencia en los juicios de brujas se llevaban a cabo torturas (previas a la condena y también posteriores, para obtener delaciones) y quemas en la hoguera. Bajo tortura y sin esperanza de salvación, las condenadas confesaban cualquier cosa que les dijeran; los documentos y archivos históricos revisados por Gibson están plagados de confesiones a cuál más disparatada. El viaje nos lleva por la vieja Europa de los siglos XVII y XVIII, pero también por África y por la América colonial (los famosos juicios de las brujas de Salem, en Massachusetts, a finales del XVII). Se percibe en ese peregrinaje de juicio en juicio y condena en condena, cómo la tipología de las acusaciones ha ido evolucionando con el tiempo, a la par que el propio concepto de bruja. La evolución de lo uno y lo otro van de la mano con las diferentes leyes contra la brujería que han ido dictando los gobiernos, cuya casuística a menudo ha quedado anticuada y sin embargo se han seguido usando pese a estar trasnochadas. Es curioso el caso de Montague Summers, predicador inglés de la primera mitad del siglo XX, homosexual (condición esta penada en su país en aquel tiempo) y acusado de pederasta, con un pasado algo turbio, que se convirtió en paladín de la caza de brujas; o el de, ya en el siglo XXI, Stormy Daniels (quizá este caso esté un poco traído por los pelos por la autora), amante de Donald Trump, rebelde religiosa, activista de la libertad sexual y con reputación de lectora de tarot, médium e investigadora de fenómenos paranormales, quien también fue llevada a juicio.
Libro interesante y reivindicativo; merece la pena echarle un ojo.
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Marion Gibson, Brujería. Una historia en trece juicios. Traducción de Victoria León. Madrid, editorial Siruela, 2024, 388 páginas.
APV
Interesante.
Señalar que la tortura era en realidad el método de interrogatorio habitual en aquella época en las causas criminales, fuese brujería o no.
Revisado Malin Matsdotter el índice, no veo que cite el caso de los juicios de Katarina (y la ejecución de Malin Matsdotter), porque ahí se acabaron por volver las tornas, la caza de brujas terminó en Suecia y los testigos terminaron juzgados por perjurio e incluso varios fueron ejecutados.
cavilius
Leí el libro hace ya un tiempo, pero en efecto no recuerdo que mencionara el caso de Malin Matsdotter. El libro es selectivo, y la selección es arbitraria y discutible, desde luego.