En otros lugares, las montañas son solo montañas, los ríos solo ríos, las cuevas solo cuevas; y, en Grecia, sin embargo, cada montaña, cada río, cada cueva, cada rincón de su paisaje es el escenario de un mito, de una de las historias más antiguas de nuestra civilización.
Dice Pedro Olalla, y yo le creo, que no hay un solo mito griego que pueda ser narrado sin referencia a una montaña o a una fuente, a un río, a una colina, a una gruta o a algún otro elemento geográfico. Parece entonces inconcebible que de entre los abundantísimos libros que existen sobre mitología griega, tantos que casi constituyen un género en sí mismo, ninguno que yo conozca venga acompañado de mapas, localizaciones geográficas, indicaciones cartográficas, imágenes siquiera del monte donde Zeus fue amamantado por la cabra Amaltea; del río junto al que Apolo desoyó y desolló las súplicas y el pellejo, respectivamente, de Marsias, por retarle a un duelo musical; o de la cueva donde Heracles mató a un enorme león que aterrorizaba toda la comarca.
Esta carencia se ha mantenido (que se sepa) durante centurias hasta el advenimiento del siglo XXI, cuando en el primer año del nuevo milenio vio la luz un libro absolutamente inconmensurable: el Atlas Mitológico de Grecia. En esa soberbia obra se daban cita la mitología y la cartografía, los mapas y los mitos, los dioses, semidioses, héroes y seres legendarios, y los ríos, montes, cuevas, bosques y llanuras del universo griego. La obra era de una magnitud sobrecogedora: no solo aparecían cientos de personajes y lugares, sino que también estaban descritos los mitos a través de los cuales unos y otros entran en relación. Y no solo esto: esa información, de dimensiones enciclopédicas, se completaba con referencias exactas a los textos de la antigüedad en los que se mencionan esos mitos. El esfuerzo se intuye, entonces y ahora, abrumador, colosal, sobrehumano: un trabajo digno de añadirse a la lista de los doce que tuvo que llevar a cabo Heracles en penitencia por matar a su familia en un acceso de ira. ¿Y quién fue capaz de tamaña hazaña, que es casi un mito en sí misma? El perfil que más se adecuaría sería acaso el de un griego de mente aristotélica, buen conocedor de su tierra, de sus mitos y su geografía, de edad provecta, mente aguda y vasta experiencia. Pero no: el Atlas Mitológico de Grecia lo hizo realidad un ovetense de 35 años llamado Pedro.
Pedro Olalla González de la Vega no solo tiene aspecto de griego, sino que piensa, seguro, como un griego. Como uno de los de antes, de los de hace dos mil quinientos años. Cada frase que pronuncia o escribe destila un profundo amor por Grecia y por lo griego, amén de derrochar un vastísimo conocimiento de la historia y cultura helenas. No hace falta abundar en su biografía, de la cual se dieron algunas pinceladas en la reseña que hace un tiempo se hizo de su Palabras del Egeo. Sí diré que en 1994 se fue a vivir a Atenas, cargó en una furgoneta de segunda mano los libros de los principales autores clásicos, griegos y latinos, y provisto de una brújula se dedicó a recorrer la geografía griega para poder escribir ese atlas de mitología que nació siete años después. A nosotros, mentes perezosas y acomodadas del siglo XXI, se nos antoja imposible la realización de una obra de tal envergadura sin el apoyo de internet o de un mísero sistema de GPS. Y sin embargo, ahí está. Honró aquella edición escribiendo el prólogo el periodista y viajero español Javier Reverte: allí alabó la obra por poseer «rigor, duración en el tiempo, perfume de historia y perfume de viaje». Como mortal que fue, el viajero Reverte emprendió su inevitable travesía hacia la pradera de los Asfódelos y los Campos Elíseos en 2020, y los libros de su biblioteca personal también iniciaron su particular periplo: al año siguiente podían encontrarse, doy fe, en las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Barcelona a precio de saldo, con la rúbrica del propio Reverte en sus primeras páginas. Sic transit gloria mundi. Es probable que su ejemplar del atlas mitológico corriera la misma suerte que sus compañeros de balda.
