«Una tiranía es una monarquía desviada en la que una persona “ejerce un poder irresponsable sobre todos los ciudadanos, iguales y superiores, con vistas a su propio interés, y no al de sus súbditos; por eso es contra la voluntad de estos, pues ningún hombre libre soporta con gusto un poder de tal clase». Aristóteles, Política, 3 1279b.
El gobierno de los pueblos es una de las eternas tareas del ser humano, y proviene ni más ni menos que de su propia naturaleza: puesto que somos animales políticos (es decir: que tendemos a vivir en comunidad, en sociedad), es preciso establecer normas para que esa convivencia sea sostenible. Pero cada uno de los hombres y mujeres que habitamos el planeta tenemos también otra tarea más importante si cabe: el gobierno de nuestra propia persona. En función de cómo entendamos y ejerzamos este autogobierno primordial e individual, acometeremos aquel otro, el colectivo.
Algo parecido a esto es lo que viene a decir Aristóteles en su Política, obra que todo gobernante debiera leer. En ella se analizan los diferentes tipos de gobierno que pueden darse sobre la faz de la tierra, y que surgen de la intersección de dos factores: el número de personas que lo ejercen y el interés que los mueve. Así, Aristóteles enumera y describe tres gobiernos «buenos» y tres «malos», los cuales no son sino las degradaciones de aquellos. Los primeros, que buscan el interés general de la población gobernada, son la monarquía (ejercida por un solo individuo), la aristocracia (unos pocos) y la politeia (muchos), término este que se suele traducir como «república» pese a las connotaciones que ello puede acarrear. Los malos gobiernos son los que persiguen el interés personal de quienes gobiernan, y son la tiranía (en beneficio exclusivo del gobernante), la oligarquía (en beneficio de unos pocos, que son la clase rica y poderosa) y la democracia (en beneficio de una mayoría, que siempre es pobre y con pocos recursos). Y en efecto, para Aristóteles la democracia es un mal sistema: en ella el gobierno lo ejercen los pobres y buscan su propio interés, no el interés general. Parece innecesario explicar por qué Aristóteles tilda la tiranía, oligarquía y democracia de malos gobiernos: al no buscar el interés y beneficio colectivos, no contribuyen a la buena convivencia y por tanto van contra la propia naturaleza del ser humano, animal político por definición.
La democracia es, pues, un mal gobierno. Y la tiranía también lo es, según Aristóteles y según Polibio, historiador del siglo II a.C. que llevó algo más lejos el planteamiento del estagirita y estableció un ciclo evolutivo entre las formas de gobierno de Aristóteles. Pues bien: a analizar la tiranía en el mundo griego se dedica el libro que ha publicado La Esfera de los Libros, El rostro de la tiranía. Su autor es Unai Iriarte, doctor en Historia Antigua cuya tesis doctoral se centra en exclusiva en una de las tiranías más longevas de la antigüedad, la de los Pisistrátidas de Atenas. Iriarte analiza en su libro tanto el concepto de tiranía como su existencia y pervivencia durante siglos en el mundo griego, a la vez que incorpora una serie de reflexiones sobre los tiranos a lo largo de la historia, y sobre la continuidad de las tiranías incluso en la actualidad, en pleno siglo XXI.
¿Nació el concepto de tiranía con las connotaciones negativas que todos conocemos? Lo cierto es que no. El autor indaga en los posibles orígenes del término y en la naturaleza de las primeras tiranías: se trataba de gobiernos unipersonales, pero no necesariamente ligados a aspectos negativos conocidos por todos. Es en la lírica arcaica griega del siglo VII a.C. donde primero encontramos la palabra «tyrannos»: Arquíloco de Paros, Alceo de Mitilene, Teognis de Megara… El poeta y mercenario Arquíloco se refirió al tirano Giges de Lidia, y en sus versos no se aprecia que el gobernante o su gobierno albergaran malignidad alguna. Los tiranos no nacieron malos, podríamos decir: eran simples gobernantes, y como tales tenían aspectos positivos y negativos. ¿Por qué entonces asociamos al tirano con una figura nociva y reprobable, incluso cruel y sin escrúpulos? Es Aristóteles, sobre todo, quien se encarga de transmitirnos ese estereotipo de que el tirano tan solo se preocupa de su beneficio personal. Sin duda hubo gobernantes malvados, y por eso Aristóteles los encasilló como seres egoístas y carentes de empatía con sus súbditos. Tampoco Platón comulgaba demasiado con la idea del tirano como gobernante; él abogaba por la figura del filósofo-rey, que debía alejarse de lo que ya en el siglo IV a.C. significaba el tirano.
