CARNICERO – Joyce Carol Oates

«Con calma, volví a introducir la aguja de cobre al rojo vivo en el oído (derecho), hallé cierta resistencia al toparme con el tímpano y apreté con mucha precisión. Repetí el procedimiento en el oído izquierdo, esta vez noté carne quemada, chisporroteante, esperaba que Gretel no se diera cuenta».

Todo está en los griegos, ya lo decía Goethe, o Nietzsche, o Byron, o ninguno de ellos en especial y todos en general. Bueno, pero «¿qué han hecho los griegos por nosotros?», preguntarían los Monty Python. Sí, nos han dado la democracia, la lógica, la filosofía, los Juegos Olímpicos, el teatro, la letra «y»… pero aparte de eso, ¿qué han hecho por nosotros? Bueno, pues muchas otras cosas. Si la pregunta se la hicieran a una mujer, tal vez diría que sí, que han hecho muchas cosas, y puede que la mayoría buenas, pero también algunas bastante malas. Y si esa mujer hubiera leído a Aristóteles, diría que él en especial dejó escritas unas cuantas barbaridades que han ocasionado después bastante daño. Daño a las mujeres. A ver, ubiquémonos.

Aristóteles, o alguno de sus discípulos, que en cuestión de la autoría de las obras del estagirita no siempre es fácil saber si son de su puño y letra, o dictadas, o apuntes de sus clases, o qué, dejó escrito en sus textos sobre los animales que la mujer está, por decirlo con suavidad, algunos pasos por detrás del hombre, no ya en asuntos intelectuales sino incluso en los fisiológicos. Al hilo de esta manera de pensar, decía Aristóteles que el útero femenino es el origen de muchos de los males que aquejan a las mujeres, tales como ansiedad, sofocos, alteraciones del comportamiento, depresión… El útero puede llegar a «vagar» por el interior del cuerpo provocando disfunciones y enfermedades. Una mujer lectora de Aristóteles condenaría a la hoguera los textos del estagirita por propagar tales sandeces, pero haría mal (o no del todo bien) puesto que las sandeces en cuestión no son originales de Aristóteles. ¿Quién se ha leído el Timeo de Platón a estas alturas de la historia humana, en que la inteligencia artificial suple el esfuerzo de casi todas nuestras neuronas? Nadie, ¿verdad? Pues si alguien, la mujer lectora, por ejemplo, lo hiciera, encontraría allí la afirmación siguiente (más o menos): el útero, deseoso de procrear, se irrita y enfurece cuando no es fertilizado y, errante por todo el cuerpo, va obstruyendo conductos, provocando carencias y causando enfermedades. A la hoguera con Platón también. Pero un momento: que no fue Platón el único que decía esto, que los tratados hipocráticos también se hacen eco de estas elucubraciones uterinas. De modo que al fuego con Hipócrates. ¿Alguien más? Pues sí: ¿de dónde sacaría Platón, e Hipócrates ya puestos, esas ocurrencias sobre el comportamiento del cuerpo femenino? De la tierra de las pirámides y la arena entre los dedos de los pies. El texto egipcio sobre medicina más antiguo que se conserva, los papiros de Kahun (o Lahun), escrito hace casi cuarenta siglos, ya sugiere que las sustancias uterinas van y vienen por el interior del cuerpo femenino como si fueran Sócrates paseando por el ágora de Atenas. De modo que hasta los egipcios se remonta el cúmulo de disparates soltados en torno al útero y sus erráticos paseos; la hoguera de las vanidades habrá de ser muy grande para echar ahí tanta incultura y tanta falsedad.

