«Entre mediados del siglo XI y la primera mitad del siglo XIII, nuestro continente vivió algunas de las mejores décadas de su historia».
Cuenta Franco Cardini que en los años 20 del siglo IV d.C, sobre la roca del monte Calvario en Jerusalén, se erigió una cruz conmemorativa que con el tiempo se convirtió en objeto de veneración para los cristianos. No hacía mucho que la emperatriz Helena, madre de Constantino el Grande, había hecho el hallazgo de la Vera Cruz, la cruz en la que fue clavado Jesús, bajo los escombros de un viejo templo pagano. Costó que los seguidores de Cristo adoptaran como símbolo de su fe un objeto que en el fondo les producía repugnancia: un instrumento de tortura de los romanos donde murió el Mesías. Para que fuera aceptado hubo de ser coronado con laurel y adornado con doce gemas, una por cada apóstol. Convertida así en símbolo de vida, gloria y victoria, la cruz sustituyó al pez, al cesto con los panes, al crismón, al cordero y al resto de simbología paleocristiana.
Esta es solo una de las pequeñas grandes historias que podemos encontrar en Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval, del medievalista italiano Franco Cardini. El autor ya octogenario nos deleitó no hace mucho con La ruta de la seda. Una historia milenaria entre Oriente y Occidente. En el libro que ahora comentamos Cardini se ocupa de hacernos viajar en el tiempo, desde los estertores del Imperio Romano hasta la llegada del Humanismo y primeros brotes del Renacimiento, y también en el espacio, visitando ciudades de buena parte de la Europa medieval y otras tan remotas como Alejandría, Samarcanda, Hipona o Constantinopla.
Hay que decir que el subtítulo de la obra, Un recorrido intelectual por la Europa medieval, es un añadido de la edición en castellano (en el original el título es un austero Le vie del sapere), que no acaba de justificarse hasta bien entrada la mitad del libro. En la primera parte el lector puede sacar la impresión de estar ante un relato de cómo el cristianismo fue afianzándose en el territorio continental europeo partiendo desde la lejana Jerusalén. Al margen de la fidelidad o no del subtítulo al contenido de esa primera parte, lo que nos cuenta Cardini es interesantísimo. Jerusalén, junto con Roma y Alejandría, constituyeron la tríada cristiana de ciudades allá por el siglo IV y V, una «época de angustia» como dice el erudito italiano recordando el famoso libro E. R. Dodds. Jerusalén, para disgusto de los judíos, se fue convirtiendo poco a poco en la ciudad cristiana por excelencia y centro de peregrinaje, en tanto que el bullicio y la luminosidad intelectual de Alejandría se veían eclipsados por las desavenencias entre paganos y cristianos, y entre cristianos de una u otra tendencia (es paradigmático el asesinato de la pagana Hipatia a manos de cristianos furibundos).
El ruido, la mundanidad y el conflicto social hicieron que pronto surgieran personas que quisieron vivir su fe en la calma y tranquilidad que proporciona la vida en soledad, lejos de la sociedad. «Solo» en griego es μόνος, «mónos», y de aquí surgió el término «monje» para referirse a todos aquellos cristianos que huían del mundo para refugiarse en el pensamiento de la palabra divina. En aquellos primeros tiempos del cristianismo aparecieron infinidad de anacoretas y eremitas que se iban al desierto para vivir aislados. La naciente Iglesia no veía con buenos ojos esta actitud, que enturbiaba las relaciones entre el cristianismo y la sociedad: preferían fomentar la vertiente cristiana del amor al prójimo, la caridad y el compromiso con la vida terrenal. Surgió así el monacato cenobítico frente al monacato anacorético: fueron pues las tierras de Oriente las que vieron nacer las primeras abadías y monasterios dentro de las ciudades, lugares dirigidos por un abba («padre»), del que derivó el término «abad», donde los monjes vivían en comunidad, aislados pero integrados en la vida terrenal de la ciudad.
La erudición de Cardini es enorme; los capítulos están cuajados de datos, nombres, referencias, en un despliegue que embelesa y que huye de la lectura apresurada. Cuando el monacato salta a Europa el autor también lo hace, y aquí es donde comienza el recorrido intelectual por diferentes ciudades, que en el fondo no son más que una excusa para desarrollar los diferentes temas que Cardini aborda. Personajes como Boecio y su De consolatione philosophiae, Isidoro de Sevilla y sus Etimogiae sive origines (obra que se convirtió en piedra angular del saber occidental durante medio milenio), Benito de Nursia y su «regla», la orden benedictina, adoptada por la mayoría de aquellos primeros monasterios… Y reyes como Teodorico, Carlomagno, Federico II, Alfonso X… Entretanto, la vida intelectual orbitaba en torno a los cenobios, que llegaron también a Inglaterra donde la lucha contra los paganos aún era dura.
Aparecen lo que propiamente no eran órdenes sino más bien congregaciones dentro de la orden benedictina: Cluny, en la que prima lo ceremonial, el fasto y la liturgia; y el Císter, más tendente a la vida de pobreza e intenso trabajo. Surgen monasterios cluniacenses por toda Francia y norte de Italia, y comienzan a estudiarse otras cosas que ya no son estrictamente las Sagradas Escrituras: la naturaleza, las ciencias, hasta entonces consideradas profanas y de importancia menor o directamente peligrosas. Cardini habla de los eruditos de la ciudad de Chartres, de Hildegarda de Bingen, y también de un nuevo modo de hacer cristianismo: el de un individuo de Asís de unos 30 años llamado Francesco di Pietro Bernardone, quien a principios del siglo XIII dio comienzo a una «regla de vida» que prescribía la pobreza total, el trabajo manual y la predicación llevada más con el ejemplo que con la palabra. Los dominicos, seguidores de Domingo de Guzmán, dieron réplica a los franciscanos con su versión española.
Cardini también trata otras muchas cuestiones: la construcción de las catedrales, la aparición del románico y el gótico, las Cruzadas, los trovadores y juglares, el ciclo artúrico, la literatura sobre el amor cortés… Y por supuesto, la influencia de los pensadores y eruditos musulmanes, que abrieron las puertas de Europa a la cultura clásica, en especial a los filósofos griegos y de entre ellos sobre todo a Aristóteles.
Fantástico libro sin duda, cuya extensión y contenido es apto para todos los públicos. Se nota, o uno quiere notar, que el autor ha disfrutado escribiendo este libro, e incluso que lo ha escrito casi de memoria. Las frases a menudo son largas, y aunque esto ya son valoraciones subjetivas, eso suele suceder cuando uno escribe de corrido porque lo tiene todo en la cabeza. Solo se puede añadir que ese disfrute que sin duda ha sentido Cardini al escribirlo es directamente proporcional al que se obtiene al leerlo, así que misión cumplida.
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Franco Cardini, Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval. Traducción de Lucía Alba Martini. Madrid, Alianza Editorial, 2025, 292 páginas.
Farsalia
Este lo tengo entre mis futuribles lecturas.
cavilius
Es una lectura muy disfrutable, te gustará.