LOS PERSAS. LA ERA DE LOS GRANDES REYES – Lloyd Llewellyn-Jones

"Los persas. La era de los grandes reyes" de Lloyd Llewellyn-Jones

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LOS PERSAS. LA ERA DE LOS GRANDES REYES – Lloyd Llewellyn-Jones

LOS PERSAS. LA ERA DE LOS GRANDES REYES – Lloyd Llewellyn-Jones

«¿Creeríais que cincuenta años atrás los persas o el rey de los persas […], si algún dios les hubiera profetizado el futuro, hubieran podido creer que actualmente de ellos mismos, que dominaron casi todo el mundo, no quedaría ni el nombre?».
Polibio, Historias, XIX.21.4.

Sic transit gloria mundi. A menudo los amos del mundo (el occidental, el oriental o todo él en su conjunto) no suelen pensar en esa frase, y menos si ven que el tiempo pasa y ellos perduran. Más bien se instalan en un ingenuo carpe diem hasta que ya es demasiado tarde. Esta sería la glosa a esa cita de Polibio, un historiador griego que vivió en un mundo de romanos en un tiempo en que los griegos ya no eran gran cosa y en cambio los romanos se estaban adueñando del mundo. También ellos acabarían cayendo, como cayeron esos persas a los que Polibio pone como ejemplo. Quién se lo iba a decir.

Doscientos años y algunas décadas fue lo que duró el imperio que fundó el hijo de un clan de las fértiles tierras de Anshan llamado Ciro, y más que habría durado de no ser porque un joven macedonio decidió cruzar el Helesponto y conquistarlo. Un imperio que tradicionalmente ha tenido mala prensa: su enfrentamiento con los griegos, que para aquellos fue casi anecdótico pero para los helenos significó el mayor triunfo de su historia, los relegó para siempre al papel de enemigos de la civilización, bárbaros, los «malos» de la película. El libro del historiador Lloyd Llewellyn-Jones Los persas. La era de los grandes reyes pretende mostrar la verdadera naturaleza del mayor imperio de la Antigüedad, para que comprendamos que las cosas no fueron exactamente como nos las han contado.

Lo cierto es que la historia y cultura persas se han visto siempre eclipsadas por las griegas, con las que compartieron época, de modo que su relato se ha solido explicar desde un prisma equivocado. Por decirlo de una manera gráfica: abundan las obras como Fuego persa de Tom Holland, pero no son tantas las que se asemejan a Los persas de Llewellyn-Jones. Apenas existen en castellano monografías sobre los persas, al margen de algún manual puntual: el especialista alemán Josef Wiesehöfer tiene alguna obra traducida, breve pero loable; el catedrático Manel García Sánchez tiene textos muy meritorios sobre los persas, y también hay que mencionar a Joaquín Velázquez Muñoz, autor de una obra francamente interesante sobre los famosos caminos reales y de otra sobre Ciro y la formación del imperio.

A esta breve lista se suma ahora Llewellyn-Jones, quien apenas comenzar el libro revela de forma sucinta su objetivo:

En este libro viajaremos a través del tiempo y el espacio, trazaremos el ascenso, la expansión y la consolidación del Imperio persa desde sus modestos comienzos como sociedad tribal en el suroeste de Irán hasta convertirse en la primera gran superpotencia de la historia y dominar la tierra. Examinaremos las vidas de sus monarcas, los grandes reyes de Persia, los gobernantes autocráticos de la poderosa familia aqueménida, y exploraremos el modo en que la política dinástica afectó al gobierno del imperio en general. (…) Este libro es tanto una historia política del primer gran imperio del antiguo Irán como una exploración sociocultural del mundo de los persas.

