“Aunque sea un cazador de brujas, Absalom Cornet sigue siendo tan solo un hombre”.
Desde hace unos 40 años el municipio de Vardø, el único de la diminuta isla de Vardøya, está unido a Noruega gracias a un túnel submarino por el que transcurre una carretera de dos carriles, uno en cada sentido, de unos 3 kilómetros de largo. Vardø, que cuenta con unos dos mil habitantes, está situado al norte del país, por encima del círculo polar ártico. Si hoy en día habría que pensárselo mucho antes de desplazarse a esas latitudes, a principios del siglo XVII debían existir muy poderosas razones para acometer la hazaña de ir a esos recónditos e inhóspitos territorios. Y sin embargo, allí vivía gente idéntica a la que habitaba el resto de Europa, honesta y temerosa de Dios, a la que había que proteger de peligros mucho mayores que el clima o el aislamiento. El demonio jamás tiene frío y esos lugares son tan aptos como cualquier otro para poner en práctica sus malas artes. Y también las de las brujas.
En la Nochebuena del año 1617, una tormenta frente a la costa de Vardø destrozó los barcos pesqueros que trataban de regresar a puerto. En el desastre murió la tripulación de cada una de las naves, 40 hombres, que constituían la totalidad de la población masculina de Vardø. En adelante las mujeres de la pequeña población deberían salir adelante solo con su esfuerzo y sin ayuda. Pese a estar muy alejada del centro espiritual de la cristiandad, la Roma del Papa, la pequeña población noruega se hallaba dentro del mundo cristiano, sus habitantes estaban sometidos a la moral católica y creían en Dios por encima de todas las cosas. En el norte de Noruega, sin embargo, vivían (y convivían) también grupos humanos autóctonos: los samis (lapones), cuyas creencias y ritos no estaban tan en concordancia con el dogma cristiano. Las mujeres de la comunidad de Vardø se hicieron cargo del trabajo de los hombres, acudían a la kirke (la iglesia) periódicamente y se reunían de tanto en tanto en casa de alguna vecina para hacer un simulacro de vida social. Era la época en la que en toda Europa se perseguía a los herejes y a quienes supuestamente mantenían contactos con el diablo y realizaban ritos o conjuros amparándose en el poder del Maligno. Por ello, y para no tener desatendidas espiritualmente a las mujeres de Vardø (aunque ya contaban con un pastor), las autoridades regionales decidieron enviarles un comisario que velara por las buenas prácticas cristianas y persiguiera la herejía y la brujería. La aparición en Vardø de Absalom Cornet, enviado desde Escocia, y sobre todo de su mujer recién desposada Ursula, serán los detonantes de una serie de sucesos, tanto materiales como emocionales, que sacudirán a todas las mujeres de Vardø y acarrearán consecuencias irreparables.
Este es el argumento y el punto de partida de la novela Vardø. La isla de las mujeres, de la joven británica Kiran Millwood Hargrave. Una historia bellamente relatada, a través de la cual conoceremos el modo de vida de las habitantes de aquel lugar, así como las relaciones entre sus habitantes. La narración transcurre con una tensión interna de los personajes digna de señalar: rencores, amistades íntimas, confesiones, ocultaciones, lo que se dice y lo que se calla, lo que se supone y lo que es. La rígida y encorsetada relación entre Absalom Cornet y su esposa Ursula es de lo más destacable, así como la que va naciendo entre ella y una de las mujeres de Vardø llamada Maren, una relación que, como diría el hermano Severino de El nombre de la rosa, va contra natura. El trasfondo de la novela no es otro que la caza de brujas que asoló (creo que el verbo es adecuado) toda Europa durante varios siglos. La simple sospecha de tener tratos con el demonio podía llevar a cualquiera al arresto, seguido de torturas, confesión forzada y una muerte segura en la hoguera. En la novela se relata uno de los medios de que el sistema judicial se valía para, cuando el acusado (casi siempre una mujer) se negaba a confesar su culpabilidad incluso bajo tortura, comprobar si era o no inocente del delito de brujería. Se trata de la ordalía del agua: la víctima era arrojada al mar, a las aguas heladas que bañan la costa de Noruega, desnuda y con las manos atadas a la espalda; si se hundía, era inocente y al poco se la izaba –posiblemente lo que se izaba era ya un cuerpo sin vida, muerto por congelación o por ahogamiento–. Pero si flotaba –y lo lógico es que el cuerpo humano flote–, era culpable puesto que el mar es puro y no acepta al diablo en su seno. Lo absurdo del procedimiento no impedía que la sociedad católica de aquellos tiempos, cegada por la fe, creyera a pies juntillas en su infalibilidad (lo cual debería hacernos reflexionar sobre cuántas estupideces aceptamos como válidas nosotros mismos, inmersos en nuestra ceguera particular y a pesar de su manifiesta irracionalidad).
La novela transcurre con un tono contenido y sosegado, lentamente y sin prisa, hasta llegar al tercio final en el que se desencadena lo que en las páginas anteriores ha ido gestándose. Está escrita en presente (y serán imaginaciones mías, pero tal vez se pretende de ese modo acercar al lector a la historia, intentar que la contemple como si estuviera pasando ahora mismo ante sus ojos y no como si fuera una narración de hechos del pasado), y siempre desde un punto de vista femenino: la autora, las protagonistas y la inmensa mayoría de los personajes son mujeres. Concluye con una nota histórica en la que la ficción de Vardø. La isla de las mujeres es conectada con los terribles sucesos históricos que tuvieron lugar en la localidad noruega a principios del siglo XVII.
Se trata de una novela sensible pero dura porque la historia lo es, que ahonda en la naturaleza humana tanto por su capacidad de hacer el mal como a través del camino de la bondad y el amor. Lectura recomendable, sin duda.
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Kiran Millwood Hargrave, Vardø. La isla de las mujeres (traducción de Aitana Vega Casiano). Barcelona, Ático de los Libros, 2022, 336 páginas.

Iñigo
Estupenda reseña con la que consigues que uno se interese muy mucho por la novela.
cavilius
Pues eso se soluciona leyéndola. A por ella, Iñigo.
Iñigo
¿Y la pila de pendientes? ;-)
cavilius
Un día me contaron un argumento algo absurdo quizá, pero que tiene su aquel: para leer tenemos dos manos, dos ojos, ¿y en cambio no somos capaces de leer dos libros a la vez? Algo ha fallado en el diseño, sin duda…