LA ÚLTIMA DINASTÍA. EL ANTIGUO EGIPTO DESDE ALEJANDRO MAGNO HASTA CLEOPATRA – Toby Wilkinson

"La última dinastía. El antiguo Egipto desde Alejandro Magno hasta Cleopatra" de Toby Wilkinson

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LA ÚLTIMA DINASTÍA. EL ANTIGUO EGIPTO DESDE ALEJANDRO MAGNO HASTA CLEOPATRA – Toby Wilkinson

LA ÚLTIMA DINASTÍA. EL ANTIGUO EGIPTO DESDE ALEJANDRO MAGNO HASTA CLEOPATRA – Toby Wilkinson

«En Egipto tienen todo lo que existe o se fabrica en cualquier lugar del amplio mundo: riquezas, deportes, poder, clima excelente, fama, monumentos, filósofos, oro, jóvenes, un santuario de los dioses hermanos, un rey ilustrado, el Museion, vino… ¡y mujeres!». Herondas, Mimos I 25, siglo III a.C.

Digámoslo cuanto antes: el último libro del egiptólogo Toby Wilkinson dedicado a los faraones de la dinastía ptolemaica es una delicia. El reto era difícil: tratar de explicar de manera clara en unos cientos de páginas los vaivenes de una de las sagas de reyes y reinas más convulsas de la antigüedad, que nació de la nada por el capricho de un guardaespaldas de Alejandro Magno de gobernar el país del Nilo, y se extinguió trescientos años después con la mordedura de un áspid. Magnífico trabajo el de Wilkinson, no se puede decir otra cosa.

Asentado esto, poco más se puede añadir salvo glosar en qué consiste esa magnificencia, para que el público lector se haga una idea más cabal de lo que va a encontrar en las páginas de La última dinastía. Hacía tiempo que los ptolomeos no aparecían por Hislibris; en realidad no lo han hecho muy a menudo. Hace una década y media se reseñaba la novela del inglés Duncan Sprott La casa del águila, primera entrega de una tetralogía que se quedó en la mitad: la mencionada y La casa del cocodrilo. Y un lustro atrás comentábamos otra novela, Nunca fuimos dioses de Olga Romay Pereira. Nada más. Así que ya era hora de volver a hablar de los Sóter, los Evergetes, los Filopátor y compañía. Y qué mejor que hacerlo de la mano del arqueólogo, egiptólogo y divulgador inglés Toby Wilkinson, quien ya ha escrito obras de gran calado (algunas reseñadas por aquí: Origen del Antiguo Egipto o A World Beneath the Sands); con La última dinastía continúa ese nivel de exigencia a sí mismo como autor, lo cual repercute en beneficio de los lectores que disfrutamos de sus libros.

Quién le iba a decir al general Ptolomeo hijo del macedonio Lago, cuando salió de Macedonia acompañando a su caudillo Alejandro hacia las tierras de Persia, que se convertiría en somatophylax (guardaespaldas) del rey y, a la muerte de este, en gobernante de uno de los pueblos más ricos, si no el que más, de todo el territorio conquistado por el joven macedonio. Los seis meses que pasó con Alejandro en Egipto bastaron para que Ptolomeo se enamorara de aquel río, aquellas tierras y aquellas gentes, y pasara el resto de su vida deseando volver. Lo hizo cuando Alejandro expiró en Babilonia en el 323 a.C. y sus generales se repartieron el suelo conquistado como si se tratara de un pastel. Ptolomeo lo tuvo claro desde el primer momento: él pidió Egipto. Y sus herederos gobernaron el país del Nilo durante 300 años más.

Y de eso va el libro: del reinado de Ptolomeo y el de sus herederos. En palabras de Wilkinson:

El relato sigue el nacimiento, auge, decadencia y caída del poder ptolemaico desde Alejandro Magno hasta Cleopatra. Está organizado en cuatro partes que se corresponden con las cuatro fases principales de la historia ptolemaica: la edad dorada de los ptolomeos del I al III; una era de transición con los ptolomeos del IV al VI; los años de crisis bajo los ptolomeos del VIII al XI; y el desenlace, bajo los ptolomeos del XII al XV y la gran Cleopatra, con un último fulgor antes de sucumbir al poder de Roma.

En efecto, los reyes de Egipto a partir del primer Ptolomeo se llamaron todos Ptolomeo y fueron hasta quince; en cuanto a Cleopatra («gloria al padre» en griego), la primera fue esposa de Ptolomeo V a finales del siglo III a.C., y «su nombre sería adoptado como talismán por las futuras reinas ptolemaicas, hasta la última», Cleopatra VII, la más famosa de las reinas de la Antigüedad.

Pero el libro no es solo una historia de los ptolomeos: es también, y quizá sobre todo, una historia del Egipto de los tres últimos siglos antes de nuestra era, hasta que fue convertido en provincia romana. Una historia marcada por lo griego, lo cual no deja de ser paradójico: los macedonios en general, y Alejandro en particular, se esforzaron sin descanso por ser considerados griegos, cosa que no les fue fácil (para muchos de los que vivían en las poleis griegas, los macedonios eran salvajes con costumbres propias de bárbaros y con una lengua diferente al griego); y fue gracias a esos macedonios que la cultura griega se expandió hasta los últimos rincones del mundo conquistado por Alejandro, Egipto incluido. El sueño del hijo de Filipo fue siempre la integración de culturas, la fusión entre sus hombres y los nativos habitantes de los pueblos conquistados, o dicho desde la perspectiva de Alejandro, liberados del dominio persa.

