«No te he dado, Adán, ni un puesto determinado, ni un aspecto tuyo propio, ni ninguna prerrogativa tuya, porque aquel puesto, aquel aspecto, aquellas prerrogativas que tú deseas, todo, según tu voluntad y juicio, lo obtengas y conserves. La naturaleza determinada de los otros [seres] está contenida en leyes por mí prescritas. Tú te la determinarás, sin estar condicionado por ninguna frontera, según tu arbitrio, a cuya potestad te consigno. Te puse en el centro del mundo, para que tú descubrieras mejor todo lo que hay en él. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, libre y soberano artífice, te plasmaras y esculpieras en la forma por ti elegida. Tú podrás degenerar hacia las cosas inferiores, hacia los brutos; tú podrás regenerarte, según tu voluntad, hacia las cosas superiores que son divinas».
Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre.
No está mal comenzar una reseña con las palabras del Creador, aquellas que, según el filósofo florentino (aunque nacido en Módena) Giovanni Pico della Mirandola, le dijo a la criatura humana cuando la tuvo delante. Dice Rafael Argullol en el ensayo objeto de esta reseña, que difícil será hallar en toda la literatura del siglo XV una página que sintetice de forma tan admirable las concepciones del Humanismo. Añade que no es que se produzca en esas líneas un “descubrimiento del hombre”, como dijo el erudito Jacob Burckhardt, sino una “instauración” de un tipo distinto de hombre. Un hombre con voluntad, libertad y dignidad, rasgos estos que en los siglos previos le faltaron.
El «Quattrocento». Arte y cultura del Renacimiento es el breve ensayo que el filósofo Rafael Argullol publicó en la legendaria editorial Montesinos en la década de los ochenta del siglo pasado; ahora la editorial Acantilado ha tenido la buena idea de recuperarlo para los lectores. En esta obra el autor desgrana los elementos conceptuales de ese período histórico encarnado en la obra de artistas e intelectuales que se concentraron en la ciudad de Florencia en torno al siglo XV. Una centuria la del mil cuatrocientos que supuso un rompimiento radical con la Edad Media y su manera de entender el mundo y al hombre, y dio a luz un movimiento intelectual llamado Humanismo. Este constituyó la base conceptual del Quattrocento y por lo tanto también del Renacimiento, que engloba los siglos XV y XVI. Tal como indica Pico della Mirandola, el hombre se sabe capaz, a diferencia del resto de seres vivos, de labrar su propio camino, de esculpirse a sí mismo con plena libertad y soberanía, y en esa tarea de escultor puede sumirse en el abismo de la mediocridad o bien ascender a las esferas divinas. El movimiento humanista apela a esa individualidad, al reconocimiento de la capacidad humana de ser libre, una capacidad intrínseca y que forma parte de su propia esencia. En el Medievo predomina la idea de colectividad y sobre todo de anulación de la capacidad de crear y obrar por parte del individuo; es Dios quien crea y quien hace obras. Al anular esa capacidad humana, se anula también el deseo de ejercerla. El hombre humanista en cambio, quiere crear y lo hace: obra y se crea ni más ni menos que a sí mismo. El mayor logro del hombre renacentista, dice Argullol, es el de la voluntad.
Tiene por tanto todo el sentido que en el Humanismo / Quattrocento / Renacimiento se abogue por hacer un salto en el tiempo y recuperar la Antigüedad clásica, aquella época en la que el hombre era la medida de todas las cosas, de acuerdo con la famosa frase del filósofo Protágoras de Abdera. Y no solo en cuanto a las artes y la cultura, sino en cuanto al papel del hombre en el mundo en general. El cuerpo humano es por antonomasia el símbolo del Renacimiento, se lo representa en pintura y escultura con atributos propios y diferenciados. Los rasgos dejan de ser arquetípicos y figurativos y se hacen personales, identificadores. Dice Leonardo da Vinci: «el buen pintor debe pintar principalmente dos cosas: el hombre y las ideas de la mente del hombre». Es lo que Argullol llama el homus novus, que será el preludio del hombre de la modernidad.