El autor de El rostro de la tiranía hace un somero recorrido por los tiranos de la antigüedad y por algunas de las dinastías que fundaron. Desde el primer tirano conocido, Giges, que se hizo con el poder asesinando al rey lidio Candaules, pasando por Cípselo de Corinto y sus sucesores cipsélidas (el famoso Periandro, por ejemplo), Ortágoras de Sición y los ortagóridas, las tiranías que se instalaron en varias ciudades de Sicilia durante los siglos V y IV a.C., y por supuesto Pisístrato de Atenas y los pisistrátidas, sus hijos Hipias e Hiparco. Iriarte se apoya en estos y otros ejemplos para deducir ciertos rasgos identitarios de las tiranías y los tiranos: si contaban o no con apoyo popular en su ascenso al poder, si se valían de una guardia personal, si contaban con apoyo exterior, con mercenarios en su ejército… También se comentan los medios de que se valieron para tratar de conservar el poder durante años, medios que se han ido repitiendo a lo largo de la historia y que nos pueden resultar familiares de tiempos no tan remotos: ejecución de obras públicas, fomento de los cultos religiosos, alianzas con otros tiranos, acuerdos matrimoniales internacionales…
En el viaje que nos propone Iriarte, tan atrayente como ilustrativo, se echan de menos sin embargo algunos aspectos que a buen seguro hubieran sido de interés, como por ejemplo el hecho de que algunos de los tiranos más reconocidos figuraran, al mismo tiempo, en la lista de los hombres más sabios del mundo griego. Periandro de Corinto, famoso por su extrema crueldad (aunque sin duda la tradición que nos habla de sus excesos es exagerada), aparece en muchas de las listas de los Siete Sabios de Grecia, al igual que Cleóbulo de Lindos o Pítaco de Mitilene. ¿Es eso señal de que sabiduría y tiranía podían perfectamente ir de la mano? También llama la atención en el libro la ausencia de una de las tiranías más feroces y mejor atestiguadas del mundo griego: la de los Treinta Tiranos de Atenas, que si bien no se trató de una tiranía al uso (tanto por su brevedad como por el modo en que sus integrantes accedieron al poder), sí contribuyó a la imagen peyorativa que Aristóteles transmitió a la posteridad del fenómeno de la tiranía.
El libro, que no pretende ser un análisis exhaustivo ni erudito sino más bien mostrar una panorámica general de las tiranías en la antigüedad griega, está trufado de frecuentes referencias a tiranías de tiempos más modernos, unas reconocidas como tales y otras quizá no tanto: Muamar el Gadafi, Evo Morales, Francisco Franco, Hugo Chávez e incluso Donald Trump. Ofrece también un rápido análisis de cómo las tiranías entran en declive y desaparecen, y por último las reflexiones finales del autor respecto a la actualidad política nacional e internacional, siempre tomando el concepto de tirano y tiranías como eje del discurso, ofrecen un buen cierre a este recorrido.
El rostro de la tiranía es, por tanto, un interesante y ameno acercamiento al fenómeno de los tiranos griegos; merece la pena su lectura, y abre el apetito para leer más libros del autor.
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Unai Iriarte, El rostro de la tiranía. Lo que la antigua Grecia nos enseña sobre el poder autocrático. Madrid, La Esfera de los Libros, 2026, 254 páginas.
Farsalia
Lo hojeé hace unos días, pero no me acabó de picar el gusanillo…