VIOLENCIA Y MONOTEÍSMO – Jan Assmann

"Violencia y monoteísmo" de Jan Assmann

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VIOLENCIA Y MONOTEÍSMO – Jan Assmann

VIOLENCIA Y MONOTEÍSMO – Jan Assmann

Mi pregunta es, por tanto, la siguiente: ¿qué función cumple la violencia en los textos en los que el monoteísmo bíblico relata y rememora su propia formación, así como su victoria? Se advertirá que no pregunto “¿por qué el monoteísmo se impuso de manera tan violenta?”, sino “¿por qué su victoria es presentada y rememorada en el lenguaje de la violencia?”

Partimos de la premisa siguiente: ningún tipo de violencia tiene justificación. Sentada esta afirmación, la experiencia nos permite constatar que en el mundo existe violencia, y que si bien una parte de ella es gratuita y no pretende buscar excusas a su existencia, en cambio otra parte trata de justificar su razón de ser. Y también, por otro lado, constatamos que esa violencia justificada es a menudo ejercida por agentes que, en principio, abogan por conceptos que se hallan en las antípodas de la violencia: la paz, la bondad, la concordia… Uno de estos agentes, seguramente el principal, es la religión. La cuestión que toda mente lúcida se plantea, entonces, es: ¿cómo es esto posible?

Hace poco más de una década que el egiptólogo alemán Jan Assmann publicó el breve ensayo Violencia y monoteísmo, en el que profundizaba en diferentes aspectos en torno a la relación entre violencia y religión, tema que ha abordado en varios de sus trabajos. Assmann, que murió en 2024, se instala en el antiguo Egipto, en los tiempos en que comenzó a hacer acto de presencia el monoteísmo, la religión de un solo dios, y se pregunta por el motivo de la innegable conexión entre el culto monoteísta en general, y la religión judaica en particular, y la violencia. La cuestión fundamental de Violencia y monoteísmo es la siguiente:  ¿por qué la violencia del monoteísmo es representada y rememorada con un lenguaje de violencia? La malinterpretación de sus planteamientos (que conduce a la incomprensión de sus razonamientos) ha hecho que Assmann sea con frecuencia acusado de atacar la religión, a la que, al parecer, tilda de violenta. Sin embargo, el veterano arqueólogo puntualiza repetidamente que su pregunta no es por qué el monoteísmo utilizó la violencia para expandirse y acabar imponiéndose, sino por qué esto se recuerda empleando un lenguaje de violencia, por qué sus textos canónicos continuamente hacen referencia a la violencia y le conceden tanto espacio, por qué, en fin, la violencia está siempre presente en el discurso bíblico.

Según Assmann, el politeísmo existente en las diferentes culturas previas a la aparición del monoteísmo era mutuamente traducible, comprensible y tolerable. Todo el mundo creía en dioses, cada uno en los suyos, y mientras el prójimo creyera en dioses podía uno fiarse de él. Las relaciones entre las diversas sociedades y culturas eran de poder, no de verdad (unas podían ser más poderosas que otras, pero sus creencias no eran unas más verdaderas que otras). Todos los dioses eran a su manera verídicos, dice el autor. La irrupción del monoteísmo acabó con ese esquema conceptual: al considerarse en posesión de la verdad, la religión monoteísta situaba al resto de religiones en el ámbito de la falsedad, y sus adeptos pasaban a ser extraños y enemigos; enemigos del pueblo monoteísta, enemigos de Dios. La única opción era la conversión o la violencia.

Assmann insiste en que su planteamiento se mueve en el nivel de lo que él define como «semántica cultural»: el conjunto de relatos y rasgos por los que una sociedad se orienta en el mundo y en el tiempo, expresado en sus mitos fundacionales, sus símbolos, imágenes y textos literarios. El monoteísmo es una semántica cultural particularmente decantada por la terminología discursiva de la violencia. Se trata además de un monoteísmo exclusivo (no hay otros dioses más que Dios), frente a los monoteísmos inclusivos que afirman que existen muchos dioses pero que todos ellos son, en el fondo, uno. Es con esa semántica cultural elaborada a partir de las miradas hacia atrás desde las épocas posteriores, con las que se ha construido el relato de un monoteísmo inmerso en la violencia.

¿Cómo irrumpió el monoteísmo en el mundo politeísta egipcio? Con Akhenatón y su reforma religiosa a mediados del siglo XIV a.C., afirma Assmann. El autor, en un ejercicio quizá algo tramposo, cita aquí la explicación de Sigmund Freud al respecto: Moisés era un alto funcionario egipcio del faraón Amenofis IV, cuando este llevó a cabo una reforma religiosa radical: impuso la religión oficial monoteísta que reconocía a Atón como divinidad única y exclusiva, y cambió su propio nombre por el de Akhenatón. El culto monoteísta duró poco más que la vida del faraón, y para perpetuarlo Moisés quiso buscar un pueblo al que educar en esa religión monoteísta. Escogió la tribu de los semitas (que por tanto no es el pueblo elegido por Dios sino por Moisés), el cual abandonó su politeísmo y adoptó el monoteísmo mosaico. Moisés se convirtió en intermediario entre el único dios y su pueblo. Según Freud, mucho después Moisés fue asesinado por los suyos, gente violenta y nostálgica de épocas más felices en las que el culto religioso no era tan rígido y exigente, y con el tiempo se unieron a unas tribus que adoraban a un dios volcánico del monte Sinaí llamado Yahvé. La tradición posterior se encargó de fusionar el dios de Moisés con Yahvé. El pueblo judío, que nació en ese preciso momento, era por entonces un pueblo violento, que continuamente transgredía las normas y perseguía con virulencia a sus propios profetas. Por ello su monoteísmo se diluyó durante siglos, del XIV al VIII a.C., hasta la aparición de nuevos profetas que lo recuperaron. En el recuerdo de todo ese proceso, es decir, en la semántica cultural del monoteísmo, hay una gran insistencia en la temática de la rebelión, el odio y el pecado; en efecto, los relatos bíblicos están anegados de estas ideas. Sin embargo, dijimos que Assmann hace trampas al traer a colación la interpretación freudiana del nacimiento del monoteísmo judaico: a continuación él mismo afirma que es absolutamente indemostrable. No hay ninguna prueba de que Moisés fuera un funcionario egipcio, ni de que fuera asesinado, ni siquiera de que hubiera existido nunca alguien llamado Moisés.