Pero estábamos tratando de ubicarnos: quizá traiga un poco de luz a toda esta cuestión saber cómo llamaban los griegos, cuyas palabras tan útiles han sido en la posteridad para bautizar desde insectos hasta enfermedades o estudios universitarios, cómo llamaban ellos, pues, al útero: ὑστέρα, es decir, hystéra. Suena mucho a «histeria», ¿verdad? Claro, como que deriva de ahí. ¿Qué quiere decir eso? Fácil: que los trastornos de comportamiento que con gran generosidad y sin un ápice de precisión incluimos bajo el término de “histeria”, son los mismos que nuestros amigos griegos (y egipcios) incluían bajo su curiosa acepción de «útero errante». La histeria es el mal que tiene su origen en la hystéra: tiene sentido, ¿no? Y lo que es más importante: es un mal, salvo operaciones quirúrgicas, exclusivamente femenino. La histeria es la enfermedad de la mujer. Qué le vamos a hacer.

¿Y qué tiene todo esto que ver con nada? Con nada no, pero sí con la novela que ha escrito recientemente la octogenaria escritora neoyorkina Joyce Carol Oates: Carnicero. En ella hace un ejercicio de recreación de unos hechos que quizá no sucedieron como ella los cuenta, pero seguro que por ahí anduvo la cosa. El primer párrafo es harto ilustrativo sobre el objeto de la novela:

Por la presente, hete aquí una biografía que recoge diversas voces, principalmente, la de mi difunto padre, el doctor Silas Aloysius Weir (1812-1888), quien fuera durante treinta y cinco años director del Manicomio Estatal de Lunáticas de Trenton, en Nueva Jersey, y, por consenso entre sus colegas médicos, cirujanos y psiquiatras, «padre de la ginopsiquiatría», véase, la psiquiatría especializada en la mujer.

Analicemos estas líneas: están redactadas por el hijo del mencionado doctor Weir, Jonathan Weir, quien ha editado los diarios y anotaciones biográficas y profesionales de su padre, ha incluido algunos testimonios extraídos de otros textos y lo ha publicado todo en un único volumen. Naturalmente, se trata del recurso literario de que se vale Carol Oates para contar esta historia, una historia inventada pero muy inspirada en varios personajes reales: el doctor J. Marion Sims, el doctor (no el actor) Silas Weir Mitchell y el doctor (no el golfista) Henry Cotton. Hala, a buscarlos en la Wikipedia. Los tres vivieron en el siglo XIX o principios del XX, los tres trataron a las mujeres, enfermas o no, como una especie de conejillos de indias. Los tres seguramente estaban al tanto de lo que Aristóteles, sus discípulos, Platón, Hipócrates, los antiguos egipcios y otros muchos que leyeron a todos estos a lo largo de los siglos, afirmaban sobre el útero, la histeria y las mujeres. Y los tres tienen seguramente alguna cuenta pendiente que saldar con el género femenino.

Silas Aloysius Weir, un tipo apocado y de escaso atractivo personal y social, llega a convertirse en el director de un centro en New Jersey que acoge a mujeres que o bien no tienen cura, o bien si la tienen esta se ha de encontrar a base de experimentar y de operaciones quirúrgicas. Estas mujeres son lunáticas (así se las llama en todo momento y así se llama el propio centro, «manicomio de lunáticas»), padecen trastornos mentales, depresión, locura, en fin: todo un repertorio de síntomas que no son sino manifestaciones de un mal genérico llamado histeria. Y ya hemos descrito un poco de dónde viene eso de «histeria», así que es fácil imaginar por dónde van a ir los experimentos y las operaciones que el doctor Weir llevará a cabo con estas pacientes. La novela expone todo un muestrario de horrores que el propio Weir describe en sus anotaciones con total asepsia y sin la menor sensibilidad. El tratamiento de las fístulas vaginales se convierte en un tema recurrente y casi obsesivo para el doctor, quien en sus intervenciones quirúrgicas cuenta con la ayuda resignada de una enfermera y una de las enfermas, una muchacha albina sordomuda que también, como todas las lunáticas del centro, ha sentido las manos de Weir en (el interior de) su cuerpo.

