Gertrude está encantada y esperanzada. “Vamos a hacer de Bagdad un próspero centro de civilización árabe, estoy segura. Vamos a devolverle su pasada grandeza”.
Mientras tenía lugar la Primera Guerra Mundial, y en realidad desde mucho antes y durante algunos años después, la zona comprendida por las regiones bañadas por los ríos Tigris y Éufrates fue especialmente conflictiva. Los intereses del imperio otomano, dueño de aquellas tierras desde hacía siglos, los del británico y los intereses de los propios habitantes de aquel territorio, confluían en aquella pequeña porción del mundo, el Creciente Fértil del que los libros de historia antigua nos hablan y donde surgieron las primeras ciudades y, de hecho, la civilización. Las dos primeras décadas del siglo XX fueron decisivas para la construcción de fronteras nacionales en la región de Mesopotamia, como decisivo fue el papel que jugó una dama británica cuya vida transcurrió entre despachos y la arena del desierto.
La novela Mesopotamia del francés Olivier Guez, rescata de un relativo olvido la figura de Gertrude Bell, diplomática, espía, arqueóloga, política y alguna cosa más. Gertrude nació en 1868 en el seno de una familia británica rica e influyente, la sexta más rica de Gran Bretaña. Estudió en Oxford y tuvo oportunidad de viajar por donde le vino en gana. Recorrió el mundo, conoció personas importantes de la política y la diplomacia, y hubo un lugar del planeta que la encandiló de manera especial: cuando estuvo en Persia, en la embajada británica de Teherán, donde su familia tenía parientes, quedó hechizada por el Próximo Oriente. Su agilidad mental, su desparpajo y su juventud le abrieron más de una puerta en el gobierno británico, y acabó aterrizando e instalándose en la tierra que no dejó nunca de fascinarla; desde ese momento su vida transcurrió a caballo entre la campiña inglesa y el desierto árabe.
En cuanto a la novela, lo cierto es que cuesta un poco entrar en ella: arranca a bocajarro en el año 1916 con una Gertrude Bell inmersa en asuntos políticos que giran en torno a los intereses de su país en la tierra mesopotámica. El estilo es denso, el aluvión de información, datos y nombres augura una historia en la que hay que descubrir los cómos y por qués a medida que se lee. No hay fase previa, no hay precalentamiento: el primer capítulo ya nos sumerge en las templadas aguas del Tigris y el Éufrates, en los conflictos generados por el choque de potencias europeas con otomanos y árabes, y hemos de nadar si no queremos ahogarnos. Una vez roto el hielo y vencida la primera dificultad, y puestos los cinco sentidos en la narración, es fácil dejarse envolver por la atmósfera que el autor construye con una infinidad de detalles y matices.
Pero el aspecto más llamativo de la novela es que a duras penas parece una novela. Lo es, qué duda cabe, pero podría pasar casi sin tener que tocar ningún párrafo por un tratado de geopolítica o de historia sobre aquel período. Las páginas fluyen y apenas se vislumbran otras actividades, hechos o actitudes de los personajes, que no orbiten en torno al asunto que se está dirimiendo. ¿Y qué asunto es este? Se podría resumir en una sola palabra: petróleo. Y he aquí uno de los factores principales derivado del ansia por el oro negro: «Sometida a Occidente, Mesopotamia es explotada aritmética y burocráticamente». Y otro: los estertores del imperio otomano, cuyos siglos de existencia nada pueden contra el empuje de los países occidentales, Gran Bretaña en particular. La región es escenario de esta pugna de intereses y también es el patio trasero donde se dirime el conflicto europeo, la llamada Primera Guerra Mundial. Los otomanos se han aliado con Alemania para mejor oponerse a los británicos, y los franceses juegan sus cartas como pueden entre unos y otros. Y abajo, en el último escalafón de la escala de poder, se encuentran los nativos, los árabes, que desean vivir independientes y en paz.
El autor francés, seguramente consciente de que para restaurar la figura de Gertrude Bell ha de hablar de ella, utiliza el recurso de los saltos en el tiempo. Los capítulos se alternan avanzando y retrocediendo en la vida de Gertrude, y gracias a los viajes al pasado, que cada vez nos trasladan más cerca del presente de la protagonista, conocemos a una Gertrude jovencita y profunda admiradora de su padre. Sus escarceos amorosos apenas disimulan que la muchacha, por carácter, educación y vocación aventurera, es carne de soltería. Desubicada en la civilizada vieja Europa, prefiere estar y desenvolverse entre los árabes, con quienes encuentra la paz y serenidad que busca. También entre árabes puede dar rienda suelta a su espíritu libre, que quedaría encorsetado por las rígidas normas de la sociedad británica. Por otro lado, también se vislumbra de manera bien clara la actitud de prepotencia y condescendiente superioridad que todo lo británico impone sobre todo lo árabe. Los ingleses engañan a los árabes sin ningún pudor y los tratan como a niños a los que hay que guiar y educar. Y Gertrude Bell, conviene decirlo, también participa hasta cierto punto de ese prejuicio.
La novela transcurre así, prácticamente sin diálogos, sumida en esa alternancia de cuestiones de diplomacia geopolítica y la vida de Gertrude, cada vez más inmersa en su universo de diplomacia internacional. Pero pese a lo dicho sobre la tendencia ligeramente colonialista de Gertrude, si los árabes lograron su independencia fue en gran parte gracias a ella. La unión de las antiguas provincias otomanas de Mosul, Basora y Bagdad en una nación llamada Irak se fraguó en los despachos que Gertrude visitó, gracias a su empuje y tesón. A esa independencia del pueblo árabe, pueblo el cual se acostumbró de buena gana a tener en una mujer occidental uno de sus principales valedores en el teatro de la política internacional, también contribuyó no poco Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. Arqueólogo, militar y aventurero, su carácter arisco, rebelde, despreocupado y liberal, al igual que su amistad con Gertrude, se pasean por la novela, y uno y otro lideran, cada uno a su modo, la revuelta árabe que sacude todo el territorio de Oriente Medio. Como también se pasean por sus páginas otros personajes célebres: el presidente británico Lloyd George, el soldado colonial A. T. Wilson, el caudillo árabe Faisal o un joven político por entonces algo atolondrado llamado Winston Churchill.
Se trata, en fin, de una novela envolvente, cautivadora e intensa, que requiere su tiempo y su pausa. Los interesados en conocer a Gertrude Bell y cómo se fraguó la independencia del pueblo árabe no deben dejarla pasar, y los amantes de la «literatura histórica geopolítica» tampoco. En la ya mítica película Lawrence de Arabia de David Lean, Gertrude Bell no aparecía, que yo recuerde. Por el contrario, hace unos diez años el director Werner Herzog rodó La reina del desierto, película protagonizada por Nicole Kidman y basada en la vida y hechos de Gertrude Bell.
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Olivier Guez, Mesopotamia. Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Madrid, Tusquets Editores, 2025, 355 páginas.
Iñigo
Tomo buena nota. Pinta interesante la novela y la vida a del protagonista.
Iñigo
Perdón… «la vida de la protagonista» quería decir.