Hablar de este título es enfrentarse a uno de esos libros que intimidan antes incluso de abrirlos. No tanto por su fama —que también— sino por su tamaño, capaz de servir como arma contundente en caso de invasión napoleónica o de discusión literaria acalorada en uno de nuestros encuentros. Pero una vez superado el primer impacto físico, conviene decirlo claro: aquí hay mucho más que páginas y letra pequeña. Guerra y paz no se lee: se habita.
La novela nos traslada a la Rusia de principios del siglo XIX, en plena sacudida europea provocada por Napoleón, ese personaje que en este libro aparece mucho, pero al que Tolstói se empeña en bajar del pedestal a base de quitarle épica y añadirle humanidad (y no siempre del tipo glorioso). A través de varias familias aristocráticas —Rostov, Bolkonski y Bezújov— asistimos a batallas, bailes, amores, desengaños, duelos, crisis existenciales y a una cantidad notable de reflexiones sobre el sentido de la vida, generalmente en los momentos menos oportunos para el lector impaciente.
Desde el punto de vista histórico, Guerra y paz es una maravilla. Las batallas están descritas con un realismo que huye del heroísmo de manual. Aquí nadie sabe muy bien qué está pasando; las órdenes llegan tarde, el humo lo tapa todo y la gloria suele acabar con alguien muerto o profundamente decepcionado. Tolstói, además, aprovecha para desmontar la teoría del «gran hombre»: Napoleón no mueve la historia como piezas de ajedrez; más bien parece arrastrado por ella, para evidente disgusto del propio emperador y de seguramente más de un lector francés.
En cuanto a personajes, el nivel es altísimo. Pierre Bezújov es el santo patrón de los protagonistas perdidos: rico, ingenuo, siempre buscando un sentido a la vida que se le escapa entre logias masónicas y malas decisiones. Andrei Bolkonski es el desencantado profesional, convencido de que la gloria es una estafa. Y Natasha Rostova… bueno, Natasha es Natasha: impulsiva, encantadora, desesperante y, al final, profundamente humana. Tolstói no escribe personajes: los deja vivir durante mil páginas.
Ahora bien, no todo es un camino de rosas rusas. El libro es largo. Muy largo. Tan largo que uno puede olvidar cómo empezó mientras sigue leyendo, y aun así no pasa nada. Además, Tolstói intercala extensos ensayos filosóficos sobre la historia, el libre albedrío y la causalidad que, aunque interesantes, llegan a veces como si en mitad de una película bélica alguien pausara la acción para dar una conferencia. Brillante, sí, pero con cierto riesgo de bostezo.
Y sin embargo, al terminar, uno entiende que Guerra y paz no pretende ser cómoda. Es una novela que exige tiempo, atención y algo de fe lectora. A cambio, ofrece una experiencia total: histórica, literaria y humana. No es solo que sea buena; es que es grande, en todos los sentidos de la palabra.
Lev Tolstói, Guerra y paz, traducción de Lydia Kuper Fridman. Barcelona, Austral Editorial, 2010, 1520 páginas.
Balbo
La NOVELA histórica napoleónica por excelencia. Me la leí un par de veces hace la tana de años en una edición de Planeta con prólogo de Eduardo Mendoza, y me llegué a obsesionar con ella. Sí, junto con el Conde de Montecristo, La Biblia, La Odisea y El Quijote, es uno de los libros que me llevaría a una isla 🏝️
Farsalia
Novelón de novelones, cinco veces la he leído, en diversas ediciones, y las que quedan. En cada relectura siempre encuentro cosas nuevas y matices. Un magnífico retrato de unos años, de 1805 a 1820, de Austerlitz a Borodinó, de los palacios y las soirées en francés a la lucha para echar a los franceses de Rusia, de San Peterburgo a Moscú pasando por la cabaña del tío y la danza de Natacha al sonido de la balalaika. Y ese sol de Austerlitz con el príncipe Andrei…
Imperdible.
Valeria
Un mundo en un libro. Un novelón.
Iñigo
Debo leerla de nuevo, debo leerla de nuevo, debo leerla de nuevo…
cavilius
Debo leerla, debo leerla, debo leerla…