EL MUNDO QUE FORJÓ LA PESTE – James Belich

"El mundo que forjó la peste" de James Belich

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EL MUNDO QUE FORJÓ LA PESTE – James Belich

EL MUNDO QUE FORJÓ LA PESTE – James Belich

No abundan las ocasiones, más bien todo lo contrario, en que te hallas con un libro que, ya sin incluso haberlo terminado y a lo largo de su lectura, te dices a ti mismo: «esto es bueno… muy bueno». Un libro que, por supuesto, no te deja indiferente y su desarrollo te anima a seguir leyendo; no un libro de lectura facilona, sino de aquellos que requieren de tu atención. Y no porque lo que lees sea denso o complicado de leer, sino porque te das cuenta de que ahí, en esas páginas, hay mucho más de lo que parece traslucir su mera lectura. No podemos abarcarlo todo y nuestros intereses y grado de «especialización» incluso lectora son limitados (el día tiene 24 horas y la vida te da menos de lo que quisieras), pero las alforjas que has ido llenando a lo largo de los años acumulan muchas lecturas que valen la pena, una vez desechadas aquellas que cumplieron (o no), pero que no vas a volver a transitar. Con el tiempo, y tu esfuerzo, acicateado por la curiosidad, al fondo de esas alforjas quedan obras que van a perdurar; en el caso de la monografías y los ensayos históricos, aquellos que van a marcar un antes y un después, y eso probablemente no lo veas en vida, o quizá no llegues a tener la perspectiva para poder afirmarlo con buen criterio. Pero, sospechándolo mientras lo lees y certificándolo cuando lo has terminado, este libro, El mundo que forjó la peste de James Belich, va a ser de esos de referencia; pero referencia de verdad, esa que se mantiene durante décadas y, en algunos casos, siglos.

No voy a entrar en mucho detalle en esta reseña: palabrería al margen, serán apenas unas coordenadas e impresiones someras que sirvan como estímulo a lectores curiosos. Pero sí creo, y no me resisto a aseverarlo e incluso a tirarme a la piscina sin calibrar el volumen de agua que contiene, que estamos ante una de esas obras que son hitos en la historiografía: del mismo modo que El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II de Fernand Braudel (1949, en 2 vols.) y Cataluña en la época moderna: investigaciones sobre los fundamentos económicos de las estructuras nacionales (1962, en 3 vols.), por mencionar dos obrones que han marcado tendencia en el ámbito que va más allá de la Baja Edad Media y los siglos modernos –podríamos añadir El moderno sistema mundial de Immanuel Wallerstein (1974-2011, en 4 vols.)–, algo en lo que, con el tiempo, esperamos confirmar que ha hecho Belich. Pues su libro toma la peste negra (especialmente a mediados del siglo XIV, con réplicas en décadas e incluso siglos posteriores de diversa intensidad) como «excusa» para mostrar el mundo que surgió, o se forjó, de tan inmensa mortandad, y cómo, aunque a menudo lo circunscribamos a Europa, sus consecuencias fueron de ámbito mundial. Pues, con Europa en horas bajas –o en ese inmenso páramo inhabitable que dejó la peste según la ucronía planteada por Kim Stanley Robinso en Tiempos de arroz y sal (2002), trasladándose la iniciativa al mundo islámico y chino en un recorrido de seis siglos–, otros espacios, e incluso imperios, pudieron aprovechar el «vacío», por llamarlo de alguna manera, temporal que dejaron los reinos cristianos europeos y cambiar el curso de la historia.

Y es que la peste negra fue una de las catástrofes más devastadoras que ha sufrido la humanidad a lo largo de su historia. No conocemos en detalle el alcance global de una pandemia que en su primera oleada, entre 1345 y 1350, pudo matar a entre un 30 y un 60 % (porcentajes en discusión) de la población de Eurasia occidental, es decir, el continente europeo, el Próximo Oriente y, añadamos, el norte de África (lo que el autor llama el Sur Musulmán). Cómo y dónde se originó sigue siendo materia de discusión entre los historiadores, pero parece descartarse cada vez más la ciudad de Caffa en 1346, asediada por los mongoles, y se apunta a un «paciente cero» mucho más al este, probablemente en China. Del mismo modo, la «gran culpable» de la transmisión, la rata negra (rattus rattus), quizá no fuera la portadora única del bacilo Yersinia pestis –causante de las tres variantes de la peste: bubónica, pulmonar y septicémica–, sino que otros animales, como los jerbos y quién sabe si hasta los camellos, pudieron ser quienes trajeron la enfermedad a lo largo de miles de kilómetros.

