Creo que esto es degradante por tu parte, Flora –exclamó la señora Smiling durante el desayuno–. ¿De verdad me estás diciendo que no tienes intención alguna de trabajar en nada?
He aquí una novela divertida y fresca, de las que se leen con una sonrisa de principio a fin y dejando ir alguna carcajada de vez en cuando. Se trata de una novela escrita hace casi 100 años en la Gran Bretaña del período de entreguerras. Con ella su autora debutó en el género narrativo y demostró poseer un fino sentido de la ironía y del humor mordaz, así como un gran dominio del lenguaje. Y apenas tenía 30 años.
El argumento no es complicado, y de hecho quizá pueda parecer todo lo contrario. Eso no es en absoluto un detrimento para la novela; incluso Aristóteles (y si lo hizo Aristóteles, está bien hecho y punto) despachó el argumento de la Odisea en cuatro pinceladas (Poética, 1455b):
El tema de la Odisea no es largo: un hombre está ausente de su casa durante muchos años, bajo la estrecha vigilancia de Poseidón y solo; además las cosas en su casa marchan de tal manera que su hacienda es consumida por pretendientes y su hijo es objeto de asechanzas; pero él vuelve después de múltiples tribulaciones y, tras darse a conocer a algunos, se lanza al ataque, se salva y aniquila a los enemigos.
Y no es que tenga nada que ver Aristóteles ni la Odisea con la novela objeto de la reseña, pero sirva como ejemplo de que, en efecto, la sencillez argumental no está reñida con el entretenimiento. Una joven de 20 años, una chica de ciudad sofisticada y cuyos padres se han preocupado de que reciba una educación correcta («cara, deportiva y larga»), queda huérfana de forma repentina. Ante la perspectiva de tener que subsistir con la ajustada renta que le queda, cien libras al año, se enfrenta a la alternativa de buscar una ocupación remunerada o bien irse a vivir con algún familiar que desee acogerla. Escoge esta segunda opción, va a parar a casa de unos parientes lejanos a quienes no conoce… y a partir de aquí la vida de todos comienza a cambiar.
La novela presenta el contraste de la vida fácil y caprichosa de la joven urbanita de Londres con los rudos y toscos modales de sus parientes, la alegría de una con la gravedad pomposa y lúgubre de los otros, la lucidez y desparpajo de la muchacha con la lentitud mental, la obcecación y la estrechez de miras de aquellos. Esto plantea numerosas situaciones cómicas y hasta hilarantes en las que Flora, la chica de ciudad, no pierde la compostura frente a la ignorancia y zafiedad de sus parientes. El lugar donde estos viven y Flora se hospeda es una granja en Sussex, un lugar llamado Cold Comfort, expresión cuya traducción al castellano sería algo así como «Triste Consuelo». Y este es solo uno de los muchos juegos de palabras, equívocos lingüísticos y hasta palabras inventadas intraducibles que aparecen en la novela. Ya lo advierte el traductor al inicio en una nota: una parte del humor que posee la obra es un humor lingüístico, que la traducción, por mucho que se esfuerce, escamotea y no puede evitar que se pierda como lágrimas en la lluvia. La autora pretende emular el habla rural de los aldeanos de Sussex, cuya transcripción fonética resultaría desternillante para un inglés, pero en cambio supone un calvario para el traductor. Por no mencionar el uso humorístico de hechos, anécdotas, referencias artísticas a autores clásicos o a la literatura popular, debates literarios, etc. que en los años 30 estaban al cabo de la calle pero que difícilmente el lector actual podrá captar. Por ello la novela está provista de un buen número de notas a pie de página, 42 en total, en las que se explica cada una de estas referencias.