El caso es que el libro de Pedro Olalla se convirtió rápidamente en una especie de incunable, buscado y ansiado por todo aficionado, todo apasionado, todo interesado en los mitos de los helenos. Quienes no lograron hacerse con un ejemplar a tiempo se vieron abocados al pantano del mercado de libros de segunda mano, en el que algún Atlas emergía de vez en cuando a precio cada vez más astronómico. El autor de estas líneas tardó bastante tiempo en conseguir un ejemplar, pero finalmente lo logró y lo colocó en el lugar que le tenía reservado desde hacía lustros: junto a la Mitología clásica de Antonio Ruiz de Elvira, manual denso pero completísimo; también junto al clásico Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal y al recurrente Diccionario de mitología clásica de Falcón, Fernández Galiano y López Melero. Junto a La mitología de la alemana Edith Hamilton, a los libros de William Hansen, de Jean-Pierre Vernant, de Bernardo Souviron, de Carlos García Gual, y también junto a la excelente Mitología clásica de Mario Agudo y el grueso Diccionario de Mitología Universal de Giuseppina Sechi Mestica. Junto a los pequeños Los dioses de Grecia de Walter Otto y Mitos griegos de Jünger; junto al voluminoso y riquísimo El gran libro de la mitología griega de Robin Hard, a los tres tomos de la Mitología Clásica Ilustrada de Otto Seemann, a los libros sobre mitos griegos, el grande y el pequeño, de Robert Graves. Junto a la Mitología de Natale Conti escrita en el siglo XVI y recuperada por la Universidad de Murcia, y junto a los dos magníficos libros de Karl Kerényi, uno sobre dioses y otro sobre héroes. En medio de todos ellos y algunos más, rodeado por esos libros en ninguno de los cuales hay nada parecido a la riqueza geocartográfica que el Atlas Mitológico de Grecia proporciona, el libro de Pedro Olalla ocupó su lugar.
La demanda era, me consta, mucha, y la escasa oferta se cotizaba como el oro. El clamor era evidente: si hay libros que merecen una reedición, este lo es. Y por fin, veinticinco años después de su publicación, estamos de enhorabuena porque el Atlas mitológico de Grecia ha vuelto a nacer. Ha sido de la mano de Eclecta, una jovencísima editorial catalana (apenas tiene unos meses de vida) que se ha marcado como objetivo publicar obras escogidas, bien seleccionadas y de calidad. Y no podían haber hecho mejor elección. En esta nueva edición acompaña al prólogo de Javier Reverte el de Mario Agudo, periodista y escritor helenófilo que cuenta en su haber con obras como la antes citada Mitología clásica, Atenas, el lejano eco de las piedras, El bestiario de las catedrales o Filipo de Macedonia. Y si el libro que se publicó en 2001 se antojaba difícil de superar, la edición de 2026 se ha propuesto mejorarlo incorporando algunos cambios en la estructura y organización de la información. Unos cambios que benefician la fluidez narrativa para quien busque en él una lectura literaria, y favorecen su utilización como guía de viajes para quien planee servirse de él y zambullirse en la mítica geografía griega.
En cuanto al aparato cartográfico, el nuevo atlas incorpora las coordenadas GMS de todos los lugares mencionados, para que puedan ser localizados sin posibilidad de error. Los más de 50 enormes mapas que incluía el atlas de 2001, semejantes a los de una guía de carreteras, se han simplificado en aras de la claridad: la geografía griega ahora queda recogida en 12 grandes mapas esquemáticos sin otra leyenda que los lugares referidos en el contenido del libro. Menos mapas, mayor eficacia cartográfica. Además, cada lugar del mapa va señalizado con una numeración que indica su estado de conservación. Por otro lado, a lo largo de todo el libro hay un gran número de fotografías en blanco y negro (menos, eso sí, que en la primera edición), todas ellas obra del autor, quien, por si no fuera suficiente, también es un excelente fotógrafo.
