LA MARIPOSA NEGRA – Radu Paraschivescu

"La mariposa negra" de Radu Paraschivescu

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7

P. Hislibris

6.9

P. plebe

LA MARIPOSA NEGRA – Radu Paraschivescu

LA MARIPOSA NEGRA – Radu Paraschivescu

Y así, proseguí con mi vida, con todo lo bueno y lo malo: peleas y reconciliaciones, borracheras y amores, duelos y caricias, terribles broncas y soledades no menos crueles. Me pegué y pinté, me reí y maldije a raudales, fui de cama en cama y de calabozo en calabozo. Me granjeé el doble de enemigos que de amigos.

Hay novelas que se leen con una mezcla de deleite y asombro: gustan, se disfrutan y al mismo tiempo se nota que se está ante un libro que se va a recordar durante años. La mariposa negra, de Radu Paraschivescu, pertenece justo a esa categoría. Es una obra cuidada, con momentos muy logrados, un protagonista potente y un trabajo de documentación impresionante. Qué más se puede pedir. ¿Tal ver la extensión justa? Pues también la tiene. Cuando llega el momento del final, cuando la historia ha dado todo de sí, cuando se corre el riesgo de la repetición, de caer en la monotonía o la pesadez, la novela termina. Es como retirarse cuando se ha llegado a la cumbre, y eso hay que saber hacerlo.

La premisa es atractiva: contar la vida de Michelangelo Merisi. Para quien no lo sepa, se trata del famoso pintor Caravaggio, nacido en Milán en 1571 y muerto tan solo 38 años después en la pequeña localidad costera de Porto Ércole, en la Toscana. En la novela se le llama Merisi o Miche, y su historia se nos revela desde dentro y desde fuera. Desde dentro a través de una conversación interior en forma de larga carta imaginaria dirigida a su maestro Simone; desde fuera mediante un narrador omnisciente que reconstruye la Roma de su tiempo con una minuciosidad casi maniática. Esa doble vía es uno de los grandes aciertos de la novela, porque permite combinar la confesión íntima con el fresco histórico, la voz personal con la panorámica. La mirada interior con la exterior.

La carta de Merisi es, seguramente, la parte más viva del libro. Ahí el pintor habla en primera persona, sin filtros, con un tono que mezcla la fanfarronería, la autocrítica, el humor negro y una melancolía que asoma de vez en cuando. Cuenta sus peleas, sus borracheras, sus amores, sus duelos, sus estancias en la cárcel de Tor di Nona, el crimen que cometió, sus huidas, sus encargos, sus relaciones con los modelos que utilizó para sus pinturas —como la joven Fillide, que aparece con una luz muy particular—, sus broncas con medio mundo y su incapacidad para quedarse quieto. Un hombre que vive al límite, que se equivoca, que no sabe rebajar el tono ni cuando le convendría, pero que tiene una energía creativa que arrasa con todo. En esos pasajes, la novela se lee casi de un tirón. La voz de Merisi suena creíble y no cae en la solemnidad. No se presenta como un genio incomprendido, sino como un hombre con talento y mal carácter, con un orgullo enorme y una vida bastante desastrosa.

El otro hilo, el del narrador omnisciente, es muy ambicioso y también más irregular. Paraschivescu se propone retratar la Roma de finales del XVI y principios del XVII con un nivel de detalle que a veces roza lo enciclopédico. Y lo cierto es que el resultado es magnífico: la ciudad aparece como un organismo vivo, y el retrato de Roma se convierte en uno de los grandes atractivos del libro. La ciudad no es un simple decorado, sino un personaje más, con sus propias pulsiones: violenta, supersticiosa, bulliciosa, miserable y espléndida a la vez. Aparecen desde papas como Pablo V, hasta prostitutas. Esa mezcla de alturas y bajos fondos encaja muy bien con la figura de Merisi.

También alcanza ese grado de desmenuzamiento numerosas pinturas del artista, que son tema de conversación de unos y otros: en ese intercambio de palabras se enmascara un análisis profundo de las obras, encajándolas en su contexto social, mundanizándolas y haciéndolas de ese modo más vivas y reales:

–¿Qué te parece? –preguntó el mercader, apuntando con el dedo hacia la Crucifixión. Tomassoni soltó un tenue bufido.
–Los conozco a todos –dijo él–. Dos son de mi calle. El de la túnica roja hace pan y el otro, el de los pantalones verdes y camisa amarilla, se dedicaba a arrancar dientes con tenazas. Estos son los verdugos del santo: el panadero y el sacamuelas. Además de un pordiosero que se gana la vida debajo del puente Sant’Angelo.
–¿Y el santo? ¿Quién es el santo?
–¿Pues quién va a ser? El viejo Azeglio, el hermano del boticario.

Ese es otro punto fuerte de la novela: la manera en que el autor habla de pintura sin volverse pedante. A veces parece que estemos leyendo un ensayo sobre Caravaggio, pero el tono se mantiene lo bastante ligero como para que no se convierta en una clase magistral. Ayuda mucho que el volumen incluya reproducciones de las obras mencionadas: poder ver los cuadros mientras se habla de ellos hace que las descripciones cobren sentido y que el lector pueda comprobar por sí mismo lo que el texto señala.

Ahora bien, esa misma vocación de historiador que tanto aporta en algunos momentos, en otros se le vuelve un poco en contra al autor. Hay pasajes en los que la acumulación de datos ralentiza el ritmo. No es que sean aburridos, porque están bien escritos y se nota que el autor sabe de lo que habla, pero sí dan la sensación de que la novela se detiene a explicarse a sí misma. El lector interesado en la época lo agradecerá; quien busque una narración más ágil quizá sienta que la historia se espesa un poco más de la cuenta.

La traducción de Rafael Pisot merece un aplauso. No soy ducho en esto de detectar buenas o malas traducciones, pero en este caso creo no errar: traducir del rumano al castellano y que el resultado parezca una novela escrita en nuestro idioma, tiene un mérito enorme.: «erre que erre», «salir escaldado», «qué mosca te ha picado», «traer por la calle de la amargura», «hacer sudar la gota gorda» y otras muchas, son expresiones y modismos muy españoles y aparecen  en la novela con frecuencia y sin chirriar. Eso plantea una duda interesante: o bien el rumano tiene un amplio repertorio de modismos y el traductor ha encontrado equivalencias perfectas, o bien Pisot ha hecho un trabajo de recreación que va más allá de la traducción literal. En cualquier caso, el resultado es muy satisfactorio: el libro se lee con fluidez pasmosa.

En resumen, La mariposa negra es una novela que se lee con interés y agrado, que ofrece un retrato sólido de Michelangelo Merisi, Caravaggio, y de la Roma de su tiempo, y que permite pasar unas horas en compañía de una buena historia y un gran pintor. Más que suficiente.

 

*****

Radu Paraschivescu, La mariposa negra. Traducción de Rafael Pisot. Madrid, Omen Ediciones, 2026, 218 págs.

 

2 Comentarios

  1. Buen retrato de esta novela, nunca mejor dicho. Caravaggio reúne muchos requisitos para conseguir una obra literaria de altura, no hay que buscar alicientes, sobran, no hay que escudriñar hechos que añadan interés, los vivió y los protagonizó interesantes de sobra, así que Radu ha hecho una elección estupenda y, según lo que comentas, son pocos los puntos débiles y sobresale el talento del autor. Adelante con la lectura, pues. Un abrazo, Cavilius.

  2. Gracias, Manuel, igualmente. La novela es meritoria y sería una estupenda elección de lectura.

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