Cold Comfort Farm (este es el título original de la obra) exhibe un repertorio de personajes a cual más arquetípico en un cierto tipo de género literario que al parecer existía en la época, una literatura rural que exaltaba la campiña inglesa y presentaba la vida campestre como un modelo de vida exótico, salvaje y atractivo que contrastaba con el de la ciudad, pacato y melindroso. Stella Gibbons se burla de todo eso, y lo hace bien. Arquetipos como el que encarna Amos, que predica en la iglesia y siempre que habla es como si soltara un sermón; o Reuben, quien no conoce otro tema de conversación que jactarse de cuántas hectáreas ha arado en un día; o Seth, joven misógino y patético devorador de mujeres; o el viejo Adam, que friega los platos con una rama de espino en lugar de con un estropajo; o la tía Ada, anciana de 70 años que en décadas no ha salido de su habitación y el misterio de cuya reclusión nadie es capaz de desentrañar. O el escritor Mybug («mi bicho»), quien está haciendo un estudio sobre la tesis de que Branwell Brontë, hermano de las conocidas Anne, Emily y Charlotte Brontë, es el autor de sus famosas novelas, ya que es imposible que una obra como Cumbres borrascosas saliera de la cabeza de una mujer.
La protagonista, Flora, se dedica a cambiarlo todo con desparpajo y hasta insolencia, ante el asombro general. La autora no se priva de añadir también a la historia un misterio, y sin embargo el peso argumental está en lo otro, en el encanto y humor con que «la hija de Robert Poste» (Robert Poste’s child), como continuamente la llaman todos, desmonta, organiza y arregla la vida de sus parientes. Stella Gibbons, en su mordaz caricatura, parodia las descripciones emotivas y dramáticas de la naturaleza y la vida rural, clichés que al parecer estaban en boga en la época. En el prefacio a la novela Gibbons anuncia con evidente sentido del humor que ha señalado en el texto claramente los pasajes que considera más elegantes y literarios con uno, dos o tres asteriscos (en una nueva parodia de aquellos textos ensayísticos en los que se marca con asteriscos los puntos más importantes). Y en efecto, así es: uno va leyendo y de pronto se encuentra asteriscos al inicio de un párrafo, como señales de aviso de que lo que sigue está dotado de mayor profundidad y calidad.
La hija de Robert Poste está escrita con un estilo alegre, desenfadado, y aunque la distancia temporal ha aplacado algunos de sus atractivos, el humor, la simpatía y la desenvoltura siguen ahí, a la espera de que el lector los capte y disfrute. En 1995 se hizo una versión cinematográfica a cargo del director británico John Schlesinger titulada Cold Comfort Farm, con Kate Beckinsale, Ian McKellen, Rufus Sewell y Stephen Fry entre otros. La película capta bastante bien el clima, el ambiente y el sentido del humor de la novela, y merece la pena ser vista. Después, claro está, de leer la novela.
Stella Gibbons, nacida en 1902 en Londres, era periodista y escribió esta su opera prima a los 30 años. El éxito fue inmediato y la fama se prolongó durante décadas (más de 60 años la separan de la película), y aunque escribió otras novelas e incluso continuó la saga de Flora Poste con algunos títulos más, jamás volvió a cosechar el éxito de la primera. Tras su publicación la novela ganó el Premio Femina – Vie Heureuse, premio francés creado en 1904 (como respuesta al Goncourt, cuyos ganadores eran siempre hombres). La editorial Impedimenta la publicó en castellano en 2010, y en este 2025 ha vuelto a recuperarla. De hecho, Impedimenta tiene publicados un buen puñado de títulos de Stella Gibbons.
Y no hay más que decir: La hija de Robert Poste es una novela deliciosa e inteligente, sin páginas de relleno, de las que se disfrutan de principio a fin. Si el lector quiere averiguar de una vez por todas qué es lo que vio la tía Ada en la leñera, ya sabe lo que ha de hacer.
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Stella Gibbons, La hija de Robert Poste, traducción de José C. Vales. Madrid, editorial Impedimenta, 2025, 360 páginas.

Akane
Cuando florece la parravirgen…
Estupenda novela y no menos estupenda película que quizá ayuda a recuperar algunos de los guiños que se pierden con la traducción, efectivamente, pero sobre todo con la falta de contexto directo. La granja que tenía ¿planta octogonal? El absurdo y delicioso humor británico elevado al cubo.
Gracias por traer la reseña de un libro del que hacía años que no me acordaba.
Íñigo
Tomo buena nota.
Balbo
Pues si les gusta esta novela, recuerden que también tiene una precuela titulada «Navidades en Cold Comfort Farm» y una segunda parte titulada «Flora Poste y los artistas». Para seguir deleitándose con su obra.
cavilius
Me atrevería a decir que es una novela muy de época navideña, de sofá y chimenea. Aunque el tema no tenga nada que ver.