Estas son algunas de las tesis que plantea James Belich en un libro contundente y que, sin querer hacer la rima fácil, tampoco dejará al lector indiferente. Y lo hace en una primera parte, en la que, situado entre los autores revisionistas con evidencias, debate en medio de la pugna entre bubonistas y antibubonistas, y plantea que la peste de mediados del siglo XIV fue una primera oleada, quizá la más mortífera, pero que tuvo hasta 30 rebrotes en los cuatro siglos siguientes, llegando incluso alguno de ellos hasta una fecha tan «cercana» como 1840; apenas ocho décadas antes de la mal llamada «gripe española», la otra gran asesina en serie que consideraríamos la última gran epidemia si no fuera por el Covid-19. Los efectos de la peste negra, pues, fueron asoladores; pero, por paradójico que parezca, también fueron una ventana de oportunidad, al menos en el siglo y medio posterior –una pequeña «edad dorada» según el autor–, cuando salarios, trabajo, productividad y consumo alcanzaron unos niveles altos para los supervivientes de la gran catástrofe. Una primera parte, además, que puede confrontarse (y el autor lo hace a lo largo de la misma, tanto en texto como en notas) con estudios especializados sobre la plaga fatal como el recientemente reeditado estudio de Ole J. Benedictow La Peste Negra, 1346-1353. La historia completa (Akal), entre otros muchos más; el debate que plantea Belich al respecto de una u otra tendencia historiográfica sobre el origen y alcance de la peste negra, así como la pugna mencionada entre bubonistas y antibubonistas, hará las delicias de los más cafeteros.

Y no solo esto: la peste dio paso a una serie de avances tecnológicos que alumbraron el mundo moderno, como se plantea en la segunda parte del libro. Puede parecer «inhumano», comenta Belich, pero en esos 150 años hubo más tierras para los que no tenían, aumentaron los salarios, se inventaron/perfeccionaron los molinos de viento, se pusieron las bases que crearon los grandes galeones, se expandió el uso de las armas de fuego gracias a la pólvora, se publicó en masa por medio de la imprenta, o incluso hubo un boom en la producción y consumo de gafas (entonces anteojos), algo realmente curioso. Se creó lo que Belich llama el «kit de la expansión» que a estos inventos y su experiencia se añade una fuerza de trabajo migrante («tripulante», es la palabra utilizada) que permitió que Europa se lanzara a la conquista y dominación del mundo en los siglos modernos. Cómo fue la recuperación de la peste en diversos escenarios de Eurasia occidental y por qué fueron los europeos los que a la postre avanzaron a chinos e indios, quienes partían la pana hasta 1800, es el núcleo del libro en las partes tercera y cuarta, y deja al lector con la boca abierta.

La tesis es ambiciosa y el ámbito enorme –por qué el Imperio otomano no acabó por «triunfar», el rol de los genoveses en la península ibérica como catalizadores de la expansión atlántica o el papel jugado por los neerlandeses en busca de cereales y especialmente madera en Europa oriental constituyen, entre otros, capítulos muy interesantes en el tercer bloque del volumen–; y la forma de historia global se acaba imponiendo en un libro que muestra que en la respuesta a la pregunta «¿por qué Europa», que se plantea cuando se habla de la [Cuarta] Gran Divergencia, convendría añadir a la peste negra como una de las variables, y quizá no la menor, que explique cómo se produjo ese cambio. A la postre, la Revolución Industrial en Reino Unido –y cuestiones sobre el éxito de la industria textil que se explican en detalle con la fórmula  «copiar Bengala en Lancashire»–, junto con la imponente marina británica y una diplomacia de cañonero a finales del siglo XVIII, (de)muestran que en esa Gran Divergencia los británicos acabaron por llevarse el gato al agua en los albores del Ochocientos, anticipando la era imperialista de ese «largo siglo XIX» que definiera Eric Hobsbawm. Sin duda, Belich ha elaborado un libro con todos los alicientes para ser un hito de la historiografía, décadas mediante.

Y pensar que todo empezó con un bichito que ratas y jerbos transportaron de una punta a otra del continente euroasiático…

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James Belich, El mundo que forjó la peste, traducción de Ricardo García Herrero. Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2025, 752 páginas + 8 a color.

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