Conquisté la ciudad. Abatí a 800 tropas de combate con la espada y les corté la cabeza. Capturé vivos a muchos soldados. Al resto los quemé. Me llevé valiosos tributos. Levanté un montículo de hombres vivos y de cabezas ante su puerta. Empalé en estacas a 700 soldados ante su puerta. Arrasé, destruí y convertí la ciudad en una colina de escombros. Quemé a sus muchachos y muchachas adolescentes.
Asurnasirpal II, inscripción del monolito de Kurk, siglo IX a.C.
¿Después del caos viene el resurgimiento o hay que aprender a vivir entre despojos? Hoy en día estamos familiarizados con los escenarios postapocalípticos gracias a la imaginación de novelistas y cineastas: paisajes áridos y desérticos, ciudades en ruinas, forajidos peligrosos que en el fondo solo pretenden sobrevivir al desastre, condiciones medioambientales terriblemente crudas… Por suerte, todo eso es ficción. Pero no siempre lo ha sido.
En el libro 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó, publicado en 2014, el arqueólogo Eric H. Cline retrató el mundo en el levante mediterráneo de finales del siglo XIII y principios del XII a.C. con tintes apocalípticos: no es para menos, porque en ese período de tiempo se produjo, tal y como reza el subtítulo de la obra, un derrumbe de las civilizaciones que se asomaban al mar y de las que quedaban más al interior. Micénicos, reinos costeros anatolios, ciudades y territorios a lo largo de toda la franja siria… Incluso el poderoso imperio hitita llegó a su fin en torno a esas fechas, tal vez un poco antes. Solo el Egipto milenario pudo resistir al colapso y la destrucción. ¿Cuál fue la causa de semejante catástrofe? Tradicionalmente se culpaba a los Pueblos del Mar, un conjunto de pueblos venidos de no se sabe bien dónde, que destruyeron todo a su paso en su peregrinar por tierra y mar hasta toparse con el poderío militar de Egipto, que los derrotó. Hoy en día, en cambio, se tiende a eximir de culpa a estos pueblos tjeker, shekelesh, lukka, peleset, ekwesh, etc. (hasta nueve se han podido identificar) y a convertirlos de responsables en víctimas del colapso. Otras posibles causas podrían ser una sequía pertinaz, que desembocaría en escasez de alimentos y hambrunas; movimientos sísmicos, a los cuales siempre ha sido proclive la zona, que provocarían el derrumbe de los palacios y fortalezas y la destrucción de las ciudades; conflictos civiles internos que desencadenarían el desmoronamiento de los núcleos de poder… O todo eso a la vez, que es la teoría que proponía y defendía Eric H. Cline en aquel libro.
Unos años después el arqueólogo norteamericano ha retomado el tema y ha escrito lo que podríamos llamar su secuela natural. El mundo se derrumbó, sí, pero la vida continuó: por tanto, tiene sentido preguntarse cómo se produjo esa supervivencia. Esa es la cuestión que trata de responder en Después de 1177 a.C. La supervivencia de las civilizaciones. En esta obra, del mismo modo que en la anterior, Cline recorre una a una las diferentes regiones que se vieron afectadas por el colapso, para dilucidar de qué forma siguieron habitadas por grupos humanos, si es que tal cosa fue posible, abriendo un abanico temporal desde el siglo XII hasta el VIII a.C. Y la conclusión es que la supervivencia se realizó de una manera desigual:
«En general el período que abarca desde el siglo XII hasta el X a.C. fue testigo de la disminución de la población, abandono de las ciudades, violencia, probables migraciones, colapso de las rutas comerciales, enfermedades, muertes precoces, caída de la producción económica, niveles de vida más bajos y la pérdida o reducción de habilidades avanzadas… (…) En cambio, el período que va del inicio del siglo IX a.C. en adelante vio muchas de estas tendencias invertidas. Al llegar a la segunda mitad del siglo VIII a.C., vemos nueva vida y nuevas innovaciones en muchas zonas, y un mundo completamente interconectado empieza a tomar forma de nuevo por primera vez en varios siglos».
En un acercamiento superficial podría parecer que Egipto resultó ser el gran superviviente del colapso. En cierto modo así fue, pero las pruebas, dice Cline, demuestran que también vivió tiempos de hambruna, crisis política y económica. Pérdida de territorios, saqueos de tumbas reales (lo cual es señal de escasez de recursos económicos para subsistir), conflictos dinásticos… En pocas décadas Egipto perdió el control de la región costera de Levante en beneficio de algunos de los integrantes de los Pueblos del Mar, que se instalaron en Canaán. Pero el empuje de la tribu de los israelitas (bien ejerciendo la violencia, como dice la Biblia, o bien tras una transición y pacífica integración) arrebató la preeminencia a uno de esos pueblos, los que mejor y en mayor número se habían acomodado en la zona: los peleset o filisteos. No muchas décadas después del colapso, el recién nacido reino de Israel pasó a ostentar el poder en la región, aunque otros reinos vieron también la luz en la región levantina: Judá, Edom, Amón y Moab.
