Ni siquiera podía permitirse tener miedo.
Patch sintió el roce de una mano.
Dio un respingo.
No estaba solo.
Thriller habemus. Pero no, esta novela en realidad no es un thriller. Da igual, dejemos a un lado las etiquetas. De hecho y ya puestos, dejemos a un lado unas cuantas cosas más: preparémonos para suspender los sentidos, ajustar las válvulas lectoras a lo que requiere este tipo de novelas, ni más ni menos. Como el objetivo de una cámara: si nos pasamos de obturación o nos quedamos cortos, no vamos a ver nada y no vamos a entrar en la novela. Cuando acudimos al cine a ver Regreso al futuro, por decir algo, ya sabemos a lo que vamos; no busquemos lo que no hay ni pasemos por alto lo que sí. He conocido gente que pensaba que La vida es bella es una tomadura de pelo. Esta novela no es una tomadura de pelo, pero hay que leerla como se debe. Bien, ¿estamos preparados? Pues vamos allá.
Ahora parecerá que hay que tener estudios de física cuántica para leer esta novela. No, no es eso; en realidad, es casi lo contrario. Pero algo hay que escribir en esta reseña. El problema es que Todos los colores de la oscuridad es una historia de misterio, de intriga, de suspense, de a ver qué pasa en la siguiente página, en el siguiente capítulo. Y las reseñas sobre este tipo de historias son de lo más desagradables, tanto de escribir como de leer. Porque se parecen a un tráiler de cine mal hecho o a una contraportada de novela mal redactada. Las reseñas han de contar algo, pero de este tipo de novelas no hay que contar nada, es lo mejor; y es imposible, de acuerdo con el principio de no contradicción que formuló Aristóteles (Metafísica, 1005b 19-20), querer contar algo sin contar nada. Solo hay que animar a leer la novela sin más. Así que ánimo.
Bien, algo sí que diremos, aunque solo sea para situar al posible lector. La historia abarca un período de unos veinticinco años, desde mediados de los 70 hasta principios del siglo XXI. Estamos en un pueblo sureño de Misuri, con su sheriff, sus estudiantes de instituto gamberroides, su niña sureña estilo Scout de Matar un ruiseñor, su niño marginal que vive en semipobreza y es objeto de palizas por aquellos mencionados gamberroides… Y sucede algo. Algo terrible, hay que añadir. Algo que pone en vilo a todo el pueblo y que me niego a decir qué es (insto a que nadie que tenga interés en la novela lea la contraportada, porque en unas líneas quedan destripadas las primeras 100 páginas). El suceso es tan tremebundo que alterará la vida de los protagonistas en los años venideros, y de eso en realidad va la novela: de cómo sus vidas van transcurriendo, acompañados en la lejanía por el lejano rumor de hechos históricos más o menos conocidos por el común de los mortales. Quien más y quien menos tenemos un cierto conocimiento acerca de las cosas que fueron pasando en los Estados Unidos de América durante el último cuarto del siglo XX.
No va errado quien diga que más que una historia de misterio (o además de ello), Todos los colores de la oscuridad es una historia de amistad, de sentimientos, de ternura, pero también es una novela cruel como la vida misma. Con todos estos alicientes (son alicientes, ¿verdad?), qué importa que el autor, un británico llamado Chris Whitaker, recurra (es un recurso, ¿verdad?) a la recalcitrante costumbre de darle a la tecla del punto y aparte cada tres respiraciones. Párrafos de dos frases o incluso de una, con más frecuencia de la que muchos lectores desearíamos, y seguramente con menos de la que otros muchos necesitan para no aburrirse. Qué importa también que los capítulos sean cortos, tremendamente cortos, como pinceladas, como brochazos, como destellos. Doscientos sesenta y un breves capítulos tiene la novela, que suman en su conjunto un total de quinientas cincuenta páginas; hagan cálculos. Qué importa que la historia esté trufada de tópicos del género, de personajes bien modelados pero que nos los sabemos un poco de memoria, de escenas que hemos visto ya en algún otro sitio (a las primeras de cambio, el final de la película El silencio de los corderos, por ejemplo). Qué importa todo eso: ya se dijo nada más empezar que hay que ajustar las válvulas, suspender los sentidos y dejarse llevar. ¿Qué estamos, ante una tesis doctoral? Pues eso.
Y conste que la novela no está mal escrita. De hecho, el lenguaje tal vez sea demasiado elaborado a veces, pero en cambio otras se echa en falta algo que ayude a hilar la lectura. Leí una vez algo, no mucho, de Javier Castillo, un escritor español autor de best-sellers efectistas que buscan el impacto y el morbo (eso creo), y en algunos momentos esta novela me evocaba a las de aquel. La prosa de Whitaker quizá esté más trabajada, y la trama más desarrollada.
Se queda uno con la sensación de no haber contado nada y sin embargo haber dicho demasiado. En cualquier caso, la trama de la novela permanece oculta y eso es lo más importante. En fin, Todos los colores de la oscuridad (un muy buen título, por cierto) es una historia de esas en las que hay que entrar y jugar a su juego. Una vez dado ese paso, puede llegar a emocionar, a deslumbrar incluso, y desde luego a entretener. Mucho.
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Chris Whitaker, Todos los colores de la oscuridad. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Barcelona, editorial Salamandra, 2025, 558 páginas.