Trata, pues, de la vida de los reyes persas y también de su obra, la cual consistió en la creación y mantenimiento, durante más de dos siglos en perfecto estado de salud, del mayor imperio conocido en el mundo antiguo. Un imperio que iba desde más allá del delta del Nilo hasta las orillas del Indo, desde el golfo de Omán y el mar Arábigo hasta el mar de Aral, desde el norte de Grecia hasta el Punjab. La dinastía aqueménida tomó su nombre de Aquemenes, Haxāmanish, antepasado y mítico fundador de la tribu de los persas. Llewellyn-Jones indica que la historia que va a contarnos no es la que siempre hemos oído. Sus fuentes no son, o al menos no exclusivamente (un enfoque que pretenda ser objetivo no puede prescindir de nada), las que han marcado la historiografía a lo largo de los siglos, griegas en su mayoría: Herodoto, Jenofonte, Diodoro de Sicilia, Tucídides, Plutarco -su Vida de Artajerjes se reconoce en un buen puñado de páginas-… Curioso caso, por cierto, es el de Ctesias: médico de la ciudad de Cnido en el siglo IV a. C., cayó prisionero de los persas cuando estos tomaron la ciudad; con el tiempo se convirtió en médico personal de la familia real persa y confidente de la mismísima reina. La pérdida de sus Historias de Persia, obra de 23 volúmenes de la que solo se conservan fragmentos, es uno de los mayores dramas para el conocimiento del imperio persa. Aun así, o quizá por eso, vale mucho la pena leer esos fragmentos.

Entonces ¿qué fuentes maneja Llewellyn-Jones? Lo cierto es que, a pesar de mencionarlas, tal vez no lo hace de manera clara y detallada. En el libro no hay notas a pie de página que señalen de modo concreto y puntual de dónde sale cada dato o información, y tampoco hay bibliografía, aunque sí lecturas complementarias. El autor explica:

La versión persa está por todas partes. Aunque los materiales no se encuentran en un formato narrativo continuo, es posible reconstruir la historia interna de Persia a partir de distintas fuentes dispersas. Los historiadores del mundo antiguo han tardado mucho tiempo en darse cuenta de que los persas pueden abordarse a partir de esos materiales autóctonos.

Podemos adivinar entonces que las fuentes manan en su inmensa mayoría de la arqueología (no olvidemos que las excavaciones en el corazón del imperio persa se iniciaron hace ya cerca de un siglo): inscripciones reales y relieves en los monumentos y tumbas que la casa aqueménida construyó en sus dos siglos y pico de existencia, escritos en cuneiforme sobre objetos como sellos reales o cilindros (el Cilindro de Ciro es el ejemplo más paradigmático), textos papiráceos egipcios, otros en arameo, tablillas de arcilla en elamita, archivos en acadio de comerciantes babilonios, o textos bíblicos del Antiguo Testamento.

El contenido del libro se estructura en dos partes bien diferenciadas: la historia de los hechos y la descripción del mundo persa. En cuanto a lo primero, cabe decir que el relato es fascinante. La narración del ascenso al trono de los herederos aqueménidas es apasionante de cabo a rabo, con ingredientes tales como conspiraciones, envenenamientos, purgas familiares e intrigas palaciegas que no tienen nada que envidiar e incluso empequeñecen las de la familia Julia-Claudia del Imperio Romano. Son conocidos los tejemanejes que se produjeron en torno al ascenso al trono de Darío I (la extraña muerte del anterior rey Cambises, el papel de Esmerdis, el engaño de Gaumata), y quizá también las intrigas del eunuco Bagoas, quien eliminó a varios reyes y puso en el trono a otros tantos. Pero en la historia de la dinastía aqueménida hay más, mucho más. De la lista de reyes que tuvo el imperio en sus aproximadamente 230 años de existencia, muy pocos tuvieron una muerte natural:

Fuente: Llewellyn-Jones, Lloyd, King & Court in Ancient Persia

 

Los reyes persas no practicaban el sistema de sucesión por primogenitura, sino que de entre sus muchos hijos el rey elegía como heredero al que le parecía más idóneo. Quizá por eso el palacio real fue un lugar peligrosísimo, lleno de complots y donde las influencias eran tan importantes que incluso la supervivencia dependía de ellas; Jenofonte escribió que «en ningún lugar mueren o se arruinan tantos hombres por culpa de venenos como en la corte». El origen de tanto mal era doble: por un lado, las mujeres (algunas) de la casa real fueron crueles, ambiciosas y vengativas. Atosa esposa de Darío I, Amestris esposa de Jerjes I, Parisátide esposa de Darío II… Y por otro lado, los eunucos, hombres de orígenes oscuros que habían sido castrados, desempeñaban cargos de mucha importancia junto a los reyes (incluso con funciones militares), y cuyas intrigas alteraron el devenir de la casa real aqueménida.

