Y cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, suscitaré detrás de ti un vástago tuyo, salido de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa en mi nombre y consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo; que, si él se pervierte, le castigaré con vara de hombre y con golpes habituales entre humanos. No apartaré de él mi benignidad, como la aparté de Saúl, al cual aparté de mi presencia. Y tu casa y tu realeza permanecerán firmes para siempre ante ti: tu trono será estable por siempre. 2 Samuel, 7: 12-16.
Hace milenios el pueblo hebreo, guiado por Moisés, se libró del yugo de Egipto y se encaminó hacia la Tierra Prometida por Yahvé. Y ese fue el principio de todo.
Aunque haya que extenderse un poco, conviene hacer un poco de historia: después de abandonar Egipto y tras un período de asentamiento en la franja del levante mediterráneo, hacia el siglo XI – X a.C. las doce tribus que constituían el pueblo hebreo quedaron repartidas en dos reinos: diez de ellas en el reino del Norte o Israel y las dos restantes en el reino del Sur, llamado Judá. Unos dos siglos después el belicoso imperio asirio arrasó Israel y deportó a toda su población, que se diseminó y quedó diluida («las diez tribus perdidas de Israel»). Más tarde, en el 586 a.C., fue el rey babilonio Nabucodonosor I quien conquistó Judá, destruyó su capital Jerusalén y su gran templo, y deportó a Babilonia a sus habitantes. Ese fue el fin del pueblo hebreo, y sus miembros se preguntaron cómo era posible que Yahvé hubiera permitido la desaparición de las doce tribus y los dos reinos. La respuesta no se hizo esperar: era un castigo a los pecados cometidos por el pueblo hebreo. Sin embargo, se trataba del «pueblo elegido», de modo que no podía desaparecer: tenía que haber una forma de recuperar lo perdido y volver a emerger como pueblo y como reino. Surgió así la idea de la restauración de Israel, que ocurriría en algún momento una vez alcanzado el perdón divino: se recuperarían las doce tribus, renacería el reino de Israel con capital en Jerusalén, y el templo se reconstruiría. Ese momento sería anunciado por la llegada de un individuo, un «mesías» (māšîaḥ, «ungido», como se ungía a todos los reyes para simbolizar su consagración a una tarea encomendada por Yahvé). Entonces Israel conquistaría todas las naciones y todas ellas aceptarían a Yahvé como el dios verdadero. En eso, básicamente, consistiría el Reino de Dios.
Desde entonces han aparecido muchos mesías. Empezando por Ciro II, el fundador del imperio persa, que conquistó Babilonia, envió de vuelta a los judíos cautivos a su tierra y reconstruyó el templo de Jerusalén. Y acabando quizá por Jacob Frank, personaje real protagonista de la novela de Olga Tokarczuk Los libros de Jacob. Entre uno y otro se encuentra un individuo nacido en Nazaret, en Belén o tal vez en Cafarnaúm, lugares todos ellos localizados en la provincia judía de Judea en tiempos de la dominación romana. Un tal Jesús, hijo de María y José.
El libro Cómo nació el Cristianismo del experto, expertísimo en historia del cristianismo Antonio Piñero, y el también gran especialista en la materia Javier Alonso, viene a contarnos de manera clara exactamente lo que promete su título: de qué modo se gestó el cristianismo en el seno del judaísmo, y sus primeros pasos hasta constituirse en una religión independiente y consolidada. Lo primero que deja clara su lectura ya desde la primera frase es que Jesús no era cristiano sino judío (el término «judío» procede de los descendientes de la tribu de Judá, la única existente en tiempos de Jesús –con el permiso de la tribu sacerdotal de Leví–). En una población judía constituida por fariseos, saduceos, esenios y zelotes (las cuatro sectas existentes en aquel tiempo) y por ‘amme ha-arets («gente de la tierra», la inmensa mayoría de la población, que bastante tenían con subsistir y que apenas si podían estar pendientes de cumplir con la Ley de Moisés), además de los gentiles (la población no judía), Jesús predicó entre los judíos el mensaje que proclamaban las Sagradas Escrituras: la restauración del reino de Israel, la renovación de la alianza de Yahvé con su pueblo, que Yahvé estableció en su momento por medio de Abraham y de David.
La idea es recurrente a lo largo de todo el libro: Jesús no pretendía una ruptura con la religión judía, sino todo lo contrario. Escogió doce discípulos como doce fueron las tribus de Israel y proclamó el cumplimiento de la Ley de Moisés. Él no fue el fundador del cristianismo sino nada más (y nada menos) que su impulsor. Fue su vida, y sobre todo su muerte, lo que provocaron un movimiento de reflexión dentro del judaísmo que, con el tiempo, culminaría con el nacimiento de una nueva fe diferente de la judaica. Una reflexión que convirtió el fracaso de su muerte en la cruz (un predicador más, otro profeta judío muerto en una larga sucesión de ellos) en un triunfo gracias a la resurrección. «No se insistirá jamás lo suficiente», dicen los autores, «en la importancia central de la resurrección para el surgimiento de una nueva fe diferenciada del judaísmo».