Por las páginas de este ensayo desfila una infinidad de nombres y obras, todos engarzados en el hilo argumentativo del autor. En pintura Masaccio, Leonardo, Botticelli, Rafael (a caballo del Cinquecento)…; en escultura Donatello, el Miguel Ángel de sus primeros años, Verrocchio, Ghiberti…; en arquitectura Alberti, Brunelleschi…; en el campo del pensamiento Ficino, Pico della Mirandola, Pomponazzi… Y en las letras la inmensa figura de Petrarca, auténtico iniciador y sustentador del concepto renacentista del amor y de la belleza. Argullol va paseándose por las diferentes artes analizando los elementos innovadores que la nueva época y la nueva concepción del mundo imponen. Así, en pintura es el taller de Andrea Verrocchio el que va a la zaga en cuanto a innovación, por encima del de Antonio Pollaiuolo: allí Leonardo introduce la técnica del sfumato y el chiaroscuro como un modo expresivo que rompe con la creencia en el valor absoluto de cada color. Los paisajes se vuelven naturales, carentes de simbolismo. La perspectiva adopta un enfoque eminentemente matemático, con pintores como Mantegna, Ghirlandaio, Botticelli o Signorelli. El “hombre de Vitruvio” se convierte en paradigma de las proporciones del cuerpo humano, tanto en pintura como en escultura. La arquitectura se vuelve armónica mediante el empleo de la proporción áurea. Y en todas partes y en toda creación, el objetivo es sin ninguna duda alcanzar la belleza, puesto que se concibe una unidad esencial entre belleza, el amor y la verdad. Belleza, libertad y dignidad del hombre; estos son los principios básicos sobre los que se sustenta el Quattrocento.
Argullol aborda también otras cuestiones como el non finito, las obras inacabadas cuya belleza radica precisamente en su naturaleza de no terminadas; el papel de lo religioso en las manifestaciones artísticas del siglo XV; el equilibrio entre el platonismo y el aristotelismo que llegó a Europa a través de los comentarios de Averroes y Avicena; y cómo Florencia se convierte en el centro de todo el proceso de recuperación de la antigüedad clásica, llegando a ser una especie de nueva Atenas. La figura del artista aparece por primera vez en el Quattrocento como un ser superior al resto de la humanidad, incluso como un ser superior a su propia obra. Los florentinos ya comenzaron a otorgar esta aura en el siglo XIV a personalidades como Giotto o Dante, y poco después a Petrarca; en el siglo XV, se reconoce como genio a Brunelleschi, Donatello o Masaccio.
El «Quattrocento». Arte y cultura del Renacimiento supone un acercamiento (y más que eso) a los conceptos clave de la centuria del mil cuatrocientos. Es una obra iluminadora, culta y profunda; a veces de ardua lectura, pero el esfuerzo merece la pena.
*******
Rafael Argullol, El «Quattrocento». Arte y cultura del Renacimiento. Barcelona, editorial Acantilado, 2025, 188 págs.

Javi_LR
Un buen lector amigo mío y conocedor de su obra, me había avisado de que este autor es un tanto arduo de leer… Y parece que en esta ocasión lo corroboras en cierta manera. Aún con todo el tema quizás merezca el esfuerzo. No lo sé.
Javi_LR
Bueno, el hombre es filósofo, eso ya lo hace pertenecer a una raza especial (esto solo lo podemos decir los que hemos estudiado la carrera, claro). Matizo lo de arduo: digamos que requiere pausa y reflexión. No es lectura de transporte público, desde luego, ni de campo y playa. Más bien de sofá y chimenea. Y el libro es tan breve que se lee en una tarde o dos.
Javi_LR
Tomo nota.
Javi_LR
Eso es precisamente lo que me atrae, o lo que no me repele de él, su extensión. Por esa razón sí que podría adentrarme en sus páginas. Gracias majete.