La puntuación: 5.
Lo menos bueno: Las decisiones narrativas que lastran el ritmo y el tono poco natural, que dificultan la lectura.
Los hijos de la sal es una novela ambientada en la Guerra de Independencia española y protagonizada por Ricardo, un niño mestizo que queda huérfano por culpa de un terrible asesinato y que, ya hombre, medrará en la carrera militar hasta… En fin, tendréis que leer la novela para descubrirlo. Acompañaremos a Ricardo en su periplo por Cádiz, Cartagena, el Levante o Zaragoza, entre otras. La novela, publicada por Ediciones Pàmies, es la ópera prima de Luis Bertomeu y debo decir que aparecen en ella, o al menos así lo ha percibido esta reseñanta, muchos pecadillos típicos del escritor novel que afectan, y no poco, a la lectura.
No puedo dejar de notar que la primera elección narrativa de Bartomeu, el narrador de la historia, no ha sido la más afortunada, y que el texto habría ganado enteros si hubiera optado por un narrador omnisciente. Cuando un narrador relata hechos que no ha vivido en primera persona, debe evitar las referencias a colores, olores, luz, sentimientos… No estuvo, no pudo saberlo, ¿por qué me lo cuenta? Primer freno, primera sospecha. Me cuesta creerme lo que me estás contando, Íñigo… Luis. Algunos episodios pudieran pasar, si el lector acepta. Otros son imposibles de tragar. Estoy acordándome, por ejemplo, del relato de Catalina cuando se sincera con Trubian. Catalina nunca se lo habría contado a Íñigo. Si se lo hubiera contado, lo hubiera hecho de forma discreta. Si el narrador lo hubiera escuchado, jamás lo habría relatado así a posteriori… Y en la cadena, en la larga cadena, eso que llaman “suspensión de la incredulidad” hace aguas alarmantemente. Esto se habría solventado con un cambio en la elección del narrador; la voz de Íñigo, en realidad, no aporta nada a la historia.
Otras decisiones narrativas también perjudican a la distancia creada entre texto y lector: la forma de expresarse (tanto del narrador como de los personajes). Los diálogos. La forma me resultaba tan artificial que todavía me alejaba más del fondo; un labrador humilde no puede abrir la narración con un lenguaje tan ampuloso. Los icues, los oficiales, los gitanos… Todos hablan como Góngora declamando un poema. El tratamiento que se dan entre sí los personajes; nadie habría llamado “don” a un gitano en la época, ni lo hubiera tratado de usted. Tampoco creo que una niña gitana llevara por nombre Letizia, ni que un payo abriera la puerta de su casa a una gitana que se encuentra por el camino sin recelar… En fin, que parece una ventana abierta al XVIII pero los ojos que miran son demasiado del siglo XXI, y eso, en una novela histórica, es muy peligroso. Es una pena porque el tema de los gitanos me interesa personalmente; me hubiera gustado que se explorara más esa deuda pendiente que tenemos con ellos, aunque desde luego el autor no está aquí para satisfacer los intereses míos. Faltaría más.
En cuanto a la construcción de personajes, lamento que las cosas discurran en el mismo sentido. El autor los inventó con cariño, sin duda; pero, sinceramente, ¿cómo puede Íñigo distinguir un acento corso de uno francés estándar?
La historia en sí, la trama bélica me parece interesante y la base sobre la que parte el argumento podría haber dado para mucho más, pero el tratamiento elegido lastra en demasía el resultado. No puedo decir que me gustara, no puedo decir que sea una novela para recomendar. Es una obra tirante, no suena fluida, tropiezas una y otra vez en su lectura. Pero, para ser justos, el autor, más cuando es novel, salta casi al vacío confiando en que la editorial le eche la red, y en este caso, flaco favor le hace Ediciones Pàmies a Bertomeu. ¿Habrá desaparecido la figura del editor? No la del comercial, sino la del editor, el experto en literatura que acompaña, sugiere y asesora. Quizá en Pàmies ya no se estile; en caso contrario, no puedo creer que la persona que leyera el manuscrito no viera lo que es imposible de no ver: que Los hijos de la sal es un proyecto interesante, pero que así no. Que le falta naturalidad, buscar una voz honesta y dejar que el aire ventile las costuras.
Ojalá no se enfade el autor conmigo si alguna vez leyera esta reseña. No la escribo con ánimo azuzador; es una opinión nada más, y puedo estar equivocada. Y si otros lectores no perciben lo mismo que yo, seguramente estaré equivocada.
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Luis Bertomeu Contreras, Los hijos de la sal. Madrid, Ediciones Pàmies, 2025, 368 páginas.
Iñigo
Buena reseña… A las buenas o a las maduras, como toque. El aparato crítico es indispensable.