Assmann maneja en su ensayo otros conceptos que refuerzan la idea de que el monoteísmo ha utilizado siempre un lenguaje de violencia. Por ejemplo, la norma de la ausencia de imágenes: Dios es invisible y no tolera que se hagan imágenes, ya que la imagen conduce a la prosternación y la idolatría y estos son rasgos del politeísmo, no del monoteísmo. O el desplazamiento de la ley del ámbito de la realeza al de la religión: Dios es legislador y la ley se convierte en un asunto divino. Esto representa, dice Assmann, un paso revolucionario en el mundo antiguo. Dios aúna el poder legislativo, judicial y ejecutivo, de modo que los reyes y gobernantes son desplazados por el monoteísmo. La nueva religión, por tanto, no ocupa el lugar de las religiones politeístas sino más bien el lugar de los gobernantes y reyes, el lugar del estado, el del derecho, el de la ley.

Otra idea interesante recogida en Violencia y monoteísmo es la del sentido de la violencia que se desata en el monoteísmo. Se trata de una violencia que apunta, por un lado, al exterior: cuando el pueblo israelita se planteaba conquistar una ciudad, nos cuenta el relato bíblico, el procedimiento era, si esta no aceptaba una paz inicial, pasar a cuchillo a los varones y tomar como botín a mujeres, niños y ganado. Y por otro, la violencia apunta y de un modo más terrible, al interior: si las ciudades a tomar estaban en la tierra prometida por Dios (Canaán), es decir, que estaban en tierras que les pertenecían, la aniquilación de sus habitantes era total y absoluta. Por no hablar de las terribles y violentas represalias contra los propios fieles cuando se desviaban del culto a Dios: violencia hacia el prójimo, hacia el pariente, hacia el padre o el hijo (el castigo a los adoradores del Becerro de Oro, por ejemplo). El monoteísmo exigía una fidelidad so pena de terribles sanciones; los textos bíblicos así lo recogen, adoptando un estilo y una terminología empleada habitualmente por el imperio asirio. En efecto, los textos políticos de los reyes asirios y la violencia implícita que en ellos subyacía, fueron copiados casi literalmente por la semántica cultural del monoteísmo judaico.

Otras muchas ideas aparecen planteadas en este breve pero jugoso ensayo: el celo de los fieles por un lado y el carácter celoso de Dios por otro, el martirio, la conversión, el arrepentimiento… Se trata de una fantástica invitación a reflexionar sobre la naturaleza de la violencia y el origen de las religiones, y cómo es posible el oxímoron de que ambos conceptos se den la mano y transiten juntos.

 

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Jan Assmann, Violencia y monoteísmo. Traducción de Mayka Lahoz. Barcelona, Fragmenta Editorial, 2014, 124 páginas.

6 Comentarios

  1. ¡Qué libro tan sugerente! Gracias por traer la reseña.

    Me surge una duda: «Dios aúna el poder legislativo, judicial y ejecutivo, de modo que los reyes y gobernantes son desplazados por el monoteísmo»; ¿significa eso que los reyes politeístas no eran considerados de origen divino?

  2. Gracias a ti por leerla, Akane.
    Lo que quiere decir Assmann con esa frase de la reseña (y que en el libro dice, literalmente: «El Dios celoso, dispuesto a la violencia, y que acaba siempre por intervenir realmente, es el Dios que legisla, juzga y castiga y, por lo tanto, es un Dios legislativo, judicial y ejecutivo») no tiene que ver con cuál sea el origen de los reyes en las sociedades politeístas, sino con que su papel legislativo, ejecutivo y judicial cambia en las monoteístas: en estas Dios aglutina el poder de legislar, juzgar y castigar, de modo que la figura real queda relegada a un segundo plano.

  3. Este parece una versión mejorada de este que reseñé hace años:
    https://hislibris.com/dios-contra-los-dioses-jonathan-kirsch/

  4. El tema es el mismo, sí, pero Assmann se limita a un aspecto del monoteísmo, la violencia, y a una época, la Antigüedad. Diría que los dos libros coinciden en que los monoteísmos se instalan en el radicalismo con excesiva facilidad.

  5. Gracias por la aclaración. Me parece un tema muy interesante, me lo llevo apuntado.

  6. Apúntalo, apúntalo. Yo lo leí aprovechando que mi hija lo tenía como lectura obligatoria en la carrera. Y me pareció interesantísimo.

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