Piñero y Alonso no se andan con rodeos: tras la muerte de Jesús, su mensaje predicado entre los judíos (y quizá también entre los gentiles) de restauración del reino de Israel, debía ser tomado en serio por la sencilla razón de que Jesús era, él sí, el auténtico Mesías, como lo probaba su resurrección. De modo que lo que había que creer en realidad era que Jesús era el Mesías esperado durante siglos por los judíos, y creer también que su muerte en la cruz fue un sacrificio, el acto de reconciliación de la humanidad pecadora con Dios. La salvación, el perdón de Dios, estaba en creer que Jesús era el Mesías, que resucitó.
El libro se lee con relativa comodidad y facilidad; el bagaje de ambos autores es enorme, y sin duda han tenido a bien dosificarlo para escribir una obra accesible pero de alto nivel, que requiere de pausa y reflexión. A veces en algún capítulo o apartado se puede tener la impresión de estar leyendo un refrito de trabajos anteriores, pero es que Piñero y Alonso han dedicado toda una vida al tema (Piñero tiene 84 años y Alonso 58) y este libro no pretende innovar sino más bien recopilar la información en torno al origen y primera evolución del cristianismo. A esta evolución dedican la segunda parte del libro, en la que también hay que destacar algunas ideas principales. En primer lugar, el esfuerzo de los primeros predicadores y autores cristianos por relatar la vida de Jesús como la vida del Mesías enviado por Dios y esperado por los judíos. Eso es lo que hacen los evangelios, tanto los canónicos como los apócrifos.
En segundo lugar, la insistencia en que la salvación se adquiere simplemente creyendo que Jesús es el Mesías y que murió y resucitó por los pecados de la humanidad. Los autores recalcan lo revolucionario de este giro, pues suponía ofrecer la salvación también a los no judíos, a los gentiles, incluso a los romanos y a los practicantes de cualquier otro credo. La única condición era creer. Entiéndase bien el choque con los judíos tradicionales: el pacto personal e individual con Yahvé, la circuncisión, ya no era necesario. Para salvarse no había que ser judío, no hacía falta circuncidarse: bastaba con creer que Jesús fue el Mesías, y por supuesto con abandonar otras creencias y llevar una vida conforme a la ley de Moisés (cosa que también estaba incluida en el mensaje de Jesús).
En tercer lugar, la aparición de un abanico de tendencias y creencias derivadas del mensaje de Jesús, y el triunfo de una de ellas: la paulina. La figura y escritos de Saulo, también llamado Pablo de Tarso, conformó el cristianismo que perduró y que ha llegado hasta nuestros días. Él destacó sobre muchos otros como difusor del mensaje de Jesús entre los «judíos de la diáspora» (los que se hallaban diseminados por todo el mundo), pero en especial como promotor de la nueva fe entre los no judíos, los gentiles. La obra relata los viajes y la predicación de Pablo, siguiendo sobre todo el libro de los Hechos de los apóstoles y las epístolas del propio Pablo.
El libro explica otros muchos aspectos que giran en torno a la constitución del cristianismo como religión autónoma. Fue en la comunidad de creyentes no judíos (no circuncidados, por tanto) de Antioquía, donde se aplicó por primera vez el término «cristianos» a sus integrantes. Fueron las guerras judías contra los romanos las que provocaron una crisis que llevó al judaísmo al borde de la extinción, al ser destruido el templo de Jerusalén y exterminados los zelotes y los saduceos (los esenios, siempre minoritarios, ya hacía tiempo que habían desaparecido), quedando solo los fariseos como herederos del espíritu judaico. Fueron los textos de algunos de los primeros biógrafos de Jesús, y las cartas de algunos de los que predicaron la nueva fe, en un proceso que se tomó su tiempo, los que constituyeron el canon de textos sagrados, el Nuevo Testamento (el nuevo pacto, la nueva alianza) de la fe cristiana.
Cómo nació el Cristianismo expone la idea de que la religión cristiana no brotó tal cual de la predicación de Jesús, sino que fue el resultado de un proceso, una evolución en la que intervinieron factores históricos, sociales y culturales. Se trata de un libro clarificador que aporta luz a los orígenes de la fe cristiana, escrito de modo objetivo y riguroso. Una obra más que recomendable.
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Antonio Piñero & Javier Alonso, Cómo nació el Cristianismo. La verdadera historia de sus orígenes, de Jesús a la creación de la Iglesia. Barcelona, Shackleton Books, 2025, 288 páginas.