La autora no se recrea en absoluto en lo morboso, macabro, delirante y a menudo repulsivo de las actividades quirúrgicas de Weir. Estas son relatadas con las propias palabras del doctor en un tono aséptico, neutral, descriptivo, casi paisajístico, que es como se escribe la ciencia; sin sensiblerías, sin remordimientos, sin sentimientos. Dedica varias páginas, por ejemplo, a la espeluznante intervención de un labio leporino, con incisiones a ojo en labios, paladar, encía… En cuanto a la anestesia (morfina, cloroformo recién descubierto en la época), ¿para qué, si las lunáticas no se enteran de nada? El doctor las ejecuta (me refiero a sus actividades, no a las mujeres, que también) en tanto que profesional que sabe en todo momento lo que hace, y si no lo sabe ya lo aprenderá a base del método más viejo que conoce cualquier investigador: ensayo y error.

Si viene bien cortar un brazo, una lengua, perforar unos tímpanos o cualquier otro tipo de atrocidad para intentar curar a esas pobres histéricas, no hay que andarse con remilgos. Que para eso el Carnicero Manos Rojas, como pronto le apodan sus queridas pacientes, es médico. Y esas pacientes, lunáticas que están en el centro, mujeres, sí, personas, seres vivos incluso, pero lunáticas al fin y al cabo, son carne de cañón, indistinguibles unas de otras. Y a veces hay errores, claro, es inevitable y totalmente comprensible. Tras operar a una de las lunáticas, y mejor no entrar en detalles sobre dicha operación, Weir reconoce que ha cometido un lapsus:

No tenía intención de explicarle a mi auxiliar que me había confundido de paciente, pues se parecían tanto, como la mayoría de las lunáticas de cierta edad, ya perdido el atractivo de la juventud, que casi no las distinguía.

No conviene extenderse más, aunque sí vale la pena decir un par de cosas sobre la novela. No se trata de una novela gore ni mucho menos. De hecho, ojalá lo fuera, si eso quisiera decir que los horrores descritos en ella son fruto de la imaginación de la autora. Pero la realidad es más cruda. Hurgar en los úteros con instrumental médico inadecuado, extirpar fístulas vesicovaginales sin ninguna precaución y a ojo de buen cubero, arrancar uno a uno los dientes de una encía sanguinolenta y sin anestesia… En el mundo estas monstruosidades se han producido sin duda; actos sádicos se los mire como se los mire, llevados a cabo por personas obnubiladas que, creyéndose benefactores e incluso genios, piensan que están haciendo el bien, tal vez no a corto plazo al paciente en cuestión, pero sí a la larga a la humanidad entera. Este es el caso de Aloysius Weir. Tampoco creamos que la novela tiene como objetivo exponer una colección de truculencias: Carol Oates es demasiado buena escritora como para eso. La novela contiene una historia: el drama de una familia cuya cabeza, Weir, vive en su mundo, y uno de cuyos hijos, Jonathan, es consciente poco a poco de quién es en realidad su padre; y el drama, sobre todo, de las pacientes, mujeres todas ellas, y sobre todo de Brigit Kinealy y Gretel, testigos mudos del horror.

Joyce Carol Oates ha publicado más de una cuarentena de novelas y de libros de cuentos, ganado infinidad de premios (entre ellos el National Book Award y el Bram Stoker Award), ha sido finalista cuatro veces al Pulitzer y su nombre aparece a menudo en las quinielas del premio Nobel de Literatura. Carnicero es un empujoncito más en esa dilatadísima carrera. No hace falta decir nada más: hay que leer esta novela.

*****

Joyce Carol Oates, Carnicero, traducción de Núria Molines Galarza. Madrid, Alfaguara, 2024, 418 páginas.