Ese sueño en gran medida murió con él, y de sus sucesores tan solo Ptolomeo puso empeño en mantenerlo vivo: en Egipto conservó la administración nativa, los funcionarios, las costumbres y cultos religiosos, y él mismo se esforzó por integrarse en la religiosidad milenaria de los egipcios. Pero sus descendientes fueron olvidando progresivamente la idea de la integración; lo cierto fue que durante todo el período ptolemaico griegos y egipcios convivieron como comunidades separadas. Estos veían la presencia de aquellos en su país como una usurpación, una ocupación a la que debían someterse. Los griegos, por su parte, se convirtieron en la élite gobernante y relegaron a los egipcios a ocupar los escalafones más bajos de la escala social. Aunque respetaron y conservaron los ritos y creencias ancestrales de Egipto, no se rebajaron a conocer su idioma o su sistema de escritura (ni el demótico ni mucho menos el jeroglífico), y trataron a los egipcios con desdén y superioridad, a la cual respondían estos con desprecio y recelo. Durante todo el período la relación entre ambos colectivos, uno sometido y el otro dominante, fue tensa.

El libro de Wilkinson muestra muy bien esa dicotomía del Egipto ptolemaico. Dedica muchas páginas precisamente a exponer cómo vivían unos y otros, entrando a menudo en la intrahistoria, en los hechos de individuos particulares. Pero también, como es lógico, habla de la política internacional de los ptolomeos, de los territorios circundantes que a veces conquistaron  y a veces perdieron (Cirenaica, Chipre, Celesiria). Y de la política interior: merece la pena mencionar la ciudad de Alejandría, que desde Ptolomeo I ya se convirtió en el epicentro del imperio por encima de Tebas o Menfis. Los egipcios la conocieron durante muchas décadas como «el lugar de construcción» debido a las interminables obras que se realizaron en la ciudad: amplias avenidas, edificaciones suntuosas como el Museion, la posterior biblioteca, el faro… Alejandría se convirtió en el centro mundial del saber, aglutinando sabios como Zenódoto, Euclides, Aristarco, Andrónico, Calímaco, Eratóstenes…

Como apunta Wilkinson en la cita de más arriba, tras un período inicial de bonanza cultural, económica y militar, a partir de Ptolomeo IV las crisis internas del país y también la presión en el panorama internacional, además de la decadencia de los sucesivos reyes ptolomeos, contribuyeron al declive de Egipto. Por un lado soberanos adolescentes o incluso niños, funcionarios y militares corruptos, incestos en la familia real, parricidios, matricidios, crímenes espeluznantes y despiadados. Por otro, las Guerras Sirias contra el sempiterno vecino y enemigo, el imperio seléucida, gobernado por la dinastía que fundó otro de los generales de Alejandro, Seleuco. En el horizonte cercano las guerras macedónicas, y en el lejano las púnicas, permitieron vislumbrar a los ptolomeos la emergencia de un pujante poder que a marchas forzadas y a golpe de conquistas y de insultante diplomacia condescendiente, se  haría dueño poco a poco de todo el Mediterráneo: Roma.

Si al principio del libro uno puede tener la sensación de que el relato de Wilkinson tarda en arrancar, entreteniéndose en cuestiones tal vez (solo tal vez) menos interesantes, los dos tercios siguientes la narración se vuelve trepidante, alternando los dos planos (por un lado, cuestiones de economía, religión, cultura, etc.; por otro, las vicisitudes de los gobernantes ptolemaicos) y desembocando en un torrente cuyo final todos conocemos. Los años de crisis, muerte, decadencia y corrupción total de los últimos ptolomeos llevan a la última etapa, el canto de cisne: Cleopatra VII, de 18 años, y su hermano Ptolomeo XIII de 10 (aún llegarían otros dos ptolomeos más, los adolescentes Ptolomeo XIV y Ptolomeo XV) no pudieron hacer nada contra el poder de Roma, que engulló el país milenario y lo convirtió en una simple provincia de su naciente imperio.

La última dinastía participa del habitual buen hacer de los historiadores británicos cuando hacen alta divulgación. El libro se acompaña de algunos mapas, lista de los reyes ptolemaicos (que incluye un minúsculo error, poco importante) y cronología. Una bibliografía de varias páginas y una serie de lecturas recomendadas (eminentemente anglosajonas) cierran este estupendo trabajo que todo amante de la historia debería leer.

*****

Toby Wilkinson, La última dinastía. El Antiguo Egipto desde Alejandro Magno hasta Cleopatra. Traducción de Antonio García Maldonado. Madrid, La Esfera de los Libros, 2025, 380 páginas.

2 Comentarios

  1. Tengo la cuca edición de bolsillo en anglo pendiente de lectura. A ver cuándo puedo ponerme con ella, la reseña incita a ello…

  2. Pues incitado quedas.

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