El relato que hace Llewellyn-Jones del reinado de los sucesivos gobernantes de Persia, desde Ciro (rey de los persas en 559 a. C.) hasta Darío III (muerto en 330 a. C.) permite descubrir que la naturaleza de esos reyes no es como la conocíamos. Ni Ciro fue un modelo de virtudes, sino que se mostró cruel como cualquier otro rey, ni Cambises era un loco malvado. Darío I fue seguramente un usurpador regicida; Darío III no fue un cobarde. En cuanto a los hechos que llevaron a cabo, baste decir por ejemplo que las Guerras Médicas contra los griegos fueron para los persas unas guerras menores: el autor apenas cita la batalla de Maratón, tan poca importancia tuvo para los persas, y muestra la de las Termópilas y Artemisio como grandes victorias. Sin embargo, no es este un libro de hechos militares ni de batallas, aunque es evidente que aparecen en el relato: la rebelión del egipcio Inaro, la lucha contra los masagetas, la independencia de Egipto durante 60 años hasta que fue de nuevo reincorporado al imperio, las rebeliones internas cuando subía al trono un heredero que no contaba con el apoyo de todos…

Llewellyn-Jones dedica las páginas centrales, un tercio del libro más o menos, a desgranar el funcionamiento de la corte persa, y a dar abundante información sobre cómo se vivía en la corte. Las cuatro ciudades más importantes del imperio (Susa, Ecbatana, Pasargada y Persépolis) y el papel de cada una de ellas, el gigantesco aparato burocrático de la administración persa, el excelente sistema de comunicaciones con que contaba el inmenso territorio, su división en provincias o satrapías, el papel de los esclavos, el auténtico significado del harén… Destaca Llewellyn-Jones que el incesto era moneda común en la familia real aqueménida: los reyes persas se casaban con sus hermanas o sus hijas, pero no lo hacían en absoluto por perversión sino por un puro sentido práctico, para proteger y preservar la continuidad de la dinastía. En cuanto a la religión, los persas adoraban principalmente a un dios, Ahura Mazda. El autor dice al respecto:

Ahura Mazda era el padre de todas las cosas, el poder sagrado que estableció el curso del sol, la luna y las estrellas, y que sostuvo la tierra. Fue él quien separó la tierra de los cielos y creó la luz y la oscuridad, el hombre, la mujer, las plantas y los animales como todo mediante el poder del pensamiento.

El paralelismo con el dios bíblico es evidente, y todo hace pensar que los sacerdotes judíos que se dedicaron a editar y corregir las Sagradas Escrituras, se vieron muy influidos por el dios de los persas. También se menciona la importancia de los magos, una especie de casta sacerdotal que ejercían en la corte funciones que iban desde la interpretación de sueños y fenómenos celestes, hasta la selección del botín de guerra que debía dedicarse a los dioses.

El tono de Llewellyn-Jones a lo largo de toda la obra es ameno, divulgativo, distendido incluso. Se nota que no ha pretendido hacer una obra académica sino más bien abrir el tema al gran público. Un libro disfrutable de principio a fin, que por momentos se lee como una novela (es un tópico pero en este caso es así) y que cuenta al final con un utilísimo dramatis personae para identificar a todos los personajes que aparecen. Ojalá lleguen más obras como esta.

 

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Lloyd Llewellyn-Jones, Los persas. La era de los grandes reyes, traducción de Joan Eloi Roca. Barcelona, Ático de los Libros, 480 páginas.

4 Comentarios

  1. Pendiente aún de lectura, pero tu reseña puede darle un empujoncillo sutil…

  2. Dan gusto los libros de buena y alta divulgación sobre temas que no son los habituales. Ojalá tradujeran alguna obra más del autor, que las tiene y muy interesantes.

  3. Un gran libro, totalmente recomendable para quien le interese una visión general del imperio de los aqueménidas; y más en español, donde no hay mucho publicado respecto al tema. El autor no solo nos presenta la Historia general de los reyes sino que también desciende a los entresijos de la burocracia, la fiscalidad o la economía, como la base en que se fundamentaba el imperio; recurriendo, como bien dices, a las fuentes «persas» de la época, no solo yacimientos arqueológicos sino también sellos burocráticos y tablillas (archivos, facturas, siempre omnipresentes en casi toda sociedad), un libro muy completo e interesante, y redactado en un estilo sencillo de comprender y asimilar.
    Y una gran reseña de Cavilius, por supuesto.

  4. Este está en mi lista de regalos para Reyes… pero no sé por qué poca gente la mira, y acaba siendo la lista de los libros que me compraré después de Reyes. La era de los Grandes Reyes se desvanece, ya lo avisó Polibio ;-)

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