10 Comentarios

  1. Al leer la reseña, lo primero que se me ha venido a la cabeza es la excelente novela de Victoria Mas titulado «El baile de las locas», que trata, más o menos, de un asunto parecido, igualmente terrible, pero en la Francia decimonónica. Por desgracia no me he leído nada de esta autora, aunque gracias a tu reseña tendré que hacer un «esfuerzo» y leerle esta novela que tan bien nos presentas. Gracias. ;-)

  2. Pues mira, Cavi, yo prefiero leer cosas de Aristóteles o de Platón, aunque acabe deseándoles la reencarnación en una mujer de su tiempo. Pero este tipo de libros me ponen los pelos de punta. Precisamente porque esas monstruosidades se han producido, tal vez por la asepsia o la racionalidad con que ejecutaban. Gracias, pero no. Tu reseña es estupenda, como siempre (aunque casi paso de ella al leer la primera cita).

  3. Precisamente este verano voy a leer «Babysitter» novela de la autora publicada en 2022 y que tengo pendiente de meterle mano… Me han hablado muy bien de esta novelista hasta cuatro veces finalista del Pulitzer.

  4. Los griegos, los egipcios, los revolucionarios franceses de 1792 que guillotinaron a sus vecinos, los pioneros del salvaje oeste que masacraron a los indios y nosotros mismos, que mejor no hablar, somos hijos cada uno de nuestro tiempo, y nuestro sentido común no es más que la suma de los prejuicios de nuestras respectivas épocas (esta última frase no es mía). Quien más y quien menos estamos por desgracia cauterizados e insensibilizados ante los horrores que el ser humano puede causar a sus propios congéneres, hombres, mujeres y niños, como los griegos, los egipcios y la humanidad entera a lo largo de siglos lo estaba ante muchas barbaridades, entre ellas el pensar que la mujer es un ser inferior. Yo diría que esta novela pretende llamar la atención sobre eso, más que sobre las truculentas y escalofriantes actividades que el protagonista lleva a cabo sobre sus víctimas, a quienes pretendía hacer un bien sin anestesia y en aras del progreso de la ciencia médica.

    Y todo esto no sé yo ahora a qué venía…

  5. Cavi, excelente reseña como nos tienes acostumbrados pero, estoy con Valeria, que tengo yo la piel muy fina para leer algo así ahora.

  6. Por supuesto, que cada cual lea lo que le apetezca. Faltaría más.

  7. A mi me pasó hace unos días que comencé a leer un manga de corte histórico titulado: «Tierra, sangre y conocimiento», que trata acerca del tema del Heliocentrismo en la Polonia del siglo XV, y tuve que dejarlo porque el mangaka era a veces demasiado explicito en los dibujos con respecto a la persecución y torturas que hacia la Inquisición de la época hacia los supuestos «herejes» que defendían ese sistema astronómico: arrancar uñas, quemar vivos a la gente, meterles en la boca una especie de pera que se van abriendo poco a poco y te revientan la mandíbula… y asi. Se regodeaba bastante en estas imágenes. Y, aunque pueda ser verídico, también era demasiado desagradable y por eso lo dejé. Y eso que he leído cosas truculentas a lo largo de mi vida, pero esta en concreto me superó.

  8. Al margen de truculencias y horrores, en los que, ya digo, la autora no se recrea en absoluto, simplemente los describe, el estilo de Joyce Carol Oates me ha convencido. Tengo en casa otra de sus novelas, La hija del sepulturero, y la leeré un verano de estos.

  9. ¡Qué recuerdos tengo de esta última que nombras! Y no porque la haya leído sino porque me trae recuerdo de la turra que me dieron en su tiempo las usuarias seniors del servicio de Telebiblioteca que hacían cola para pedirla y como solo había un ejemplar se daban de tortas por leerla. Más de una bronca me llevaba entonces por culpa de La hija del sepulturero, me ponían de acaparador para arriba. XD Aunque ahora, viéndolo con perpectiva, me alegro por ellas, por el ansia de leer que tenían estas señoras.

  10. Joyce Carol Oates es una pedazo escritora. Yo leí de ella Violación. Una historia de amor, y es absolutamente impactante. En cuanto pueda sigo con más cosas suyas.

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