Pero el cambio fundamental está en la organización del texto: la ordenación de los contenidos en 2001 se regía, por exigencia editorial, de acuerdo con el alfabeto griego, lo cual no fue una buena noticia para los lectores españoles (por decir lo más obvio, la última letra del alfabeto griego no es la Z de Zagreo o Zeus, sino la omega, Ω, de Orión). La ordenación actual obedece en cambio a la afinidad temática y cronológica de los personajes, lo cual aporta continuidad narrativa en el texto y rehúye el formato enciclopédico de 2001. Así, los tres primeros capítulos están dedicados a las divinidades principales, a las secundarias y a los semidioses, y a continuación siguen siete capítulos dedicados a los linajes más importantes de la mitología griega: la Casa de Ínaco, la Casa de Deucalión, la Casa de Cécrope… A continuación hay un capítulo final en el que tienen cabida otros personajes que no han hallado encaje en las páginas precedentes, y cierran el libro los anexos: mapas, índice de personajes (más de 900), de lugares y de fuentes antiguas utilizadas. Estos anexos son, ahora más que nunca, utilísimos para localizar topónimos y seres mitológicos en el interior del libro. Todo este esfuerzo clarificador ha supuesto que el atlas crezca en al menos un tercio con respecto a la primera edición.
Pocas veces la publicación de un libro ha despertado tanto entusiasmo en este humilde reseñador. Por eso, y ya para terminar, no puedo evitar mencionar el póster que, si en la edición anterior estaba integrado en las tripas del libro, ahora se halla impreso en la parte interior de la sobrecubierta, semioculto como un luminoso tesoro que ha de ser encontrado. El magnífico desplegable de 62,5 x 48,5cm. incluye el árbol genealógico de los dioses y héroes griegos, agrupados precisamente por los linajes en que está estructurado el libro. Un índice visual que bien merecería lucir en los axones del ágora de Atenas.
El Atlas mitológico de Grecia de ese Pausanias del siglo XXI que es Pedro Olalla, reencarnación de Estrabón y Apolodoro en una sola persona, ha de tener larga vida. Se me antoja un libro que honraría cualquier estantería, por su buena planta exterior y por la riqueza que contienen sus páginas. Ideal para viajeros que quieran ir, y volver, y regresar una y otra vez a Grecia y conocer sus ríos y montañas a través de los mitos. También, sobre todo, para helenófilos de pro y amantes de lo griego en cualquiera de sus manifestaciones; a ellos este libro ha de resultarles indispensable. Pero también, seguro, para despertar el interés de quienes aún lo tienen dormitando en su interior, y que aún no son conscientes de aquello que dijo Goethe: que todos somos, cada uno a nuestra manera, griegos. Y que descubrir los mitos no es otra cosa que descubrir una pequeña parte de nosotros mismos.
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Pedro Olalla, Atlas mitológico de Grecia. Barcelona, Eclecta Editorial, 2026, 670 págs.
Manuel Gutiérrez Ramón
Hola, Cavilius. Cuando me enteré de la segunda edición del Atlas mitológico de Grecia de Pedro Olalla, gracias a un correo del Museo L´Iber de Valencia donde el próximo 16 de abril lo presenta su autor, los castillos de fuegos artificiales se disparaban en el cielo de mis expectativas y cada palmera sigue brillando en la ilusión por tenerlo en mis manos. Bueno, pues acabo de reservarlo en la librería de mi barrio y todavía estoy pensando qué ofrenda toca hacer a los dioses. Tu reseña, por cierto, es hidromiel. Un afectuoso saludo.
Bernie
Felicidades por la reseña, gran libro. El de palabras de Egeo no es menor aunque diferente. No se porque este ultimo lo tengo situado al lado del Inventario de algunas cosas perdidas.
Saludos
cavilius
Gracias a ambos. Cuando los libros son de este nivel, las reseñas se escriben prácticamente solas. Desde que conseguí el Atlas Mitológico de Grecia, hace ya años, no dejo de repetirme que que no hay libro igual a este. Bien, pues ahora tengo que desdecirme: sí lo hay, y es este Atlas mitológico de Grecia (nótese que hay una mayúscula menos en el título de la nueva edición), recuperado y actualizado.