Cline se aventura también en territorios más orientales, en Asiria y Babilonia, donde el colapso apenas se había notado. Asirios y babilonios padecieron igualmente períodos de hambruna, sequía y escasez de grano, pero fueron quienes mejor capearon el temporal después de la crisis. Sufrieron asimismo el incordio que suponían las incursiones de los ahlamu, pueblos nómadas que se vieron, ellos sí, seriamente afectados por el cambio climático y las nuevas condiciones ambientales: ausencia de lluvias, sequía, etc. La historia de la humanidad depara sorpresas inesperadas de tanto en tanto y una de ellas es sin duda la expansión del arameo, la lengua que hablaban estas tribus de ahlamu, marginales aunque numerosas, gracias paradójicamente a los reyes asirios que las combatieron, hasta llegar a convertirse en la lengua franca empleada en todo Oriente Medio.
Cline se entretiene en mencionar numerosos reyes y dirigentes de aquellos años de incerteza y dificultad: el semidesconocido faraón Shesonq, Nabucodonosor de Babilonia, David de Israel (¿existió realmente? Cline menciona la única prueba arqueológica hallada hasta el momento fuera del contexto de la Biblia), Tiglat-Pileser de Asiria («rey legítimo, rey del universo, rey de Asiria, rey de las cuatro partes del mundo, el que acorrala a los criminales, joven valiente, hombre poderoso e implacable…»)… Todos ellos gobernantes implacables que se abrieron paso ante la adversidad dejando tras de sí escenas de sangre, muerte y destrucción.
En cuanto a otras culturas con un vínculo marítimo importante, el autor analiza el caso de los fenicios y de la isla de Chipre. Estas dos civilizaciones encarnan, dice Cline, el novedoso concepto de «antifrágil», el cual remarca la existencia de elementos que son capaces no solo de resistir sino de salir beneficiados y progresar en tiempos de caos. Los fenicios, nombre que recibieron mucho más adelante (si ellos usaban para sí mismos algún término común que los englobara, probablemente fue el de cananeos), sobrevivieron al colapso y se beneficiaron de la caída de la comercial Ugarit y de otros enclaves portuarios para hacerse con el control de las rutas comerciales. En cuanto a la «isla del cobre», Chipre destacó en la explotación del hierro, mineral que sustituyó al bronce seguramente no por casualidad o por un avance en los modos de producción, sino por motivos económicos, debido a la dificultad de obtener el estaño necesario para la aleación de bronce.
Por supuesto, también dedica Cline sendos capítulos a dos de los centros de poder más importantes, con el permiso de Egipto. Los reinos micénicos en su inmensa mayoría toparon con sus huesos en el suelo: palacios incendiados y ciudades destruidas dieron paso a una cierta supervivencia sobre los restos, y añade el autor que, con la posible excepción de Tirinto, parece que solo hubo ocupantes intrusos viviendo entre las ruinas sin intención alguna de reconstruir nada. En cuanto al reino de los hititas, la poderosa y centralizada estructura gubernamental se desmoronó por completo y los numerosos territorios vasallos quedaron descabezados y huérfanos; la vida continuó en ellos a su suerte, y se formaron algunos estados residuales que tuvieron mayor o menor fortuna en su andadura.
Al igual que en su predecesor, Después de 1177 a.C. mantiene a lo largo de todas sus páginas un tono que podríamos definir como eminentemente arqueológico. Sin embargo, la lectura no es técnica sino todo lo contrario, cómoda y amena. El autor se refiere a menudo a hallazgos desconocidos para el gran público y expone teorías de diferentes investigadores y colegas, opiniones, versiones y tendencias, no casándose en general con ninguna de ellas. Se repite una y otra vez el concepto de resiliencia, el cual se ajusta de manera perfecta a la mentalidad que debieron de tener quienes fueron capaces de sobrevivir al colapso. Pese a las casi 450 páginas, el texto del libro se queda en apenas unas 280; el resto lo componen unas 60 páginas de notas y más de 80 páginas de bibliografía, el doble que en el libro anterior.
Un libro de lectura entretenida, casi podría decirse que necesaria, esperado en especial por los lectores de 1177 a.C., quienes se quedaron al borde del abismo que supuso el colapso del final de la edad del Bronce. En Después de 1177 a.C. comprobamos que tras el desmoronamiento del mundo, la vida siguió adelante.
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Eric H. Cline, Después de 1177 a.C. La supervivencia de las civilizaciones. Traducción de Silvia Furió. Barcelona, editorial Crítica, 2025, 448 páginas.
Farsalia
Un estupendo libro que leí cuando salió en el mercado anglosajón, bien por la reseña. Aún tengo pendiente la edición revisada del libro anterior, que salió en época de la pandemia, y en la que Cline matizó/amplió algunos capítulos con nuevas evidencias.
Iñigo
Pues habiendo leído el original de 2014 no te digo que no me vaya a hacer con éste que hoy reseñas. Aquel me gustó mucho en su momento. Buena reseña.
cavilius
Gracias. Es un libro que se lee muy bien, pese a lo que quizá pueda parecer. Cline sabe divulgar sin bajar las revoluciones.
APV
Cline sacó un libro el año pasado sobre las cartas de Amarna, su descubrimiento y las relaciones diplomáticas de Oriente Próximo.
Por cierto estaría bien que alguien publicase un libro sobre el colapso anterior, y su recuperación, por eso de las situaciones cíclicas.